Dimidia

2. El Día del Correo.

— Tienes que estar bromeando.

Parada en la puerta de entrada, escuché el sonoro suspiro de Milen al otro lado de la línea. Mi tono molesto le había perforado la paciencia, como siempre.

— Xey —dijo con voz suave, como si eso fuera a calmarme—. Siento tener que faltar a lo que prometí, pero las personas aquí me necesitan. Sé que lo entiendes, así que no te enojes... por favor.

Claro. Las personas lo necesitaban. Qué conveniente.

Había un día al mes, sagrado como ritual, en el que Milen debía llevarme sin falta a la única oficina de correos del pueblo. Promesa sellada con café frío y sarcasmo.

— De acuerdo —resoplé, sin disimular el fastidio—. Aunque todavía tengo que recoger el correo. Lo sabes.

Silencio. El tipo de silencio que huele a trampa.

— ¿Por qué no le pides el favor al vecino?

Abrí los ojos como si me hubieran lanzado agua helada.

¿¿He??

— ¿Tú cómo sabes que es un chico?

No recordaba haberle contado nada sobre Dekan. Ni su nombre. Ni su existencia.

— Oh, bueno, es que ayer salí a buscar algo que olvidé en el coche y justo el vecino salió también. Lo vi acercarse a su auto —hizo una pausa teatral—. Tiene un bonito Jeep, por cierto.

Genial. El universo conspirando para que Milen lo viera antes de tiempo.

— Pídele que te lleve. Dile que serás su guía. Estoy seguro de que será una oferta tentadora para él, recién llegado al pueblo.

Sonaba lógico. Lo odié por eso.

— Hermano, eso no...

Milen me interrumpió con su tono de “yo tengo el control”.

— Querida hermanita, como yo lo veo, tienes dos opciones: ir con el vecino o subirte al transporte público. Tú decides.

Guardé silencio.

Mi incomodidad con los lugares concurridos era un dato que Milen conocía demasiado bien. Así que, como buen manipulador emocional, usó el transporte público como amenaza para obligarme a aceptar su idea.

Ese idiota se estaba divirtiendo. Lo sabía. Lo sentía. Podía imaginármelo sonriendo como el Guasón.

Apreté los dientes.

— Bien.

Escuché su carcajada molesta antes de que cortara la llamada.

Gruñí.

Ya me vengaría después.

Guardé el teléfono en la mochila y fui en busca de la única persona que había intentado evitar desde el principio.

Para mi fortuna o desgracia (aún no sabía cuál), Dekan seguía en la escuela. La hora de salida había pasado hacía rato, así que no estaba segura de encontrarlo.

Pero ahí estaba.

Cuando le pregunté por qué seguía allí, dijo algo sobre la secretaria del director y un montón de formularios que debía completar. Sonaba aburrido. Lo creí.

Antes de que pudiera hablarle sobre la oficina de correos, él se me adelantó. Me pidió que fuera su guía otra vez. Se disculpó por la molestia, aunque alegó que necesitaba recoger un paquete muy importante y no sabía cómo llegar.

Me lo dejó servido en bandeja. Mejor de lo que esperaba.

Solo esperaba que las cosas se mantuvieran así. Sin sorpresas. Sin desvíos. Sin más tiempo con él del necesario.

•✿✿✿✿✿✿•

El camino a la oficina de correos de Rud transcurrió en un ambiente que, para mi sorpresa, resultó bastante agradable. Esta vez, la conversación giró en torno a mis gustos, lo que me llevó a contarle sobre el último libro que leí. Dekan se mostró muy interesado, incluso me pidió prestado el ejemplar. Y claro, acepté de inmediato. Si se trata de iluminar nuevos lectores, yo soy la antorcha encantada de hacerlo.

La oficina de correos estaba ubicada a las afueras de Rud, justo al lado de la caseta de policía que regula las entradas y salidas del pueblo. Desde aquel gran incidente de robo, el sistema de entregas se volvió inexistente: sin repartidores, sin camiones. Cada quien debía recoger su propio correo. Como en los viejos tiempos, pero sin el encanto.

Al llegar, entramos a la pequeña oficina.

Dentro, solo había una chica morena detrás del mostrador. Cabello corto, ojos café, expresión neutral... hasta que vio a Dekan. Su reacción me dio una idea bastante clara de cómo debí verme yo la primera vez que lo vi.

La entendía. Demasiado bien.

Me acerqué al mostrador.

— Disculpa —dije, y la vi parpadear un par de veces como si acabara de despertar—. Vinimos a recoger nuestro correo. ¿Podrías darnos los formularios?

Un rubor leve cubrió sus mejillas. — Sí, sí, claro.

Sacó dos hojas de una carpeta junto con dos bolígrafos y los colocó frente a mí.

— Solo tienen que llenar esto.

Pensé en pasarle la hoja a Dekan, pero antes de que pudiera hacerlo, sentí su aliento en mi oreja.

— Discúlpame —susurró.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.