Dímelo a la cara

Capítulo 12: Miedo

El día terminó con una sensación rara en el ambiente. No era solo el cansancio de las clases ni todo lo que había pasado en tan poco tiempo, era algo más, como si sin darse cuenta todos estuvieran entrando en una etapa distinta. Al salir del instituto, el grupo —Nataly, Abby, Sasha y Alan— caminaba junto, en silencio al principio, todavía procesando la idea de que Raúl se iba. No era justo. Apenas lo habían conocido, y aun así dolía.

—Oye... —dijo Abby de repente, rompiendo el silencio— ¿y si le hacemos algo antes de que se vaya?

Los demás la miraron, saliendo un poco de sus pensamientos.

—¿El qué? —preguntó Sasha.

—No sé... una despedida. Algo nuestro. Una noche de pelis o una fiesta en casa de alguien... para que se vaya con un buen recuerdo.

Nataly asintió despacio.

—Me gusta. Después de todo lo que ha pasado... se lo merece.

—Sí —añadió Sasha—, al menos que se vaya sabiendo que no todo el mundo aquí es una mierda.

Alan no dijo nada al principio, pero una pequeña sonrisa se le escapó sin querer.

—Vale —continuó Abby, sacando el móvil—, hago un grupo y lo organizamos.

En cuestión de segundos ya tenían un grupo de Instagram creado. Todo rápido, natural, como si ese pequeño gesto confirmara que, de alguna forma, ya eran un grupo de verdad.

—Luego vemos en qué casa y todo eso —dijo Nataly—, pero lo hacemos sí o sí.

—Y tú... —añadió Sasha mirando a Alan con una media sonrisa—, mucha suerte con lo tuyo.

Alan frunció el ceño.

—¿Lo mío?

—Sí, Adam —dijo Abby directamente—. Háblale.

Alan notó cómo se le calentaban un poco las mejillas.

—Ya... veré.

—"Ya veré" no —insistió Sasha—. Hazlo.

Nataly se encogió de hombros.

—Yo pasaría, la verdad.

Alan bajó la mirada.

—No sé... ya veré.

Siguieron caminando un poco más hasta separarse. Alan continuó solo, con la mochila colgando del hombro y la cabeza llena de pensamientos. Al pasar junto a un parque, un golden retriever se le acercó moviendo la cola, y Alan no pudo evitar agacharse para acariciarlo.

—Hola, guapo...

Sonrió levemente y siguió su camino.

Al llegar a casa, saludó a su madre, comió sin muchas ganas y se encerró en su habitación. Se dejó caer en la cama, boca arriba, mirando el techo.

—Bueno... pues aquí estoy...

El tiempo pasó entre intentos de distraerse que no llevaban a nada. Móvil, deberes, serie... nada funcionaba. Hasta que se quedó sin excusas.

Se dejó caer en el puff, abrió Instagram y entró al chat de Adam. Se quedó mirando la pantalla unos segundos antes de empezar a escribir.

"Hola..."
Borrar.

"Hey..."
Borrar.

"Oye, perdón..."
Borrar.

—Joder... que no es para tanto...

Respiró hondo y escribió de una vez:

Alan: Hey... ¿estás bien? El otro día creo que no debí irme así cuando te sentaste conmigo. No sabía qué querías decirme... pero estuvo feo por mi parte.

Dudó unos segundos... y lo envió. Bloqueó el móvil al instante.

Adam lo abrió casi al momento.

Estaba en su cama, con su perro salchicha a su lado. Al ver el mensaje, se incorporó de golpe y lo leyó varias veces. Una pequeña sonrisa apareció en su cara, pero no duró mucho. Empezó a escribir, borró, volvió a escribir... hasta que finalmente respondió:

Adam: No te preocupes... creo que yo me pasé más. Lo siento por lo que dije. Me gustaría hablar contigo en persona... es un poco largo de explicar por aquí. Y... bueno, perdón de verdad.

Alan leyó el mensaje con el corazón acelerado y respondió casi al instante:

Alan: Vale... ¿dónde quieres quedar?

Adam se quedó unos segundos pensando antes de contestar:

Adam: ¿Te gustaría ir a un parque o algo?

Alan: Sí, claro. ¿Cuál?

Adam: Hay uno cerca de la calle Alcalá, por el metro...

Alan: Ah, sí, sé cuál dices. Me pilla cerca.

Adam: ¿A las 8 te viene bien?

Alan: Sí, perfecto.

Adam: Vale.

La conversación terminó ahí, pero la tensión no. Esa hora empezó a pesar más de lo normal.

Durante la siguiente hora, ambos hicieron lo mismo sin saberlo: cambiarse de ropa, mirarse al espejo, peinarse, despeinarse, intentar calmar unos nervios que no se iban.

—Mamá, salgo un rato —dijo Alan.

—¿Dónde? —preguntó ella.

—He quedado con unos amigos.

Adam salió sin decir nada. Su madre apenas levantó la vista.

El parque estaba tranquilo cuando Alan llegó. Se sentó en un banco, mirando a su alrededor. Pasaron unos minutos. Nadie aparecía. Miró el móvil.

20:05.

Suspiró y escribió:

Alan: ¿Por dónde vienes?

Adam ya estaba allí.

Desde antes.

Detrás de un árbol, observándolo en silencio con el móvil en la mano. Sabía que tenía que salir, sabía que tenía que ir, pero su cuerpo no respondía. Sentía el pecho apretado, la respiración acelerada y la mente hecha un caos, atrapado entre lo que quería hacer y lo que era capaz de hacer.

Miraba a Alan, luego al suelo, luego otra vez a Alan, sin moverse, como si cualquier paso fuese demasiado.

Y entonces apareció ese recuerdo.

Simón, apoyado en la barandilla, fumando con calma.

—Dime una cosa, chaval... ¿qué es peor? ¿caer mil veces... o quedarte quieto por miedo a levantarte?

Adam cerró los ojos un instante, apretó los puños y respiró hondo. Esa frase le golpeó justo donde más dolía. Y esta vez, en lugar de quedarse quieto, dio un paso al frente.

Luego otro.

Y otro.

Salió de detrás del árbol y caminó hacia el banco, notando el peso de cada paso pero sin detenerse.

Alan seguía mirando el móvil cuando notó algo. Levantó la vista.

Adam estaba ahí.

El silencio entre ellos se hizo denso, incómodo, pero real. Adam se sentó a su lado, dejando un pequeño espacio entre ambos, sin mirarlo directamente. Alan tampoco sabía muy bien dónde mirar.



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En el texto hay: adolescentes, lgtb, lgtb amor

Editado: 20.07.2026

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