Mi amado Antonio:
Te escribo esta noche desde la misma mesa de roble donde tantas veces lloré sobre papeles sin destino, pero esta vez la estancia no está fría ni reina en ella el silencio helado de la desesperación. A pocos pasos de donde corro la pluma, escucho el ritmo pausado y profundo de tu respiración desde nuestro camón matrimonial. Estás aquí. No eres una sombra nacida de la fiebre, ni una ilusión traída por el viento del norte, ni el recuerdo doloroso al que esta misma semana intenté renunciar cuando cerré el cofre de mis angustias.
Has vuelto a casa.
Hoy he vuelto a abrir el baúl de roble, Antonio, pero no para guardar en él una nueva lágrima ni para esconder el dolor de tu ausencia. He sacado, una a una, las más de cuarenta cartas que te escribí a lo largo de estos mil ochocientos días de oscuridad. Las he desplegado sobre la mesa, bajo la luz dorada de la candela, y mientras tú dormías el sueño profundo de los sobrevivientes, acurrucado junto a nuestros tres hijos que no se han separado de tu lado en todo el día, he ido leyéndote en voz baja cada palabra, cada juramento y cada batalla que libramos en este rincón del valle para mantener tu nombre intacto.
La guerra te ha devuelto a mis brazos con el cuerpo marcado por las cicatrices, con la piel gastada por los hielos de la frontera y con una cojera amarga que nos recordará siempre el precio de esta contienda. Pero cuando tus ojos oscuros buscaron los míos en el patio, cuando pronunciaste la frase de nuestra infancia y cuando sentí el latido salvaje de tu corazón contra mi pecho, supe que el hombre al que juré fidelidad eterna seguía entero bajo el capote raído del ejército.
Mateo no ha dejado de mirarte en todo el día con una devoción que me llena el alma de orgullo. Ha guardado su hacha, ha soltado la vara de vigía y por primera vez en cinco años ha vuelto a reír como el niño de diez años que es, sabiendo que la muralla de esta casa ya no descansa sobre sus hombros infantiles. Carmen y Naiara se han dormido apretadas a tu costado, fascinadas por el tacto de tus manos grandes y por la certeza maravillosa de que el héroe de sus cuentos nocturnos es de carne y hueso.
Esta es la última carta que escribo en este diario de ausencias, Antonio. Ya no habrá más pliegos doblados con cera roja viajando hacia el vacío de las fronteras, ni más velas encendidas en la ventana para desafiar a la noche. El papel ha cumplido su misión de sostener mi fe cuando la razón me pedía rendirme.
Mañana quemaremos juntos las sombras del pasado en el fogón de la cocina. Celebraremos que la flor de la jara no se secó en la sombra, que nuestra raíz era más fuerte que la muerte y que, por encima de los jueces, de las guerras y del tiempo, nuestro amor y nuestra sangre han regresado para siempre al hogar.
Tuya en la vida y en la eternidad,
Esmeralda.