CAPÍTULO 74. El rescate de Rozía
Me desperté al sentir que alguien me sacudía del hombro. Después de que Orest se trasladara al castillo, me había recostado en la cama. Después de todo, todos esos acontecimientos me habían dejado exhausta. Hacía fresco, me arropé más con el jubón, que olía a humo y a Orest, y sin darme cuenta, me quedé dormida.
—Marta, despierta, es hora de volver a casa —decía alguien en voz baja pero insistente.
Abrí los ojos y vi a Barmuto inclinado sobre mí, mirándome el rostro con preocupación.
—¡Arsen, qué alegría verte! —exclamé y abracé a mi amigo—. ¿Por qué estás aquí? ¿Cómo estás? ¿Cómo está Rozía?
—Todo está bien —asintió el chico, sonriendo—. Te lo contaré de camino. Me enviaron a buscarte porque, al llegar al castillo, Orest puso a todos en pie, gritando que había que sacarte del Valle de Maronio. Pero estaba tan agotado, mágica y físicamente, que los sanadores le prohibieron venir por ti. Así que me mandaron a mí. Entre que encontraron un carruaje y engancharon a los bestianos, y el viaje en sí, pasó bastante tiempo.
—No importa —tranquilicé a Barmuto—. Al menos he dormido y ahora estoy llena de fuerzas y energía. Aunque… tengo hambre otra vez.
—Orest lo previó —sonrió el chico, tendiéndome una bolsita de la que salía un aroma delicioso—. Vamos, volemos al palacio.
Salimos de la tienda de los sanadores y vi que en la zona de estacionamiento de bestianos había varios carruajes enganchados a esos hermosos animales. En el parque trabajaban algunas personas, limpiaban, barrían por todas partes. Algunos obreros talaban árboles quemados, otros arrastraban sacos de basura y los quemaban en una hoguera pequeña; los magos restauraban los canteros dañados, el empedrado bajo nuestros pies, las columnas destrozadas alrededor de la plaza...
—El rey ordenó que todo fuera puesto en orden —explicó Barmuto ante mi mirada sorprendida.
—¿El rey Fetaní está vivo? —me alegré, apresurándome tras Arsen, que se dirigía hacia un gran carruaje negro.
—Sí, está vivo, sano y ha vuelto al trono. Dijo que se quedará en el poder hasta que en el Valle reine la paz y el orden.
—¿Y…? —me atraganté, pues pronunciar ese nombre odioso me resultaba desagradable—. ¿Y Zoria?
—Ella está ahora en prisión con Jerlon. Sube, te lo contaré todo —Arsen me tendió la mano y me ayudó a subir al carruaje.
Allí me ofreció una gran manta de cuadros, cálida y acogedora. Aunque ya era bien entrada la mañana y el sol comenzaba a calentar, me envolví en ella con gusto. Sacando un pastelillo de la bolsa, empecé a comerlo con placer y a interrogar a Barmuto sobre todo lo que me interesaba.
—Cuéntame, ¿cómo está Rozía? —fue lo primero que pregunté.
Barmuto sonrió y empezó a contarme.
Resulta que, después de haberse transformado en dragón, voló rápidamente hacia Umbra.
—Mi conciencia seguía conmigo, ¿te imaginas? —contaba el chico con alegría—. ¡Seguía siendo el mismo Arsen, pero en cuerpo de dragón! ¡Fue increíble! Mi padre decía que a los dragones a menudo les lleva mucho tiempo darse cuenta de que se han convertido en bestias. Cuando sentí que me estaba transformando, el pensamiento de Rozí, de que debía salvarla a toda costa, brillaba en mi cabeza como un faro. ¡Tenía que salvarla sí o sí! Tal vez por eso conservé la lucidez incluso en forma de dragón.
—¿Y los rebeldes? En el castillo también podría haber habido seguidores de Zoria —me alarmé.
—Aterricé en la plaza frente al castillo y me transformé de nuevo en humano. Cogí a Rozí en brazos y corrí hacia el palacio. Por alguna razón, en ese momento ni siquiera pensé en los rebeldes. No había guardias en la entrada del recinto. Pero eso tampoco me hizo sospechar. Y justo al acercarme a la entrada, oí gritos y el choque de espadas. ¡Estaba ocurriendo un enfrentamiento armado dentro del palacio!
—¡Ay! —me tapé la boca con la mano, asustada—. ¿Y qué hiciste?
—Lo primero era salvar a mi Rozía. Así que corrí hacia la entrada trasera. Gracias a los dioses, en ese pasillo reinaba el silencio. Caminaba pensando: ¿dónde podría encontrar un espejo cualquiera? Y de repente, de una habitación salieron corriendo dos chicas asustadas, con maletas y vestidas como sirvientas. Eran Janía y Malía. Al principio se asustaron mucho, pensaron que yo era uno de los rebeldes. Pero al ver a Rozía en mis brazos, soltaron un grito ahogado y corrieron a ayudar. En la habitación de Janía había un gran espejo.
—Sí, todos los habitantes del Valle tienen espejos —asentí—. ¿Y qué pasó después?
—Senté a Rozía en un sillón y lo coloqué frente al espejo, de forma que pudiera verse entera. Tenía mucho miedo de no haber llegado a tiempo. Pero Rozí respiraba, apenas, pero respiraba.
—¿Y...? —pregunté mirando a Barmuto con tensión.
—¡Y no pasó nada! —sacudió la cabeza con pesar, reviviendo aquel instante de desesperanza—. Las chicas empezaron a sollozar, mirando el rostro agotado de Rozí. No me preguntaron nada, probablemente entendiendo que algo muy malo estaba ocurriendo. Aunque me miraban sorprendidas y con curiosidad, porque aún no me habían visto sin máscara.
—¿Y qué fue de Rozía? ¿Cómo la salvaste? ¿O acaso…? No, ¡no me digas que murió! —me atraganté con esa palabra terrible.
Editado: 14.08.2025