El amanecer irrumpió sobre el valle sin la promesa de la luz, cubierto por una capa de nubes plomizas que presagiaban aguanieve. Sobre la mesa de la estancia, la carta que había escrito durante la noche permanecía doblada, limpia y desnuda, sin el sello de cera roja que siempre acompañaba a mis envíos. La tinta seca parecía el rastro de una herida abierta que se negaba a cicatrizar.
Me levanté del banco con los huesos doloridos y la garganta seca. Miré el pliego de papel y luego dirigí la vista hacia el rincón del dormitorio donde descansaba el cofre de roble.
Un pensamiento amargo, frío y definitivo comenzó a cobrar forma en mi mente. La duda, ese fantasma silencioso que durante años había tratado de expulsar como si fuera un demonio, había instalado sus reales en el centro de mi pecho.
«¿Para qué llevarla al camino real?», me pregunté en un murmullo que no llegó a romper el silencio de la casa. «¿Para qué pagarle la última moneda al arriero para que pasee mi desesperación por las postas de la provincia? ¿Para qué seguir haciendo el ridículo ante los hombres de la estirpe y las tenderas de la villa?»
Caminé despacio hacia el dormitorio. Me hincué frente al cofre de roble, giré la llave de hierro en la cerradura con un chasquido seco y levanté la pesada tapa de madera.
Ahí estaba la montaña de mi propia obstinación. Más de cuarenta pliegos perfectamente ordenados, guardados con el celo de un tesoro sagrado, sellados con la marca de mi anillo y marcados por el olor a la lavanda seca que solía meter entre sus páginas. Cuarenta cartas que jamás habían encontrado un destinatario. Cuarenta pruebas incontestables de que me había estado aferrando a un imposible mientras el mundo real, implacable y duro, continuaba su marcha sin esperarnos.
Tomé la carta de la noche anterior, la que había escrito con el alma quebrada y las lágrimas emborronando la tinta, y la soplé despacio antes de colocarla en la cima de la pila.
Aquella acción tenía el peso trágico de un sepelio. Guardar esa carta en el baúl sin enviarla significaba romper de manera voluntaria el último hilo de correspondencia que me ataba a las fronteras del norte. Significaba rendirme. Aceptar que el correo del rey no me traería una respuesta porque no había nadie vivo al otro lado del camino para recibir mis palabras.
Pasé los dedos sobre los cantos del papel doblado, sintiendo el frío de la cera vieja.
-se acabó, Antonio
Susurré hacia la penumbra de la habitación, sintiendo cómo una lágrima solitaria corría por mi mejilla hasta perderse en el cuello de mi camisa.
-ya no voy a escribirle más al viento. Ya no voy a permitir que Mateo se consuma guardando la puerta de una casa que aguarda a un fantasma. Si tu alma ya no está en este mundo, no voy a seguir arrastrando a nuestros tres hijos en esta locura
Cerré la tapa de roble con un golpe sordo que pareció resonar en los cimientos mismos de la casita. Giré la llave de hierro, escuchando el cerrojo encajar en su sitio, y tomé la pequeña pieza de metal entre mis dedos temblorosos.
Por un instante, contemplé la idea de lanzarla al fondo del arroyo para no volver a abrir jamás aquel monumento a la tristeza. Pero no pude. La guardé en el bolsillo de mi delantal, sintiendo su peso frío contra mi pierna como el recordatorio de una condena cumplida.
Salí a la estancia principal. El fuego del fogón apenas conservaba un puñado de brasas grises. Me acerqué al estante de madera, tomé el pequeño espejo de azogue que perteneció a mi abuela y me miré de frente a la luz cenicienta de la mañana.
La imagen que me devolvió el cristal era la de una mujer vencida. Tenía los ojos hundidos por el cansancio de mil noches de vigilia, la piel gastada por el viento y el alma exhausta de sostener una muralla en soledad. El fantasma de la duda había ganado la partida: me había convencido de que aferrarme a la esperanza era una forma de martirio inútil y de que la lealtad a mi amor se había transformado en una cadena que nos impedía respirar.
Mateo salió del dormitorio, abrochándose los botones del chaleco de cuero. Se detuvo a mitad de la estancia al verme parada frente al espejo, silenciosa e inmóvil.
-¿Madre?
Preguntó el niño con esa voz grave que siempre me despertaba el corazón.
-¿Pasa algo?
Me giré despacio, me limpié la mejilla con el reverso de la mano y le dediqué a mi hijo la primera sonrisa triste y resignada en cinco años.
-no pasa nada, mi vida
Dije, tratando de darle a mi voz una serenidad firme.
-hoy no vamos a ir al camino real a esperar al correo. Hoy me voy a quedar aquí a arreglar la ropa de las niñas y a preparar la masa del pan
Mateo me miró con atención, escudriñando mi rostro con sus ojos oscuros. Supo en seguida que algo definitivo había cambiado dentro de mí. Vio que la vela de la esperanza en la ventana se había apagado por completo.
-está bien, madre
Asintió, dando un paso hacia el porche.
-yo voy a limpiar el establo y a picar la leña gruesa
El fantasma de la duda se había instalado en nuestra casa, apagando el último resplandor de mi terquedad. Había decidido guardar las cartas y rendirme a la evidencia del tiempo, convencida de que el amor de mi vida se había convertido en un recuerdo precioso pero inaccesible, perdido para siempre en la inmensidad de las montañas del norte.