Querido Antonio:
Hoy he girado la llave del cofre por última vez. La última carta que escribí para ti —aquella llena de lágrimas, de cansancio y de verdades amargas que me desgarraban la garganta— descansa ya sobre la montaña de pliegos sin respuesta que he acumulado a lo largo de estos cinco años implacables. No la he sellado con lacre. Tampoco voy a llevarla al camino real para entregársela al arriero.
El fantasma de la duda ha ganado por fin la batalla en el rincón más íntimo de mi pecho.
He pasado cinco años cerrando los ojos ante la realidad que todo el valle grita a voces. Me he llamado terca, me he llamado fuerte y me he dicho que la lealtad a nuestro amor me mantendría en pie. Pero hoy, al mirarme en el espejo de azogue y ver los surcos del cansancio en mi rostro, he comprendido que mi terquedad se ha transformado en una condena para nuestros hijos. Mateo carga con un hacha y con una gravedad que le roban la infancia, mientras las gemelas adoran la sombra de un padre al que casi no alcanzan a recordar.
No puedo seguir pidiéndole al viento que me devuelva el sonido de tu voz. No puedo seguir permitiendo que esta casa sea un templo dedicado a la espera de un muerto. Aceptar que la guerra te ha tragado en las fronteras lejanas del norte es la decisión más desgarradora de toda mi vida, Antonio. Siento que al guardar este último papel en el fondo del baúl me estoy arrancando un pedazo del alma, pero debo hacerlo para que nuestros tres pequeños puedan volver a respirar sin la sombra de esta vigilia eterna.
Guardaré tus cartas, mi guerrero. Guardaré la piedra verde en mi cuello y honraré tu nombre hasta el último de mis días, pero a partir de hoy apago la candela de la ventana. Descansa en paz, mi amor... que tu esposa ha entregado las armas.
Tuya siempre,
Esmeralda.