Ella caminando por un pasillo interminable de un edificio antiguo; él subiendo las mismas escaleras, pero en otro tiempo, otro día. A veces coinciden, pero se evitan por ese miedo que resulta de una atracción muy fuerte. Sus pasos resuenan como ecos que se buscan. Los dos parecen estar bajo el mismo paraguas, pero sin tocarse. Gotas resbalando por el nailon negro. Sus hombros a centímetros, luchando por resistirse.
La lluvia ha parado, pero el aire aún gotea; los carteles parpadean como latidos cansados. Él está de espaldas, mirando por la ventana empañada, cuando piensa estas palabras:
Así como sientes que algo pasa rozando tu piel y miras para todos lados para darte cuenta de que no es nadie más, que ha sido el viento; así quiero que algún día te sientas amada y al ver hacia todos lados te des cuenta de que he sido yo: el aliento que estremece tus labios.
Tú y yo nacimos para conocernos, para gustarnos, para pensarnos de vez en cuando. Nuestros sentimientos nunca fueron lo suficientemente fuertes para amarrarnos, ni tan débiles como para soltarnos; quizás por eso nunca fuimos amantes consumados ni extraños absolutos, sino dos espectros que se miran desde orillas opuestas del mismo río, y se reconocen, y se saludan con una sonrisa triste, y siguen su camino sabiendo que volverán a encontrarse.
Tú y yo nacimos para salir a buscar una tarde de lluvia fina y gustarnos con esa dulzura un poco triste, de un vals que se toca muy bajo en un salón vacío.
Tu amor y el mío nacieron de un relámpago. Tú y yo nacimos para devorarnos. Tú y yo nacimos para no olvidarnos.