Diciembre Negro

Capitulo 2 (El plan)

Ahora qué saben mi historia ¿No odiarían a la gente? ¿No les nacería un odio a raíz de escuchar cómo matan a tus padres? Yo sé que muchos dirán que "la demás gente no tiene la culpa" bien dicen que hay que amar y ser amado, así se viviría en una armonía tal dónde no habrían guerras, dónde no existiera ningún arma para matar como lo son las pistolas. Claro, lo entiendo pero esa gente nunca ha pasado por algo como lo que yo pasé, ustedes no saben la rabia que me provoca el ir caminando por la calle y ver a familias enteras riendo y haciendo compras navideñas y me pregunto ¿Por qué ellos pueden y yo no? ¿Hice algo para merecer lo que pasé? Eso es algo que ya no me importa, estuve años y años sufriendo en silencio, tratando de llevar una vida normal con un trabajo estable, de verdad que intentaba hacer amigos pero en mi subconsciente siempre ganaba el lado amargado y renegado.

Escribo esto como una forma de terapia; me ayuda a mantener la cabeza en su lugar y a no volverme loco. Es como si le contara a alguien todo lo que he hecho, como si estuviera en una iglesia confesando mis pecados a un tipo que está detrás, que seguramente es más pecador que yo, pero que escucha.

Y es que, a veces, la gente solo necesita eso: que alguien la escuche. Al escribir, me siento así, como si hubiera alguien del otro lado, alguien a quien le cuento todas las cosas que he hecho. Cosas que, al mismo tiempo, me hacen sentir vivo, me hacen sentir feliz.

Espero que nadie me juzgue. Para eso existe el libre albedrío, ¿no?

Cuando vivía solo, mi mente ya trabajaba de forma constante. Imaginaba y recreaba cada escenario. Los años de frustración y el rencor que nunca desapareció me llevaron, de manera inevitable, a una decisión clara: si a mí me arrebataron a mis padres y me obligaron a odiar la Navidad, yo podía provocar lo mismo.

El problema no era el qué, sino el cómo. Cómo hacerlo sin ser descubierto. Qué tan inteligente debía ser. Qué herramientas tenía disponibles y cuáles no podía utilizar.

El primer paso fue conseguir un medio de transporte. Fui a una tienda de autos seminuevos en el centro de la ciudad y compré un Tsuru modelo 98. Nada llamativo. Eso era importante. Fue barato y funcional. Según el vendedor, era un vehículo confiable, sin fallas. Eso era suficiente para mí.

Era negro. Le instalé un estéreo. La música era necesaria; el rock me ayudaba a mantener la mente enfocada.

Durante el trayecto de regreso a casa, a unos quince kilómetros de distancia, tomé otra decisión: no podía hacerlo en la misma ciudad. En lugares pequeños como Lovech, todo se observa. La gente vigila, pregunta, recuerda. Todos se conocen. Ahí no había margen de error

Diriengose al sur existe un pequeño poblado llamado "Karditsa", mi conclusión fue que ahí podría ser, era el lugar ideal. En el centro la gente iba a encender un enorme árbol de navidad, había un desfile donde niños pequeños se disfrazaban de santa Claus, tenían el espíritu navideño muy bien arraigado, un pueblito bastante feliz, habitantes hogareños y amigables dónde nunca les había llegado el mal, donde todos se ayudaban mutuamente, donde con los turistas siempre estaban dispuestos a ayudar, así que mejor no pudo ser ya que nadie sospecharía de mí.

Ya tenía el transporte. Ya tenía el lugar. Faltaba el modus operandi.
Eso fue lo que más trabajo me costó. Sabía lo que quería, pero no cómo ejecutarlo. Siempre pasa igual: en la cabeza todo parece más sencillo. Uno imagina escenarios, repite posibilidades, ajusta decisiones. La realidad nunca funciona así.
Barajé varias opciones. Ninguna terminaba de convencerme.

Ya era noviembre. El tiempo empezaba a jugar en mi contra. Necesitaba definir el cómo para después estructurar el plan completo. La fecha elegida se acercaba. Compré varios instrumentos que, según mis cálculos, podía llegar a necesitar: un martillo, una pistola, un cuchillo, una soga. Nada más. Nada menos.

Al llegar a casa encendí la laptop. Entré a Google Maps y busqué Karditsa. Tenía que familiarizarme con el lugar: rutas de salida, caminos alternos, espacios abiertos donde se concentrara la gente. Todo debía reducir riesgos. Todo debía ser limpio.

Estudié el área durante una semana. Con el tiempo llegó la confianza. Había encontrado la forma de hacerlo: dónde ocultarme si era necesario y por dónde desaparecer sin levantar la menor sospecha.

—Creo que esto saldrá bien, pequeño —le dije a mi gato mientras le acariciaba el lomo. Estaba sentado sobre mis piernas. Era el único que se quedaba conmigo. Mi única compañía.

No tenía una familia específica en mente. Eso era curioso. No sabía a quién atacar, pero sí sabía cómo hacerlo. La estructura estaba clara; solo faltaba elegir el objetivo correcto.

Recuerdo con precisión que, durante la primera semana de diciembre, regresé a Karditsa. Necesitaba una perspectiva más directa: observar los hogares, entender su rutina, empaparme de su estilo de vida. Y, por supuesto, identificar a la familia adecuada.

Padre, madre y un hijo. O una hija. Tenía que ser así. Esa había sido mi familia. Caminé por las calles observando. Algunas familias tenían dos niños, otras tres. A veces solo veía parejas. Nada encajaba del todo. Hacía calor, así que me formé en una heladería para refrescarme. Fue ahí donde escuché una conversación que me resultó útil.

—¿Papis, creen que Santa Claus me traiga todo lo que quiero?

El niño vestía jeans y una playera de Toy Story. Calculé que tenía entre siete y ocho años. Caminaba tomado de las manos de sus padres.

—No lo sé —respondió la madre—. No creo que te hayas portado lo suficientemente bien.
Llevaba una blusa escotada color turquesa, unos Converse del mismo tono y un pantalón negro ajustado. A simple vista, rondaba los treinta años.

- Así es Daniel, este verano estuviste un poco desatado, ¿Recuerdas que en tu curso de natación desobedeciste al profesor Luna? Tuvo que ir tu mamá a hablar con él, aunque seas hijo único y no tengas un hermano a quien cuidar, tienes que portarte bien, Santa Claus ve eso.



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En el texto hay: locura, muerte, venganza

Editado: 21.01.2026

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