Aunque ya sepas lo que siento, aun así no sabes por qué no te lo digo; como la espina intuye el olor a sangre, hay un miedo que me ata la lengua, cual nudo de sombras que se forma en la garganta. Temo que, al decírtelo, ya no tenga nada más que darte.
Aunque ya sepas lo que siento, ignoras que cada silencio mío es una carta que escribo en el aire y rompo antes de enviarla; porque el amor, cuando se dice demasiado pronto, a veces se convierte en ceniza antes de ser fuego.
Aunque ya sepas lo que siento, no has visto cómo tiemblan mis manos ni cómo el corazón se me detiene un instante, pensando que si hablo, te pierdo para siempre. Ni avanzar demasiado es bueno, ni rezagarme. Es cuestión de paciencia, de sincronía: esperar que tomes el ritmo de mi paso.