*EPÍLOGO - DÍA 11, BARÚ*
El sol del día once no pidió permiso. Entró por las ventanas sin vidrio y nos cayó en la cara a los dos.
Abrí los ojos y lo primero que vi fue su brazo. Cruzado sobre mi cintura, pesado, real. La lona había aguantado toda la noche. El mosquitero nuevo también. Nosotros... nosotros ni idea de en qué momento dejamos de pelear por el piso y terminamos en el centro de la cama, enredados como a los veintidós.
Samuel ya estaba despierto. Me miraba. Sin hablar. Contándome las pestañas como yo le contaba los lunares.
—Se acabaron los diez días —dije. La voz de la mañana, ronca, honesta—. El notario llega en una hora. Firmamos el papel de salida y se acabó el teatro.
No contestó. Solo se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Me dio la espalda. El mapa completo ahí, a la luz del sol. Conté. Todos seguían. Los viejos. Los dos nuevos del cuello. Y uno más, chiquitito, que no había visto anoche. Justo donde termina la espalda y empieza todo lo demás.
—Anoche no llovió —dijo al fin.
—¿Y?
—Y no te rompí —se giró a mirarme—. Y vos tampoco me rompiste a mí.
Afuera, el mar estaba planchado. Sin olas. Sin drama. Como si abril hubiera decidido darnos tregua.
Me senté a su lado. Pegamos hombro con hombro. Piel con piel. Sin camisetas robadas de por medio.
—Tengo la carta —solté. Me quemaba en la maleta desde que llegamos—. La que escribí hace ocho meses. La que decía que me cansé de esperar.
Samuel no se sorprendió.
—Yo tengo la mía —contestó—. La que escribí la noche que dijiste “entonces yo tampoco”. La que decía “no estoy listo porque me da pánico que un día te des cuenta de que podés estar con alguien que no venga con faros rotos incluidos”.
Lo miré. De verdad lo miré. A Samuel. A S. Al idiota que a los diecisiete me enseñó a besar y a los treinta me enseñó que el amor también es reparar.
—El faro ya no está roto —dije—. O bueno, sí. Todavía le faltan las ventanas y el techo es un colador. Pero la luz... —señalé arriba, a la cúpula que habíamos arreglado juntos el día siete, entre insultos y cintas aislantes—. La luz ya prende.
Samuel siguió mi dedo. La cúpula nueva brillaba apagada bajo el sol. Pero los dos sabíamos que anoche, cuando la tormenta volvió, la prendimos. Y alumbró toda la isla.
Se metió la mano al bolsillo del jean y sacó algo. Una cajita. Pequeña. De madera. Desgastada.
—Eran de mi mamá —dijo, abriéndola. Dos anillos simples. De plata. Sin piedra. Sin promesas de mentira—. Ella y mi papá se casaron aquí. En este faro. Antes de que mi abuelo lo declarara “un capricho”. Antes de que todo se rompiera.
Agarró mi mano. La izquierda. La del corazón.
—No te voy a pedir que finjamos más —susurró—. Te voy a pedir que nos demos diez días más. Y luego otros diez. Y luego todos los que hagan falta hasta que arreglemos lo que queda. El faro. San Lázaro. Nosotros.
El notario pitó desde la lancha. El mundo real tocando la puerta.
Lo miré a los ojos. Grises. Calmados. Casa.
—Trato —dije, y le dejé poner el anillo—. Pero con reglas nuevas, Herrera.
Regla número uno: dormimos en la misma cama.
Regla número dos: me dejás contarte los lunares. Todos. Incluso los que te salgan mañana.
Regla número tres: te enamoras. Todos los días. Aunque sea lunes. Aunque sea abril. Aunque llueva.
Samuel se rió. Me besó la mano. Luego la frente. Luego la boca. Suave. Sin prisa. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
—Trato —dijo contra mis labios—. Y esta vez no lo rompo.
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*UN AÑO DESPUÉS - HOTEL SAN LÁZARO*
La puerta del hotel chirrió. Igual que siempre.
Entré con dos tazas de café. Una sin azúcar. Otra con endulzante y dos de sal. Para el arquitecto y para la fotógrafa.
Samuel estaba en recepción, con planos nuevos sobre el mostrador y el ventilador de techo al fin reemplazado por uno que sí servía. Levantó la vista cuando me escuchó. Sonrió completo.
—¿Listo para irnos? —pregunté, dejándole su taza.
—Listo —agarró los planos y su mano—. Barú nos espera. El faro ya tiene reservas hasta diciembre. Y la suite principal… —me guiñó un ojo— ya tiene cama grande. Sin lona.
Nos fuimos de la mano. Pasamos por la galería. En la pared principal había una foto nueva. Grande. Blanco y negro.
Nosotros dos. Empapados. Muertos de risa. En un cuarto que se caía, con una lona vencida en la cabeza y el mar metido hasta la sala.
Abajo, una plaquita:
_“Día 4. Cuando dejamos de fingir que no nos amábamos. Barú, abril.”_
Afuera, Cartagena brillaba. Sin aguacero. Sin ultimátums.
Solo con diez días que se volvieron una vida.
Y con todos los lunares contados.
*FIN.* ✨🌊
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GRACIAS A TODOS MIS QUERIDOS LECTORES POR LEER MI SEGUNDO LIBRO ME LLENA DE ALEGRÍA