Alan no estaba nervioso. O al menos, no lo suficiente como para demostrarlo.
Cambiar de ciudad por el trabajo de su padre ya era costumbre. Pero pasar de Barcelona a Madrid se sentía diferente. Quizás porque esta vez era más mayor. O porque, aunque ya sabía lo que era empezar de cero, nunca terminaba de acostumbrarse.
Entró en clase sin prisa, con la mochila colgada de un hombro. La mayoría de los sitios ya estaban ocupados, pero nadie pareció notarlo. Alguna que otra mirada fugaz, poco más. Escaneó la clase rápido y vio un sitio libre al fondo. Perfecto.
Se dejó caer en la silla y soltó la mochila en el suelo sin sacarse nada. Delante, una chica garabateaba en su cuaderno con la cabeza apoyada en una mano. Mirando alrededor, vio a un chico que estaba medio tumbado en la mesa, capucha puesta, como si estuviera a punto de echarse una siesta.
El murmullo de la clase bajó un poco cuando la puerta se abrió de nuevo.
Otro chico entró sin prisa, manos en los bolsillos y un chándal Nike que le colgaba un poco. La sudadera medio desabrochada, los pantalones algo caídos, dejando ver la cinturilla oscura de sus bóxers y con un pendiente en la oreja izquierda. Se quedó un momento mirando alrededor, pero fue directo al sitio libre junto a Alan.
Se dejó caer en la silla y tiró la mochila al suelo sin miramientos. Sacó el móvil y empezó a deslizar con el pulgar.
El Tutor llegó poco después. Cuarenta y tantos, gafas y cara de que la mañana se le estaba haciendo demasiado larga. Soltó una carpeta en la mesa y se ajustó las gafas redondas y grandes con un suspiro.
—Buenos días —dijo sin mucho entusiasmo—. Bienvenidos a un nuevo curso. Mi nombre es Antonio.
Algunos respondieron con desgana, otros ni eso.
—Vamos a hacer una pequeña presentación. Solo nombre, de dónde venís y algo que os guste. Rápido y sin dramas. Empezamos por la primera fila.
Alan suspiró por dentro. Odiaba estas cosas.
Uno a uno, fueron diciendo sus nombres sin muchas ganas. Cuando le tocó, sintió algunas miradas sobre él.
—Soy Alan, vengo de Barcelona y... no sé, me gusta escuchar música.
El profesor asintió y pasó al siguiente. Alan se hundió un poco más en su asiento.
El chico de al lado habló sin despegar los ojos del móvil.
—Adam. Soy de aquí, de Madrid. Y... me gusta salir con mis amigos, supongo.
Alan lo miró de reojo. Volvió la vista al frente.
El profesor terminó con las presentaciones y empezó a explicar cómo iba a ir la asignatura. Alan desconectó a la mitad. Siempre era lo mismo.
El timbre sonó una hora después.
Adam se levantó al instante, móvil al bolsillo y mochila al hombro. Salió con la misma calma con la que había entrado. Alan tardó un poco más en recoger sus cosas.
Alan llegó a su taquilla y metió la llave sin pensar demasiado. Giró hasta el clic, pero la puerta no se abrió. Probó de nuevo. Nada.
—Esa es la mía.
La voz a su lado sonó tranquila, con un deje de diversión. Alan levantó la vista. Adam lo miraba con una ceja ligeramente levantada, apoyado contra la taquilla de al lado con una mano en el bolsillo.
—Ah. Perdón.
Alan retiró la mano del cerrojo sin decir nada más y se movió un paso a la derecha. Esta vez, la llave encajó sin problema.
A su lado, Adam abrió su taquilla y sacó un libro sin prisa. Dejó escapar un leve resoplido, como si le hubiera hecho gracia la confusión.
Adam cerró su taquilla con un golpe seco y se colgó la mochila al hombro, comenzando a caminar hacia clase.
Alan lo observó brevemente mientras se alejaba. Luego, cerró su taquilla con cuidado y, con un suspiro, tomó el mismo camino.
Las clases siguieron igual. Profesores explicando normas, algunos tomando apuntes por inercia, otros desconectando. Alan estaba entre los segundos.
Cuando sonó el timbre final, guardó sus cosas y salió con la misma calma con la que había llegado.
El pasillo se llenó de estudiantes. Grupos charlando, gente saliendo sola. Alan cruzó la puerta y tomó el camino a casa.
El aire de la calle era fresco, pero algo en el ambiente se sentía distinto. No sabría decir qué. Solo que, a medida que avanzaba, una sensación extraña le empezó a recorrer la espalda.
Aceleró el paso.
Entonces lo notó.
Unas pisadas. Constantes. Demasiado cerca.
Tragó saliva y siguió andando, resistiéndose a mirar atrás. Tal vez solo era casualidad. Tal vez...
Justo cuando iba a girar la esquina, una mano lo agarró del brazo.