Doblé la carta y me la guardé en el bolsillo de atrás del jean. Como si esconderla fuera a hacer que doliera menos.
—Tenemos que salir mañana —dijo Samuel. Ya estaba en modo arquitecto: resolviendo, planeando, fingiendo que no nos habíamos dejado de hablar hacía ocho meses—. El notario de Barú solo va a la isla los martes. Si no firmamos mañana, perdemos la semana.
—Qué conveniente que tu abuelo se muriera un lunes —solté. Veneno gratis.
No contestó. Solo agarró su casco de la barra. No el de obra. El de la moto. La misma Ducati negra que se compró cuando terminamos. _Crisis de los treinta_, dijo. Yo le dije _crisis de los idiotas_.
—Te recojo a las 6 a.m. —dijo ya en la puerta—. Empaca ligero. Allá no hay nada. Solo hay un faro, un mosquitero con huecos y, con suerte, una cama.
—Dijiste camas separadas —le recordé.
Se giró. Medio segundo. Lo suficiente para que el sol de la tarde le marcara el lunar nuevo debajo de la oreja. El que me estaba prohibido contar.
—Eso dije —contestó—. Pero es Barú, Vale. Allá las promesas se las come el mar.
Y se fue. Dejándome con el olor a papel caro, a químico de revelado y a él.
Subí a mi cuarto. No al nuestro. Al mío. Desde que terminamos, yo me quedé con la galería y él con la oficina de arquitectura del segundo piso. Dividimos San Lázaro como se divide un país después de una guerra: con muros invisibles y horarios para no cruzarnos en las escaleras.
Abrí el closet. ¿Qué empaca una para fingir un matrimonio de diez días con su ex? ¿Vestidos? ¿Pantalones? ¿El camisón que usaba cuando él decía que me veía como un “problema”?
Saqué la maleta. La misma con la que volví a Cartagena hace cinco años. Poético. Idiota.
Del fondo cayó un sobre. No el de Echeverría. Uno más viejo. Más gastado. Mi letra. _Para cuando seas valiente._
La carta que nunca mandé hace ocho meses. La noche que él dijo “no estoy listo” y yo no dije “yo sí”. La que decía _“Me cansé de esperar a que te dieras cuenta de que ya construimos una vida. Solo falta que le pongas tu apellido.”_
La metí en la maleta. Por cábala. Por masoquista. Por si en Barú me daban ganas de tirarla al mar.
Mi celular vibró. Un mensaje suyo. El primero en ocho meses que no era sobre goteras o facturas del hostal.
*Samuel:* _Lleva repelente. Y el mosquitero tuyo. El mío tiene un hueco del tamaño de mi arrepentimiento._
Lo leí tres veces.
*Yo:* _¿Cuál de todos?_
Los tres puntitos aparecieron. Desaparecieron. Aparecieron otra vez.
*Samuel:* _Todos._
Apagué el celular y lo tiré en la cama.
Regla número cuatro: prohíbete contestar mensajes después de las 10 p.m.
Regla número cinco: prohíbete contar los arrepentimientos.
Ya iba perdiendo las dos. Y ni siquiera habíamos llegado a la isla.
Afuera empezó a llover. Abril otra vez. Claro que era abril.
---