Alan Se giró rápidamente y vio a Adam, algo agitado, como si hubiera corrido un poco para alcanzarlo.
—Oye, te has dejado el estuche en la mesa —le dijo, señalando con la cabeza hacia atrás.
— ¿En serio? Soy un desastre, gracias, dijo Alan, sonriendo levemente mientras tomaba el estuche.
Adam asintió, sin dar demasiada importancia al asunto.
—Nada, tío. Nos vemos. —Adam se dio media vuelta, dirigiéndose de camino a su casa.
Alan se quedó unos segundos allí, con la mano en el brazo, mirando cómo se alejaba. Luego, suspiró y, sin darle más vueltas, siguió su camino.
Un par de calles, semáforos, ruido de coches. Al poco rato, ya estaba sacando las llaves de su piso nuevo.
—Ya estoy en casa —dijo, dejando la mochila en una silla.
Desde la cocina, su madre asomó la cabeza con una sonrisa.
—¿Qué tal el primer día?
—Bien —respondió sin emoción, mientras sacaba una botella de agua de la nevera.
—¿Aburrido?
Bebió un poco antes de contestar.
—Como siempre.
Su madre rió un poco.
—¿Y qué? ¿Has conocido a alguien?
Se encogió de hombros.
—Es el primer día, tampoco te emociones.
—Yo a tu edad, el primer día ya tenia mi grupito.
—Tuviste suerte mamá.
Alan se llevó la botella a su cuarto y se dejó caer en la cama, mirando al techo. Se quedó un rato pensando en Adam, recordando lo que había pasado poco antes. Suspiró, pasándose una mano por el rostro antes de girarse y sentarse en la orilla de la cama. Se levantó con lentitud y caminó hacia su escritorio, donde tenía el horario que el tutor les había entregado aquel mismo día. Se dejó caer en la silla y lo observó con detenimiento.
El martes, a primera hora, tenía Latín. Tres horas seguidas con la profesora Marcelina. Solo de pensarlo, sintió un escalofrío. Cerró los ojos y suspiró. Sabía que aquel año no sería fácil.
La alarma sonó temprano. Alan se despertó, le dió un manotazo al movil y se quedó un par de minutos más en la cama antes de levantarse. Se vistió sin mucha prisa, se lavó los dientes y se peinó un poco antes de salir de su casa. Su madre dormía, y su padre ya estaba en el trabajo, así que se marchó solo hacia el instituto.
El camino se le hizo largo, bostezando de vez en cuando, arrastrando los pies con pereza. Al llegar, vio a sus compañeros agrupados en pequeños grupos, charlando animadamente. Entró en clase y se sentó en su sitio. Poco a poco, los demás fueron llegando. Algunos se reían entre ellos, otros hablaban a voces. Alan observó todo en silencio.
Fue entonces cuando se fijó en una pareja que hablaba en voz baja, bastante cerca el uno del otro. No los conocía aún. También, de repente, vio a un chico subirse a una silla encima de una mesa para hacerse el chulo, mientras una chica le gritaba:
—Nene, te vas a dar una ostia que te vas a enterar
—¡Cállate guarra, que tú no me mandas —respondió el chico vacilando
(Se oían gritos de discusión de fondo, difuminándose entre el murmullo de la clase).
Alan suspiró. La clase no había hecho más que empezar y ya se notaba el caos.
Finalmente, entró la profesora Marcelina. Con sus gafas mal acomodadas en la nariz y su tono impaciente, chistó varias veces hasta que la clase quedó en un relativo silencio.
—Buenos días. Soy la profesora de Latín. Voy a pasar lista. Decís "presente" cuando os nombre. ¿Entendido?
Algunos murmuraron afirmativamente. La profesora comenzó.
—Abby.
—Presentee
—Adam.
El aula quedó en silencio.
—¿No ha venido?
De repente, la puerta se abrió de golpe.
—Perdón, llego tarde —dijo Adam, algo agitado, mientras se dirigía a su asiento.
—Hay que venir a la hora, Adam.
—Alan.
—Presente.
—Alex.
—Axel, profesora... —corrigió el chico, algo incómodo.
—Ah, perdón, Axel, eres tú, ¿no?
—Sí, sí, soy yo.
La lista continuó. Cuando llegó a Iván, este gritó un fuerte:
—¡¡¡PRESENTE!!!
La profesora pegó un salto.
—¡Pero bueno! ¡Habla más flojo! ¡Que hay gente dando clase!
—Sí, claro, como si el segundo día de clase fuera tan importante —se burló Iván, riendo para sí mismo.
Después llegó el turno de Karina.
—Karina.
—Aquí, aquí, aquí —respondió desganada.
—¿He dicho que digáis "presente"?
—Ah, pues... presente, qué sé yo, qué quiere que te diga —respondió con burla.
—Mario.
—Presente.
—Marina.
—María, profe, María.
—Uy, perdón, es que tengo las gafas empañadas.
—Nataly.
—¡Presente Profe!
—Raúl.
—Presente —murmura, casi en un susurro.
—¿Raúl?
—¡Habla más alto, Raulito, hijo, que me voy a tener que poner un sonotone! —Gritó Iván riéndose.
Toda la clase estalló en carcajadas.
Raúl bajó la mirada y se hundió un poco más en su asiento. No le gustaba llamar la atención, y mucho menos cuando toda la clase se reía. Prefería ser invisible, aunque, en momentos como ese, parecía imposible.
—Tú, el graciosillo, ¿cómo te llamabas? —preguntó Marcelina.
—Pero si acabas de pasar lista —soltó Iván entre risas.
—Sí, habré pasado lista, pero tengo que aprenderme el nombre de más de cien alumnos en este centro.
—¿Y a mí qué? —dijo Iván, chuleándose.
Cuando llegó el turno de Ryan, la profesora dijo con seguridad:
—Bryan.
Toda la clase estalló en risas. Ryan suspiró, cruzándose de brazos.
—Dios, chiquillo, siempre se confunden. Todos los profesores igual.
—¿Cómo es, cómo es? —preguntó la profesora, entrecerrando los ojos.
—Ryan —resopló el chico.
—Ah, vale, perdón, es que hoy no veo nada.
—Sandra.
—Es Sasha, pero bueno —dijo la chica con un tono resignado.
—Ay, de verdad, que no veo nada hoy...
—Tommy
—Presente
Siguió pasando lista hasta que llegó el turno de Yurena, pero leyó:
—Lorena.
—¿¡Pero qué Lorena ni qué Lorena!? ¡Tú estás flipada! —exclamó Yurena, ofendida.