_diez días y una vida*_

_Diez días y una vida*_

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*PÁGINA 1 - CAPÍTULO 1*

La carta olía a plata vieja y a ultimátum.

Samuel la dejó caer sobre la barra de _San Lázaro_ como si quemara. Yo estaba revelando fotos en el cuarto oscuro del lobby cuando escuché el golpe. Salí con las manos manchadas de químicos y el corazón en la boca. Samuel Herrera solo me buscaba por dos razones: para pelear o para pedirme perdón.

Esta vez tenía cara de las dos.

—Léela —dijo, empujando el sobre con un dedo. Como si no quisiera tocarlo más tiempo del necesario.

Lo reconocí antes de abrirlo. Papel de lino. Sello de cera. Bufete Echeverría & Asociados. Los mismos que mandaron la orden de demolición hace cinco años.

_“Señor Samuel Herrera, por medio de la presente le notificamos que es usted heredero único de la propiedad El Faro, ubicada en Isla Barú, bajo las siguientes condiciones…”_

Escaneé la página hasta la línea que importaba. La que me hizo soltar el aire como si me hubieran golpeado.

_“…deberá residir en la propiedad durante diez días naturales consecutivos en compañía de su cónyuge. De no cumplir con la cláusula matrimonial, la propiedad será vendida a Coral Resorts S.A.”_

Coral Resorts. Los mismos desgraciados que casi convierten San Lázaro en un todo incluido con pulserita.

Levanté la vista. Samuel tenía la mandíbula apretada y dos lunares nuevos en el cuello que no le conocía. O que me había prohibido contar desde que terminamos.

—No estamos casados —dije. Obvio. Bruto.

—No —contestó—. Y no pienso perder Barú. Mi abuelo era un imbécil, pero ese faro… ese faro era de mi mamá.

Silencio. Las chicharras de Getsemaní. El ventilador que la abuela nunca dejó que cambiáramos.

—¿Y qué propones? —crucé los brazos—. ¿Que nos casemos en el CAM de Cartagena y le mandemos la foto al abogado?

Samuel se pasó la mano por el pelo. El mismo gesto de cuando teníamos diecisiete y no sabía cómo pedirme que fuera su novia.

—Propongo que finjamos —dijo al fin—. Diez días. Isla Barú. Firma un papel con el notario de allá, le tomamos foto a los anillos de mi mamá, y listo. Salvamos el faro y cada uno por su lado. Como hace ocho meses.

_Como hace ocho meses._ Cuando me dijo “no estoy listo” y yo le dije “entonces yo tampoco” y nos devolvimos las llaves del hostal como si fueran granadas sin seguro.

Miré la carta. Miré sus lunares nuevos. Miré la foto recién revelada que tenía en la mano: él y yo en el techo de San Lázaro, hace cinco años, riéndonos porque estaba a punto de llover.

—Trato —dije, dejando la foto boca abajo sobre la barra—. Pero con reglas nuevas, Herrera.
Regla número uno: esta vez dormimos en camas separadas.
Regla número dos: no me cuentas los lunares.
Regla número tres: no te enamoras.

Samuel agarró la carta y la dobló en cuatro.
—Trato —mintió.

Los dos sabíamos que íbamos a romper las tres.

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En el texto hay: arquitecto millonario posesivo

Editado: 22.04.2026

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