Hay una muerte que ocurre en los registros oficiales y en las fosas heladas del combate, pero hay otra muerte, más lenta y corrosiva, que se fabrica en las conversaciones cotidianas de la comunidad. A lo largo del quinto año de ausencia, la actitud de la gente de nuestro asentamiento dio un giro definitivo. La fe compartida que al principio mantenía unidas a las familias de los reclutados comenzó a desmoronarse bajo el peso insoportable del tiempo y la falta absoluta de noticias.
Para el campamento y para la villa, Antonio ya no era un soldado ausente; se había convertido en un difunto.
El cambio no vino acompañado de violencia, sino de un piadoso y terrible asentimiento colectivo. Las viejas del campamento comenzaron a mirarme con esa conmiseración aplastante que se reserva para las viudas que se niegan a vestir el luto. Incluso en la propia familia, la firmeza de los primeros años empezó a ceder. Mi suegro, que durante tanto tiempo montó guardia con la vara de fresno, caminaba ahora con la mirada perdida y los hombros hundidos, encendiendo velas por el descanso del alma de su hijo en lugar de escudriñar el camino del arroyo.
Una tarde de finales de invierno, mi madre se sentó a mi lado en la mesa de la cocina. No traía labores de costura ni platos de comida. Tomó mis manos entre las suyas, y al sentir la calidez de su piel, supe que me enfrentaba a la conversación que más había temido.
-Esmeralda, mi niña...
Empezó a decir con una voz dulce y rota por la pena.
-tienes que escuchar a la razón. Los muchachos que marcharon con Antonio no han dado señales de vida. Las tropas del rey fueron diezmadas en las campañas del norte hace ya dos inviernos. El pueblo entero sabe que no hay un solo hombre vivo de ese regimiento
Sentí que una piedra helada se me asentaba en el estómago, pero no retiré las manos.
-Antonio está vivo, madre
Dije, repitiendo la frase que había sido mi escudo durante mil setecientos días.
-hija mía, aferrarse a un imposible te está destruyendo por dentro
Insistió mi madre, con lágrimas asomando a sus ojos cansados.
-no se trata de olvidar a Antonio ni de faltar a tu amor por él. Se trata de aceptar la realidad para poder salvar a tus tres hijos. La villa va a decretar la orfandad de los niños si no aceptas la evidencia, y las autoridades usarán tu resistencia para quitarte la casa. Mateo carga con un peso que no le corresponde, y las gemelas crecen adorando a una sombra. Tienes que dejarlo ir, Esmeralda. Tienes que empezar a vivir como lo que la providencia ha dispuesto
Aquellas palabras no venían de la boca de Don Lorenzo ni de las tenderas agrias del mercado, venían de la mujer que me había dado la vida y que sufría al verme consumirme en una espera infinita.
Cuando mi madre se retiró, me quedé sola en la estancia sumida en la penumbra. Las palabras «dejarlo ir» resonaban en las vigas del techo como un eco sofocante. Por primera vez en cinco años, la duda no vino como un chispazo rápido de miedo, sino como una marea negra que amenazó con ahogarme la voluntad.
¿Y si todos tenían razón? ¿Y si mi terquedad no era fe sagrada, sino un acto de egoísmo desesperado que condenaba a mis tres hijos al aislamiento y a la miseria? ¿Y si las cartas que descansaban en el cofre de roble no eran el testimonio de mi lealtad, sino las pruebas de mi propia locura?
Me levanté del banco con los pasos torpes y me dirigí al dormitorio. Me hinqué frente al cofre de roble y levanté la pesada tapa. Allí descansaban decenas de pliegos doblados y sellados con lacre rojo, junto al anillo de bodas que me quitaba a ratos para estampar la cera. Pasé las yemas de los dedos sobre la superficie rugosa de los sobres, sintiendo el frío de la cera y el rastro de la tinta secada años atrás.
Miré la piedra verde que llevaba colgada al cuello. Recordé el momento exacto en que Antonio me la entregó junto al arroyo, la promesa grabada entre nosotros y el calor de sus manos grandes envolviendo las mías.
Luché internamente en una batalla feroz y silenciosa. Por un lado, el sentido común, la presión de toda la comunidad y la evidencia de cinco años de silencio me empujaban hacia la resignación, a apagar la vela de la ventana, a vestir el vestido negro del luto y a aceptar que la guerra me había arrebatado al amor de mi vida. Por otro lado, en el fondo de mis entrañas, un hilo invisible, finísimo pero indestructible, se negaba a romperse. Aceptar su muerte se sentía como una traición, como apagar la única luz que le permitía a él encontrar el camino de regreso a través de la oscuridad de las fronteras.
Apoyé la frente contra el borde de madera del baúl, ahogando un gemido de dolor en la oscuridad de la habitación. Estaba atrapada en el límite mismo de mis fuerzas, tambaleándome entre el peso aplastante de la realidad que todos me imponían y la lealtad feroz a una promesa que se negaba a morir.