_diez días y una vida*_

tormenta y sin escapatoria:

---

La lluvia entró antes que nosotros.

Por las ventanas sin vidrio, por el techo, por las rendijas de la puerta. En treinta segundos la sala de _El Faro_ era una piscina con muebles.

—Mierda —Samuel corrió a la maleta y sacó una lona azul de obra—. Ayúdame.

La estiramos como pudimos sobre la cama. Era eso o dormir en el mar. El mosquitero ya estaba empapado y colgaba triste, inútil, con sus huecos de arrepentimiento burlándose de nosotros.

Afuera los truenos sonaban a promesas rotas. Adentro solo estábamos su voz, mi respiración y el ruido de la lluvia queriendo tumbar lo que quedaba de casa.

—¿Siempre llueve así en abril? —pregunté, por decir algo. Por no decir _te extrañé todos los días_.

—Solo cuando vuelves tú —contestó, sin mirarme. Ajustando la lona con una fuerza innecesaria—. Cartagena es dramática. Como vos.

Me quité la chaqueta. Estaba empapada y pesaba una tonelada. La camiseta blanca se me pegó al cuerpo. Error de principiante. Vi cómo los ojos de Samuel bajaron un segundo y volvieron a subir. Apretó la mandíbula.

—Baño —señaló con la cabeza una puerta al fondo—. No hay agua caliente. Ni fría. Ni agua. Pero al menos no te ve nadie cambiarte.

—Gracias por el tour, Herrera —agarré mi maleta—. Muy cuatro estrellas.

Me encerré en el baño. Si se le podía llamar así. Un hueco en el piso, un espejo roto y un balde con agua lluvia. Me cambié a ciegas, con el corazón a mil y la piel helada. Me puse un short y la primera camiseta que encontré: negra, grande, de él. De cuando vivíamos juntos y yo le robaba la ropa. Me la había dejado en San Lázaro hacía ocho meses. Nunca la devolví. Nunca la lavé.

Cuando salí, Samuel estaba en la puerta del cuarto, de espaldas, con las manos en la nuca y la camiseta pegada al cuerpo. Se la había quitado y la estaba escurriendo.

Y ahí estaban. Todos. Los lunares de su espalda. El mapa que me sabía de memoria. Uno en el omóplato izquierdo. Tres formando un triángulo bajando por la columna. Dos más a la derecha, cerca de la cintura. Y los nuevos. Dos arriba, cerca del cuello, que no estaban hace ocho meses.

Estaba contándolos. Otra vez. Regla número dos hecha mierda.

Él se giró de golpe. Me vio. Vio su camiseta en mi cuerpo.

Se quedó quieto. El agua le escurría por el pecho, por el abdomen, perdiéndose en la línea del jean. El pelo negro pegado a la frente. Los ojos grises más tormenta que la tormenta.

—Esa es mía —dijo. La voz ronca. No sé si hablaba de la camiseta.

—Lo era —contesté. Y me odio por cómo me tembló la voz—. Hace ocho meses. Ahora es botín de guerra.

Dio un paso hacia mí. La lona arriba de la cama goteaba. Una gota me cayó en el hombro. Él la siguió con la mirada.

—Vale —dijo, y sonó a súplica y a advertencia—. Diez días. Dijimos diez días sin…

—Sin qué, Samuel —lo interrumpí, dando yo también un paso. La distancia ahora era estúpida. Respirable—. ¿Sin tocarnos? ¿Sin contar lunares? ¿Sin acordarnos de que antes de ser ex-esposos falsos fuimos nosotros?

Un trueno partió el cielo en dos. La luz se fue. La isla entera se quedó a oscuras.

Solo se oía la lluvia. Y nuestra respiración.

—Sin rompernos más —susurró al fin. Tan cerca que su aliento me movió el pelo húmedo—. Porque ya no sé armarte de nuevo si te rompo otra vez.

Levanté la mano. Iba a tocarle la cara. Iba a romper la regla número tres, la cuatro y la cinco en un solo movimiento.

La lona se venció.

Toda el agua acumulada cayó encima de la cama. De nosotros. Un baldado helado que nos empapó de golpe y nos sacó del trance a la fuerza.

Samuel maldijo. Yo me reí. Me reí a carcajadas, con el pelo chorreando y su camiseta pegada al cuerpo. Porque era eso o llorar.

Él me miró como si estuviera loca. Y luego se rió también. Ronco. Oxidado. La primera risa que le escuchaba en ocho meses.

Y por un segundo, solo un segundo, no fuimos ex. No fuimos falsos esposos. No fuimos dos idiotas con diez días.

Fuimos Vale y S. A secas. Mojados, muertos de frío y muertos de risa en una casa que se caía.

—Voy por el otro mosquitero —dijo, pasándose la mano por la cara para quitarse el agua—. Antes de que nos dé una pulmonía y Coral Resorts gane por default.

Lo vi irse hacia la sala. Empapado. Descalzo. Con todos sus lunares y todos sus arrepentimientos a la vista.

Regla número seis: prohíbete enamorarte otra vez de alguien que ya te rompió.
La lluvia afuera arreció.
Y yo ya estaba hasta los huesos.

---



#502 en Thriller
#219 en Misterio

En el texto hay: arquitecto millonario posesivo

Editado: 22.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.