Cuando el amor es verdadero, no teme marcharse. El falso amor se aferra, suplica, mendiga; encadena con lágrimas y promesas. Se queda por miedo, por costumbre, por cobardía. Ese no es amor: es cadena, es tumor. ¿Cómo lo sé? Porque estuve a punto de quedarme cuando me aterraba la idea de no volver a verte.
Cuando el amor es verdadero, no teme marcharse aunque duela. Entra como un rayo: quema, ilumina, destroza; y si ha de irse, se va sin volver la cabeza. Deja tras de sí un vacío que duele como una herida con sal, pero es un vacío sagrado, porque fue habitado por algo gratamente auténtico. ¿Ahora entiendes cuánto sufrí?
El amor que no teme marcharse es el único que ha sido plenamente amor: se dio sin cálculo, se consumó sin reservas, y al partir cambió las cadenas por alas. Por eso duele tanto cuando se va. Porque era real. Porque no fingió eternidad. Porque prefirió la belleza de la llama breve a la tibieza de la lamparilla que nunca se apaga. Y en eso reside el amor verdadero y la inmortalidad del amor eterno.