Dimidia

1. Primer Encuentro

— No quiero.

Con los brazos cruzados y una mirada que podría derretir acero, encaré a mi hermano mayor desde mi fortaleza junto al refrigerador. Milen, el eterno negociador con alma de caos doméstico, exhaló un suspiro que parecía arrastrar todo su pesar... aunque yo sabía que detrás de esa fachada de mártir se escondía un bromista profesional.

— Vamos, Xey, ¿tan difícil es cooperar solo esta vez?

Sus ojos buscaban los míos, una mezcla de súplica y desafío danzando en su mirada. ¿Cómo se atrevía a pedirme, a mí, la reina de mi propio reino de soledad y sarcasmo, que saliera de mi santuario para dar la bienvenida a los recién llegados? Era un absurdo tan grande como el universo mismo.

— ¿El contacto con tus pacientes te ha reblandecido el cerebro? —le espeté, arqueando una ceja con la precisión de una artista del desprecio.

Él me observó, y ese brillo travieso que solo mostraba en casa se encendió en sus ojos.

— Si vas a jugar esa carta, no me dejas opción.

Lo miré, alerta. Milen en modo "trato" era más peligroso que cualquier tormenta emocional.

— ¿A qué te refieres?

Una risa escapó de sus labios, esa risa que solo soltaba cuando sabía que estaba a punto de arruinarme el día.

Tragué en seco.

— ¿Hermano?

Me sostuvo la mirada, y entonces, las comisuras de sus labios se curvan en una sonrisa maquiavélica. Un escalofrío recorre mi espina dorsal. Lo que fuera que tramaba, no augura nada bueno.

— Te propongo un trato, querida hermanita. O les das la bienvenida a los vecinos o —su tono se tornó grave, teatral— este adorable hermano que tienes se asegurará de que seas tú quien haga las compras de ahora en adelante. Y sí, me refiero a los días de descuento. Con multitudes. Y ancianas que pelean por el último paquete de arroz.

El color se drenó de mi rostro.

¡¿Qué... qué?!

¡¿Por qué?!

¡¿Por qué a mí?!

Mi aversión a la interacción humana era legendaria; tanto que Milen había asumido la tarea de las compras como un acto de misericordia. Los días de descuento eran mi versión personal del infierno: ruido, gente, caos... y yo atrapada en medio como una protagonista de novela distópica sin poderes.

— Her... hermano... —balbuceé, nerviosa— ... No puedes estar hablando en serio.

Él bufó, con una sonrisa que decía "soy el villano de tu comedia".

— Créeme, nunca he estado más serio.

Su expresión era tan firme que no cabía duda de su sinceridad. Si me negaba a visitar a los vecinos, él realmente me condenaría a la tortura de las compras.

Cerré la mandíbula con fuerza.

— Está bien —dije entre dientes—. Iré a ver a los vecinos.

Su sonrisa se tiñó de una calidez que me irritaba profundamente. Como si acabara de salvar el mundo con una galleta.

Quería estrangularlo.

— Perfecto, te dejaré unas galletas para que se las lleves —dijo, antes de desvanecerse por la puerta de la cocina.

En ese momento, odiaba mi vida con pasión. Pero también, en el fondo, adoraba a ese idiota.

•✿✿✿✿✿✿•

Tomé una respiración profunda —la cuarta, para ser exactos— desde que había dejado atrás las seguras paredes de mi casa, armada con un plato de galletas como ofrenda diplomática. Hace cinco semanas, Milen, mi hermano y ocasional oráculo del vecindario, me había informado que alguien se mudaría al lado. No me dio muchos detalles, solo una sonrisa que decía "esto te va a interesar", lo que me hizo sospechar aún más de sus intenciones.

Milen no hacía nada sin una razón. A veces, temía que su razón fuera simplemente verme enredada en situaciones sociales incómodas. Su forma retorcida de demostrar afecto.

Sacudí la cabeza. Solo tenía que entregar las galletas y huir. Sin contacto visual prolongado. Sin conversaciones innecesarias. Sin... colapsos emocionales.

Bien, hagámoslo.

Toqué el timbre.

Al tercer toque, la puerta se abrió.

— ¿Diga?

Tuve que levantar la cabeza para observar al chico que estaba en la puerta. Por un segundo, sentí como si mi mente se desconectara del cuerpo. Pestañé varias veces, convencida de que estaba viendo un espejismo sacado de un manhwa.

Ojos zafiro, cabello blanco como la nieve, alto, fornido, con rasgos que parecían esculpidos por dioses con complejo de perfección. Era como si Toji y Gojo hubiesen tenido un hijo y lo hubiesen criado en una novela de romance sobrenatural. Era un espécimen peligroso para la paz mental de cualquiera.

— Oye, ¿estás bien?

Uh. Creo que me le había quedado mirando como una completa idiota.

— Oh... sí, sí... estoy bien. —Sentí el calor subir a mis mejillas como lava.

— Bueno, viendo que te encuentras bien, supongo que ahora podrías decirme quién eres, ¿no? —dijo con una sonrisa encantadora, como si supiera exactamente el efecto que causaba.




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