Sasha entró en la sala de interrogatorios de la comisaría, todavía con el nudo en el estómago del día anterior. La luz fría de la habitación y el silencio casi total le daban escalofríos. Se sentó frente a la mesa metálica, apoyando los brazos, intentando controlar la respiración.
Un oficial cerró la puerta detrás de ella.
—Bien —dijo la agente que la había interrogado antes—. Vamos a repasar todo de nuevo. Necesitamos que seas clara sobre tus movimientos con Yurena.
Sasha asintió, tensa. Contó lo que ya había dicho: que fue al hospital solo para disculparse, que Yurena estaba inconsciente y que se marchó sin mediar palabra.
Mientras hablaban, un policía entró de golpe, con el móvil en la mano.
—Tenemos un aviso. Una vecina ha llamado para informar que ha visto a Yurena en la calle Río Sorbe, con las vías todavía puestas. Parece que iba caminando sola.
Sasha parpadeó, desconcertada.
—¿Qué...? —murmuró—. ¿Cómo es posible?
—No sabemos qué hacía allí —continuó el policía—. Vamos a enviar un coche. Necesitamos que nos acompañe, por si podemos localizarla antes de que corra algún riesgo.
Sasha tragó saliva. Todo su cuerpo se tensó.
—Vamos —dijo la agente—. Rápido, antes de que la perdamos.
En el coche policial, el corazón le golpeaba en el pecho. Mientras se acercaban a Río Sorbe, vio algo que le heló la sangre: Yurena estaba frente a un portal, levantando la mano en un gesto de despedida. Y justo detrás, una puerta se cerraba lentamente. Sasha no dudó ni un segundo: era la casa de Raúl.
—¡Ahí está! —exclamó la policía—. Deténgase.
El coche se acercó con cuidado. Los agentes bajaron del vehículo y se aproximaron a Yurena con cautela.
—Señora —dijo uno de los policías con firmeza—. ¿Está usted bien? Debería de estar en el hospital.
Yurena se giró, los miró con aire chulesco y levantó las manos:
—¡Hey, hey! Como que señora, asqueroso, que estoy en bachillerato. Y un poco de espacio, que dais calor, cojones —gritó con su tono característico, como si nada le importara.
Los policías intercambiaron miradas, desconcertados. Yurena, con paso firme, caminó hacia Sasha, quitándose las vías sin esfuerzo aparente, y al llegar a su lado, le susurró con un brillo extraño en los ojos:
—Yo ya he expiado mis pecados.
Y antes de que Sasha pudiera reaccionar, Yurena se alejó, desapareciendo entre las sombras de la calle.
Sasha, aún en shock, observó la puerta de Raúl. La casa estaba silenciosa, pero en su interior se había desarrollado algo que ella no conocía. Su mente daba vueltas, intentando procesar la escena.
—Perdona, "¿Puedo irme ya? —preguntó finalmente a los policías.
—Sí —dijo uno de ellos—. Tienes vía libre, ella a dicho que está bien, supongo.
Al día siguiente
Sasha entró al instituto todavía con la cabeza llena de preguntas. No había dejado de pensar en lo que había pasado la noche anterior: Yurena caminando por la calle con las vías puestas, su frase extraña... y la casa de Raúl.
Nada tenía sentido.
Caminó por el pasillo hasta que vio a Raúl en su taquilla, sacando los libros para la siguiente clase.
Sasha se acercó.
—Oye, Raúl... ¿podemos hablar?
Raúl levantó la mirada y suspiró un poco.
—Sí... es por lo de ayer, ¿verdad?
—Sí —respondió Sasha—. No te voy a mentir. ¿Qué hacía Yurena allí?
Raúl dudó unos segundos.
—Pues...
Flashback
Toc, toc.
Raúl abrió la puerta de su casa.
Se quedó congelado.
Yurena estaba apoyada en el marco de la puerta, con una mano contra la pared. Aún llevaba las vías del hospital puestas en el brazo.
El corazón de Raúl empezó a latirle a mil.
—Pero tú... ¿qué haces aquí? ¿En mi casa? ¿Has venido a hacerme al—
—Eh, chamo, escúchame —lo interrumpió Yurena levantando la mano.
Raúl se calló.
Yurena suspiró y lo miró con cierta incomodidad.
—He venido aquí para pedirte perdón. Por muy cursi que suene.
Raúl se quedó completamente quieto.
—Que conste que yo no me arrepiento de cómo soy, ¿vale? —continuó Yurena—. Si a mí me tocan el coño yo me cago en su puta madre mil veces.
Se encogió de hombros.
—Pero tú no me has hecho nada. Y lo que te hice el otro día... estuvo mal.
Raúl seguía sin reaccionar.
—Así que bueno... eso. Que si no venía a decirlo no me quedaba tranquila conmigo misma, ¿sabes?
Raúl se quedó en silencio absoluto.
Modo "ª" total.
Yurena dio un paso atrás.
—Bueno, pues eso... adiós, ¿eh?
Le hizo un gesto con la mano.
—Y si alguno de esos se mete contigo, pues ya tendrás a esos pa defenderte. Yo ya tengo bastante con lo mío.
Empezó a alejarse.
—¡Adioooos!
Le levantó la mano despidiéndose.
Y justo en ese momento apareció el coche de policía en la calle.
Presente
Sasha estaba completamente boquiabierta.
—¿QUÉ? —dijo—. ¿Que se disculpó?
Raúl se encogió de hombros.
—Sí.
Sasha negó con la cabeza.
—Yurena... ¿pidiendo perdón? Eso es poco creíble. La conozco poco, pero después de cómo actuó el otro día...
Raúl suspiró.
—Mira, a mí la verdad me da igual. Mientras no me hagan nada... yo soy feliz.
Entraron en clase.
Cada uno fue a su sitio.
Poco después, Yurena entró al aula como si nada hubiera pasado y se sentó en su mesa.
El profesor levantó la vista.
—Hombre, Yurena. ¿Estás mejor?
—Que sí, que sí —respondió ella sin ganas—. Empiece la clase ya y déjese de ñoñerías.
En ese momento la puerta volvió a abrirse.
Iván entró al aula.
Miró a Yurena con una cara de asco tremenda.
Yurena lo miró de vuelta.
—¿Qué miras, asqueroso?
Iván chasqueó la lengua.
—Cállate.
Y fue a su sitio.
El profesor suspiró.