Diario Esmeralda

Capítulo 37

El silencio que siguió a la llegada del soldado era tan denso que parecía pesar sobre la tierra helada del patio. Ninguno de los tres se movía. El desconocido continuaba apoyado sobre su vara de avellano, con el cuerpo temblando levemente bajo la capa desgastada y la mirada fija en las vigas del porche, como si estuviera contemplando un milagro o una alucinación nacida de la fiebre.
Mateo no relajó la postura. Dio un paso de lado para ponerse entre la figura y yo, apretando la vara de madera que llevaba en la mano.

-¿Qué se le ofrece, señor?

Preguntó Mateo. Su voz sonó seca, distante, cargada de la recelosa cautela con la que nuestra familia había aprendido a recibir a los extraños durante cinco años de aislamiento.

-si busca la carretera principal hacia la villa, tiene que dar la vuelta al recodo del arroyo. Este es un camino privado

El hombre no respondió de inmediato. Lentamente, movió los ojos desde el tejado de la casa hacia la figura de Mateo. Un brillo extraño, hondo y doloroso, cruzó sus pupilas oscuras. Sus labios agrietados se entreabrieron penas para dejar salir un suspiro corto, pero ningún sonido brotó de su garganta.
Sentí una punzada extraña en el centro del pecho. Dejé la cesta de mimbre sobre la hierba seca y di un paso al frente, adelantando a Mateo y colocándome al borde de la cuerda de tender, a pocos metros del cerco de madera.
El rostro de aquel hombre era el mapa de una devastación absoluta. La barba le cubría la mitad del cuello, la piel de sus pómulos, tirante y gastada por el viento helado de las trincheras, parecía adherida directamente a los huesos. La gruesa cicatriz que le bajaba desde la sien izquierda le deformaba apenas la ceja, y una sombra gris de cansancio infinito le rodeaba los ojos.
No había rastro en esa estampa del muchacho lleno de salud, con la piel tostada y la risa limpia, que se había marchado tras la tropa cinco años atrás. Era un desconocido. Un fantasma militar arrastrado por la marea de la guerra hasta la puerta de mi casa.

-señor...

Dije, e intenté que mi voz sonara firme, aunque un temblor imperceptible me quebraba las palabras.

-si necesita agua o un trozo de pan de centeno para continuar su marcha hacia el pueblo, se lo podemos dar aquí en el cerco. Pero le pido que no asuste a los niños

El soldado me miró.
Al cruzar su mirada con la mía, sentí que la tierra se abría bajo mis pies. Sus ojos no tenían la frialdad de un mendigo ni la amenaza de un vagabundo. Había en ellos una devoción desgarradora, una sed inmensa que me congelaba el rostro con la desesperación de quien lleva mil noches muriéndose en la oscuridad. Pasó la vista por el pañuelo negro que sujetaba mi cabello, por los surcos pálidos de mis mejillas, por mis manos maltratadas por la colada y, finalmente, su mirada se detuvo en la piedra verde que colgaba de mi cuello sobre la camisa de lino.
El hombre soltó la vara de avellano por un segundo, y su mano derecha subió temblorosa hacia el aire, como si quisiera tocar la tela de mi falda a través de la distancia.

-madre, no te acerques

Me advirtió Mateo, poniendo su brazo infantil como una barrera firme entre el desconocido y yo.

-no sabemos quién es ni qué quiere

El desconocido cerró los ojos por un instante al escuchar la voz de Mateo, como si las palabras del niño le dolieran físicamente en el pecho. Soltó un aire caliente que se volvió vapor frente a su rostro y dio un paso tambaleante hacia adelante, apoyando la mano enjuta sobre los postes de madera de nuestro cerco.

-Esmeralda...

Murmuró.
Su voz era una sombra ruda, rasgada, rota por los años de gritos en el combate, por el humo de los cañones y por el frío de las prisas. Sonaba como el crujido de las hojas secas cuando las pisa el ganado en el monte alto.
Un escalofrío helado me recorrió desde la nuca hasta los talones. Escuchar mi nombre en la boca de aquel soldado roto hizo que mis manos se apretaran convulsivamente contra la tela de mi delantal.

-¿Quién es usted?

Pregunté en un susurro ardiente, dando un paso más hacia él, desafiando el brazo protector de mi hijo.

-¿De dónde viene? ¿Conoce a los hombres del regimiento de la villa?

El hombre no contestó a mis preguntas. Se limitó a quedarse allí, parado al otro lado de la cerca, mirándome con una fijeza que me congelaba la sangre. De sus ojos hundidos y cansados comenzó a brotar una lágrima silenciosa que se abrió paso entre la mugre y la barba canosa de su mejilla.
Mateo frunció el ceño, confundido y alterado por la reacción del soldado. El muchacho alzó la vara de madera, preparado para defender la casa.

-¡Responda a mi madre!

Demandó Mateo con esa fiereza idéntica a la de su padre.

-¿Quién es usted y por qué la mira así?

El soldado roto dirigió una mirada llena de un amor infinito hacia mi hijo mayor. Sus hombros encorvados se sacudieron por un sollozo ahogado que no dejó salir, y apretó los dedos contra la madera de la cerca con tanta fuerza que las uñas se le pusieron blancas. La sombra del pasado flotaba entre nosotros, densa y enigmática, mientras el viento del mediodía agitaba el borde de su capote raído en el patio silencioso.




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