Lucas
“¿Dónde estás”
“Lucas si quieres conservar tu herencia más te vale que vengas inmediatamente”
—¡Joder, déjenme dormir! —murmuro, atrapado entre las sábanas, mientras mi celular vibra sobre la mesa de noche como si tuviera vida propia.
“Lucas, no es broma. Si no apareces en diez minutos en la oficina, puedes considerarte desheredado”
Una nueva notificación en mi celular hace que la poca paciencia que me queda se esfume. Con un movimiento brusco, agarro el insoportable aparato y lo miro con desagrado.
—Si esto no es algo importante, se las verán conmigo —murmuro, con la baba cayendo por la comisura de mis labios.
Con los ojos entre abiertos, alcanzo a leer el contenido de unos mensajes y en cuestión de segundos, mi expresión cambia radicalmente. Ante las circunstancias, salgo de la cama disparado.
Sin perder un segundo, me quito la camiseta de dormir y me pongo la primera camisa blanca que encuentro en el armario. Mientras la abotono, busco frenéticamente mi corbata en el cajón de la mesita de noche. La encuentro y, con torpeza, la ajusto alrededor de mi cuello, intentando que no parezca un desastre.
Con un movimiento ágil, me pongo un pantalón oscuro que encuentro tirado sobre uno de los muebles. Sin tiempo para preocuparme por los detalles, me calzo los zapatos y salgo disparado hacia la puerta.
Antes de salir, me detengo un segundo frente al espejo, tratando de aplacar mi cabello desaliñado. Con un último vistazo a mi reflejo, agarro mi maletín y salgo corriendo hacia mi auto.
Una vez dentro, arranco y acelero, ignorando todas las luces rojas que se cruzan en mi camino.
—¡Santo Dios!, que nadie se cruce en mi camino! —rezo, implorando que no ocurra un accidente. La idea de perder mi herencia me pone aún más nervioso; sé que mi madre cumpliría su amenaza si no llego a tiempo.
Después de un viaje alocado, entro en la agencia a pasos agigantados. Una sonrisa nerviosa es el único saludo que ofrezco a los empleados que me observan con curiosidad.
Sin dar explicaciones, irrumpo en la oficina de mi madre.
—¿Interrumpo? —pregunto con una sonrisa forzada.
Ante mi estruendosa entrada, mi madre despide a un hombre delgado que estaba en la oficina con un gesto sutil y dejándonos a solas.
—¿A estas horas llegas? —me recrimina mientras señala el reloj con una mirada fulminante.
—Ma-madre, juro que todo tiene una explicación —me excuso torpemente.
—Lucas, ya no eres aquel niño que buscaba justificaciones para no hacer la tarea —me responde, pasando su mano por su cabello con frustración—. Es hora de que empieces a tomarte las cosas en serio.
—Tienes razón, madre. Perdón —afirmo, bajando la mirada avergonzado.
—Esta es tu última oportunidad para hacer las cosas bien —me advierte, su mirada fija en mis ojos—. Si la desaprovechas, dile adiós a los privilegios y buscaré a alguien más para que se encargue de la empresa cuando me retire.
—Te prometo que no dejaré pasar esta oportunidad —aseguro en un acto desesperado por conservar mi herencia, aunque no estoy seguro de poder cumplir mi promesa.
—Eso espero, Lucas, eso espero —su voz suena agotada—. Ven, vamos; quiero presentarte a tus nuevos compañeros de trabajo.
Mi madre comienza a desplazarse por el lugar, y yo la sigo, intentando ser cordial con todo el personal. Su actitud es comprensible; he perdido más de tres empleos en el último año y me cuesta tomarme en serio el ser un empleado de oficina.
A pesar de ser el heredero de la agencia, mi madre insiste en que trabaje como cualquier otro empleado.
Ella quiere que me esfuerce y me gane mi puesto, pero la verdad es que estos lugares me ahogan. Mi verdadera pasión es la fotografía, y por eso me cuesta tanto estar atrapado en interminables juntas y proyectos aburridos.
Prefiero sentir la brisa en la cima de un edificio mientras busco el ángulo perfecto de una puesta de sol sobre el paisaje urbano. Pero también reconozco el esfuerzo que mi madre ha puesto en hacer crecer la agencia, y aunque a veces parece dura, solo intenta guiarme por lo que ella considera “el buen camino”.
La sigo hasta un pequeño espacio donde cuatro escritorios desbordantes de papeles se agrupan. Tres chicas charlan relajadas, mientras dos de ellas parecen ocupadas en el trabajo. El cuarto escritorio permanece vacío.
—Lina no ha querido contar nada sobre sus vacaciones —murmura una de las chicas, mordisqueando distraídamente la parte trasera de su bolígrafo—. Estoy segura de que oculta algo.
—Veo que están muy ocupadas —interrumpe mi madre con firmeza—. Si trabajaran tanto como hablan, no tendrían retrasos en los proyectos —añade, visiblemente enfadada.
—Je-jefa, no la sentimos llegar —responde otra chica, apresurándose hacia su desordenado escritorio.
—Les presento a su nuevo compañero de trabajo —anuncia mi madre, señalándome con orgullo—. A partir de ahora, él formará parte del equipo.
En ese momento, una chica irrumpe en la oficina, y no puedo evitar fijar mis ojos en ella. Es la misma chica que me salvó de ahogarme aquella noche en la playa.
—Chicas, si hubieran visto la cara de la je.... —dice animada sin notar aún nuestra presencia. La seña de otra de las chicas la hace darse cuenta de lo que pasa.
—Jefa, no sabía que estaba aquí... —susurra nerviosa, rascándose la nuca mientras sus ojos se centran en mi madre, ignorando por completo mi presencia.
—Lina, te veo muy animada hoy —dice mi madre con ironía—. Espero que con ese mismo ánimo me entregues al final del día la propuesta lista para presentársela al cliente —añade con tono tajante. La chica parece aún más nerviosa.
—Ahí estará, señora Mila, sin falta —responde Lina, balanceándose sobre sus talones.
—Ah, por cierto —mi madre hace una breve pausa—. Les decía a las demás que este es Lucas, mi hijo y su nuevo compañero de trabajo —su voz destila orgullo—. A partir de ahora él será parte del equipo.
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Editado: 07.04.2026