En cuánto vi donde vivían los White sentí algo parecido al alivio, pero no era solo eso. Me sentí bien y nervioso al mismo tiempo, có0mo cuando tienes tu primer día de clases y no sabes cómo será tu vida a partir de ese momento. Esa sensación extraña en el estómago, una mezcla de expectativa y miedo. Supongo que me entienden. Ya no era una idea abstracta, ya no era solo seguirlos: era un lugar real, una dirección concreta, un punto fijo al que tarde o temprano tendría que volver.
Pero ya estaba. Ya sabía dónde ir. Eso, para mí, lo cambiaba todo. Solo faltaba conseguir lo necesario.
Fui a una tienda a las afueras de Karditsa y compré una escalera pequeña, lo suficientemente ligera para cargarla sin problemas, pero lo bastante firme como para sostenerme. También compré unos zapatos con suela de goma; no podía permitirme hacer ruido al entrar. Lo demás yo lo tenía desde antes. Siempre he creído que la improvisación es una forma elegante de llamar al error, y yo no podía equivocarme.
En lo personal, soy una persona organizada. Cuando decido hacer algo, lo hago bien. Así me formé, así aprendí a moverme por el mundo, y esa disciplina me había salvado más veces de las que puedo contar. Cada objeto tenía una razón, cada decisión un propósito.
Lo tenía todo planeado. Ahora solo faltaba que llegara el día
El 22 de Diciembre tenía que ser.
El tiempo pasaba y yo seguía reuniendo ideas, ajustando detalles, puliendo cada posibilidad. Mi mente no descansaba. Al contrario: se alimentaba de todo lo que imaginaba, de cada escenario posible, de cada variable que podía salir mal. El cerebro trabajaba al cien por ciento; la ansiedad tiene ese efecto, agudiza los sentidos como ninguna droga. Todo se vuelve más nítido: los sonidos, los recuerdos, incluso los pensamientos más incómodos.
Nunca he sido una persona especialmente amigable. Saludo por cortesía, nada más. Aún así, conocía bien a mis vecinos, lo suficiente como para sostener conversaciones breves sin levantar sospechas. Ese año, varios me preguntaron qué haría en Navidad. Yo respondía siempre lo mismo: que iba a ir a Nueva York a pasarla con unos familiares, que veríamos el encendido del árbol en el Rockefeller Center y que regresaría empezando el año venidero. Decían que sentían envidia, que ojalá estuvieran en mi lugar. Yo asentía, sonreía un poco, lo justo. Todo eso era mentira, por supuesto. Pero a decir verdad habría echado todo a perder, y no soy ningún estúpido.
A veces me quedaban las ganas de decirles lo que realmente pensaba: que la Navidad me parecía una fecha cargada de falsedad, de sonrisas forzadas y rituales vacíos, y que no me agradaba en lo más mínimo. Pero nunca lo hacía. No me gusta que la gente hable de mí, ni darles motivos para recordar mis palabras más de la cuenta. Así que les seguía la corriente, como había aprendido a hacerlo desde hace unos años.
La espera se hizo interminable. Estaba ansioso por que el día llegara de una vez. La noche anterior no dormí nada. La adrenalina estaba al máximo, recorriéndome el cuerpo sin darme tregua. Recuerdo que eran alrededor de las once de la noche cuando encendí la televisión. Pasaban Mi pobre angelito. La dejé correr, más como ruido de fondo que por interés real. Era irónico, supongo: una película sobre trampas y casas, justo cuando mi mente no dejaba de repasar el plan una y otra vez.
Entrar. Ejecutar. Salir. Sencillo. ¿No lo creen?
Y sin embargo, algo me incomodó. Pensé en la escena, en lo que quedaría atrás, en quien pudiera encontrarla. No por culpa, sino por control. Siempre he creído que incluso el caos necesita una explicación. Así que se me ocurrió que debía dejar una nota. Algo breve. Algo claro. No para justificarme, sino para cerrar el círculo.
Tomé una hoja de papel y una pluma del escritorio. Me senté con cuidado, respiré hondo y empecé a escribir con una letra completamente diferente a la mía. No podía dejar rastros, ni siquiera en algo tan mínimo. Mientras escribía, sentí una calma extraña, como si por primera vez en días mi mente hubiera encontrado un punto fijo donde descansar.
Todo estaba listo. Ya no había marcha atrás.
El día llegó. A las nueve de la mañana ya estaba listo. No hubo prisas ni dudas, solo una calma extraña que me resultó inquietante. Desayuné un café bien cargado y un pequeño sándwich de pollo. Comía despacio, como si fuera un día cualquiera, mientras mi mente se desviaba hacia pensamientos que no había planeado tener. Me pregunté qué estaría haciendo mi pequeña familia en ese momento.
¿Seguirían dormidos? ¿El niño estaría escribiendo su carta a Santa Claus, creyendo todavía en promesas que nadie cumple?
Sin querer, una ligera sonrisa se dibujó en mis labios. No era alegría, era otra cosa. La vida es una ruleta: nadie sabe cuándo estaremos riendo y cuándo estaremos muriendo. Todo gira sin aviso, sin lógica, sin justicia. Y a mis queridos White, esta vez, les tocaba la segunda opción.
No. No soy ningún Dios para decidir sobre la vida de alguien. Nunca me vi así. Tan solo soy una persona con un propósito. Y como dije antes, nada de esto habría pasado si no me hubieran arrancado a mis padres. Hay heridas que no se ven, traumas emocionales que algunos logran superar con el tiempo, con ayuda, con suerte. Otros, en cambio, se hunden en ese remolino de recuerdos y emociones hasta que ya no saben cómo salir. Yo dejé de intentar hacerlo hace mucho.
—¡Llegó la hora del show! —grité por toda la casa.
Mi voz sonó más firme de lo que esperaba, como si al decirlo en voz alta terminara de convencerme a mí mismo. Tomé la maleta donde había guardado todo lo necesario. Me vestí completamente de negro: las botas que había comprado días antes, el pants que me daría mayor agilidad, la chamarra de cuero. Me puse la gorra y el pasamontañas.
Uno nunca sabe si hay cámaras de seguridad observando desde algún ángulo muerto, y yo no podía permitirme errores.
Editado: 21.01.2026