Hace 7 años.
Adam tenía solo 10 años. Estaba en cuarto de primaria.
Era la hora del recreo, y como siempre, caminaba en silencio hacia el patio, con los hombros caídos y la mirada pegada al suelo.
—¡Mira quién viene! —gritó una voz desde el fondo.
—¡El puto maricón ese! —añadió otro entre risas.
Adam ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Una mano lo empujó con fuerza desde atrás y cayó de rodillas al suelo, raspándose las palmas.
—¡Vete a tu casa, enfermo! —le escupieron.
Se quedó quieto, con la vista fija en el polvo del suelo. No lloraba aún. Solo... aguantaba. Como siempre.
Pero cuando consiguió levantarse, en lugar de seguir hacia el patio, se dio media vuelta y se metió al baño. Empujó la puerta del último cubículo, cerró el pestillo y se sentó en el suelo, encogido, abrazándose las piernas.
Allí se quedó todo el recreo, respirando fuerte, tragándose las lágrimas. Hasta que el timbre sonó.
Al salir de clase, Adam caminó solo hasta su casa. Siempre solo. Siempre en silencio.
Subió las escaleras con la mochila colgando del hombro y las zapatillas sucias. Cuando metió la llave en la cerradura, lo primero que escuchó fue el grito de su madre.
—¡¿Qué me ha dicho tu profesora?! ¡¿Que has suspendido matemáticas otra vez?! —La mujer apareció en la puerta de la cocina, con el ceño fruncido y una cuchara de madera en la mano—. ¡¿Tú eres subnormal o te lo haces?!
Adam no respondió. No se atrevía.
—¡Contéstame! —le soltó una bofetada con tanta fuerza que Adam cayó al suelo.
—Lo siento... —murmuró, con voz temblorosa.
—¡Te vas a poner las pilas pero ya, niño de mierda!
Entonces, su padre apareció en el pasillo.
—Ven aquí, Adam.
Adam se levantó despacio, temblando. El hombre lo agarró del brazo y lo arrastró al dormitorio.
—Esto te pasa por no saber hacer nada. —Abrió un cajón, sacó un cinturón de cuero negro y sin decir más, empezó a golpear.
Adam gritó, lloró, pidió que parara. Pero no paró.
Horas después, Adam estaba en su cuarto. Sentado en una esquina, abrazado a sus rodillas, con la cara roja y los ojos hinchados. Miraba al vacío. No había fuerza para llorar más.
Solo... silencio.
Días después.
Adam subió a la azotea del edificio. El cielo estaba nublado. Caminó hasta el borde y miró hacia abajo.
El mundo parecía muy lejos. Muy pequeño. Muy tranquilo.
Apoyó las manos en la barandilla, sin saber exactamente qué iba a hacer. O tal vez sí lo sabía. No lo tenía claro. Solo sabía que dolía demasiado.
—¿Qué haces aquí, chaval? —preguntó una voz a su espalda.
Adam se giró bruscamente. Un hombre mayor, con una gorra azul y uniforme gris, lo miraba con el ceño fruncido. Era el conserje del edificio.
—¿Te querías tirar o qué? —dijo, sin rodeos, aunque con tono más curioso que acusador.
—No... solo estoy despejándome un poco —murmuró Adam, sin mirarle.
El hombre no insistió. Se sentó en un banco metálico, cerca, y sacó un cigarro, lo encendió y empezó a fumar.
—¿Sabes? A veces yo también vengo aquí a respirar. El mundo se ve diferente desde arriba.
Adam lo miró de reojo, desconfiado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre.
—Adam.
—Encantado, Adam. Yo soy Simón.
Simon empezó a contarle su vida. Al día siguiente, Adam volvió a subir. Y al siguiente. Y al otro.
Simón siempre estaba allí, arreglando algo, barriendo, o simplemente descansando. Y poco a poco, Adam empezó a hablar. Primero una frase. Luego una historia. Luego todo.
Le contaba lo del cole. Lo de los empujones. Lo de los insultos. Lo de los gritos en casa. Lo del cinturón.
Simón lo escuchaba sin interrumpir.
—No estás solo, chaval —le decía a veces—. Aunque lo parezca, siempre hay alguien que te ve. Que te quiere ver bien.
Adam no respondía, pero por dentro, algo cambiaba.
Pasaron los meses, y aunque en casa todo seguía igual, Adam salía de vez en cuando con una sonrisa pequeña, casi invisible. Pero real.
Simón se convirtió en su única razón para seguir.
No era un psicólogo. No era un salvador. Era solo un hombre con un gorro azul... que lo trataba con respeto.
Y eso era suficiente para seguir un día más.
......
Adam recordaba todo eso mientras estaba sentado en su cama, siete años después, con la mirada clavada en la pared.
El tiempo había pasado, sí. Pero las heridas seguían ahí, intactas. Invisibles por fuera, pero abiertas por dentro.
Muchas veces se preguntaba cómo habría terminado si Simón no hubiera aparecido aquel día en la azotea.
Tal vez ya no estaría aquí. Tal vez habría sido uno de esos nombres que solo se recuerdan en silencio, con culpa.
Pero no fue así.
Gracias a él, conoció lo que era sentirse escuchado, aunque fuera solo por un rato.
Gracias a él, supo que no todas las personas eran crueles.
Y sin embargo, hoy, después de todo lo que había pasado en clase, después de la mierda que soltó en el recreo, después de ver la cara de Alan al marcharse... sentía que volvía a tener diez años. Solo. Roto. Y lleno de rabia contra sí mismo.
Se tumbó en la cama y se tapó la cara con las manos.
—¿Por qué siempre la cago...? —susurró entre dientes.
Sabía que lo que dijo fue horrible. Que no lo pensaba. Que solo fue una reacción, un intento estúpido de protegerse, de no quedar expuesto. Pero ya era tarde.
"¿Te imaginas? Solo de pensarlo me dan ganas de suicidarme..."
Esas palabras seguían resonando en su cabeza como una bomba maldita.
Y dolían. No solo por lo que dijo, sino porque sabía que, sin querer, había herido a la única persona que no lo juzgó desde el principio.
Alan.