Diario Esmeralda

Capítulo 36

La sábana blanca ondeó levemente con el soplo de una brisa perezosa, atrapando la luz dorada del mediodía. Extendí la mano hacia la cesta para tomar las horquillas de madera, con la mente puesta en la harina de la cocina y en la melodía ahogada que Carmen seguía tarareando dentro de la estancia. El sonido rítmico del hacha de Mateo continuaba marcando el paso del tiempo en el patio, un golpe seco y constante que acolchaba el silencio de la montaña.
Entonces, el hacha se detuvo de golpe.
No fue el descanso pausado de quien se detiene a secarse el sudor de la frente, sino una interrupción brusca, un chasquido metálico cuando el filo quedó clavado en el leño de encina y no volvió a alzarse.

-¿Madre?

Murmuró Mateo.
La voz de mi hijo no tenía el tono grave con el que alejaba a Don Lorenzo, ni la calidez con la que le hablaba a sus hermanas. Era un hilo de voz fino, tenso, cargado de un desconcierto infantil que me heló la sangre.
Me enderecé despacio tras la cortina de lienzo húmedo. Ajusté la sábana sobre la cuerda para despejar la vista hacia el sendero que rodeaba la cerca de madera del patio.
A unos cincuenta metros de nuestro cerco, donde el camino de tierra bajaba en curva desde los cerros altos del norte, una figura caminaba con lentitud agónica hacia la casa.
No venía a caballo. No traía la marcha marcial de las patrullas de la villa ni el paso apresurado de los arrieros que cruzaban la provincia. Avanzaba a pie, arrastrando una de las piernas con una cojera marcada y apoyándose en una gruesa vara de avellano silvestre que crujía a cada impacto contra el suelo duro.
Me quedé inmóvil, sosteniendo dos horquillas de madera entre los dedos tensos.
La sombra que se aproximaba era la estampa misma de la ruina y el despojo. Vestía un uniforme militar que el tiempo, la intemperie y la sangre seca habían reducido a un harapo irreconocible. La tela de paño azul, antaño vistosa en las banderas del rey, estaba desgastada hasta mostrar la trama gris del hilo, deshilachada en las bocamangas y remendada con retazos de cuero crudo en los codos. Un capote mugriento le colgaba de los hombros como una bandera derrotada, y las botas de cuero no eran más que tiras de trapo atadas con bramante alrededor de unos pies maltrechos.
Pero no era la vestimenta lo que sobrecogía, era la postura de aquel hombre.
Caminaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia la tierra, como si el peso del cielo fuera demasiado denso para sus cervices. Tenía los hombros encorvados, la espalda vencida por una fatiga de años y una delgadez tan extrema que la estructura de sus huesos se adivinaba con dolorosa claridad bajo la ropa raída. Un morral de lona desgastada le cruzaba el pecho, botando contra sus costillas a cada paso torpe.
Mateo dio dos pasos al frente, dejando el hacha clavada en el tronco y colocando la mano sobre el palo de picar. El muchacho escudriñaba la figura con el ceño fruncido, en alerta, sintiendo el peligro intuitivo que cualquier desconocido despertaba en nuestro rincón aislado.

-madre... quédate atrás

Susurró Mateo, dando otro paso hacia el cerco.

-viene un soldado de la frontera

No respondí. Las palabras se me congelaron en los labios.
El desconocido continuó su marcha lenta, ajeno a la desconfianza que sembraba a su paso. Cuando estuvo a menos de diez pasos del portón de madera, se detuvo. El sonido de su respiración, una bocanada ronca y silbante que soltaba pequeñas nubes de vapor en el aire frío, se escuchaba con aterradora nitidez en el patio colgado en el tiempo.
El hombre no abrió el portón. Se apoyó con las dos manos sobre el extremo superior de la vara de avellano, cargando todo el peso de su cuerpo cansado sobre el palo, y levantó la cabeza despacio.
El movimiento de su rostro hacia la luz del sol me dejó ver las marcas del tiempo y de la tragedia. Llevaba una barba poblada, canosa y descuidada que le cubría la garganta y las mejillas. La piel de su cara estaba curtida por el hielo de las fronteras, surcada por arrugas profundas que no correspondían a un hombre joven y cruzada por una cicatriz pálida que le nacía en la sien izquierda y se perdía bajo el nacimiento de la oreja. Tenía los pómulos marcados como cuchillos y los labios agrietados por el frío.
Pero lo más perturbador eran sus ojos. Dos orbes oscuros, hundidos en cuencas sombras, que miraban las paredes de la casita, las vigas del porche y la sábana blanca colgada de la cuerda con una devoción casi religiosa.
El desconocido no dijo una sola palabra. No pidió limosna, no solicitó un tazón de agua ni preguntó por el camino hacia la villa. Simplemente se quedó allí, parado frente al cerco de nuestra propiedad, respirando el aire de nuestro patio con el pecho agitado por un temblor imperceptible.
Dentro de la casa, el ruido de una cuchara al caer contra el suelo de madera indicó que las gemelas se habían percatado del silencio exterior. La puerta de la estancia se entreabrió unos milímetros, y la carita curiosa de Carmen asomó por la rendija.
Mateo no se movió. Mi hijo permanecía en posición de guardia, con los nudillos blancos apretados sobre la vara de avellano, mirando a la sombra demacrada con una mezcla de recelo y extrañeza.
Sostuve la cesta de mimbre contra mi cadera, sintiendo que el corazón me daba un vuelco violento contra las costillas. Había algo en la forma en que aquel soldado vencido sostenía los hombros, algo en la inclinación de su cabeza al mirar el tejado de nuestra casa, que hizo que una corriente eléctrica, helada y ardiente a la vez, me recorriera la espina dorsal.
El tiempo pareció detenerse en el patio. El viento dejó de agitar la tela limpia, las aves del bosque callaron en las copas de los robles y los tres nos quedamos mirándonos en medio del azul pálido de la mañana, mientras la sombra del camino aguardaba inmóvil al borde de nuestro hogar.




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