Dimidia

3. El valor de Candy

— ¿De verdad estás llorando?

Milen gira hacia mí con expresión herida, como si le hubiera pateado el corazón.

— ¡¿Y cómo no hacerlo?! —infla las mejillas, indignado—. Tendrías que tener un corazón de piedra para no llorar con la historia del solitario ser inmortal.

Niego, divertida, mientras reprimo una sonrisa.

Mi querido hermano mayor, Milen, era un devoto de las series coreanas. Tenía el ritual sagrado de verlas conmigo cada vez que escapaba de sus turnos en el hospital del pueblo. Incluso repetíamos algunas que nos marcaban, como la que estábamos viendo ahora.

— No voy a discutir eso contigo, pero... ¿no es esta la quinta vez que la miras?

Sus mejillas se inflan aún más, ahora teñidas de rojo.

— Pues... bueno... eso... —se cruza de brazos con dignidad fingida—. ¿Y qué tiene eso de relevante? ¡Es Goblin, después de todo!

Suspiro, con ganas de reír.

— Olvídalo. Mejor voy por más palomitas a la cocina —digo, tomando la taza vacía con intención de levantarme.

Pero Milen salta del sofá como si le hubieran activado un resorte.

— ¡Cielos! Por un momento me olvidé de eso —voltea hacia mí con urgencia—. Las palomitas se terminaron hace rato. Tengo que ir por más a la tienda.

Alzo una ceja.

— ¿Es eso necesario?

— ¿Pero qué dices, Xey? —me mira como si acabara de blasfemar—. Nos quedan tres capítulos por ver y no podemos hacerlo sin palomitas. ¿Compro chocolate también?

Ruedo los ojos.

— Haz lo que quieras.

•✿✿✿✿✿✿•

Unos minutos más tarde...

— ¡¿Qué rayos le hiciste a Candy?! —grito, agarrándome el cabello con ambas manos.

Milen entra por la puerta con el rostro pálido como el papel y los ojos desorbitados. Parece haber visto un fantasma. O haberlo atropellado.

Resulta que, en su apuro por ir a la tienda, ha arrollado accidentalmente a mi preciada bicicleta: Candy.

Sí, la bicicleta se llama así por Candy Candy. No acepto críticas.

— Uh... esto... Xey —tartamudea Milen, como si el nombre se le hubiera atragantado.

Frunzo el entrecejo.

— ¿Cómo es que terminó debajo de tus ruedas? ¡Yo no recuerdo haberla movido de su lugar! —gesticulo hacia la bicicleta, exasperada.

Su cara es un poema de confusión.

— No lo sé, Xey. Ella ya estaba ahí cuando salí —se rasca la nuca, incómodo—. Sé lo cuidadosa que eres con tus cosas, así que ni se me ocurrió mirar antes de sacar el auto. No pensé que Candy pudiera estar tirada justo en medio del camino. Cuando me di cuenta... ya era demasiado tarde.

Candy solía ser la bicicleta de mi madre. Ella fue quien le puso ese nombre. Tengo recuerdos hermosos de paseos juntas, de risas, de postres en la cafetería de Rud como premio por mis buenas calificaciones.

Volteo a ver a Milen con los ojos llenos de lágrimas.

Su expresión se vuelve atormentada. Milen detesta verme llorar.

— Hey, Xey... no llores, por favor —se acerca y limpia con sus pulgares las esquinas de mis ojos—. Candy va a estar bien. Solo necesita que la llevemos con alguien que sepa repararla.

Después de perder a mamá, Candy se volvió más que una bicicleta. Era un vínculo. Un pedazo de ella que aún puedo tocar.

Milen lo sabe. Por eso también la cuida como si fuera suya.

— Todo esto será temporal, ¿de acuerdo? Ella regresará antes de que te des cuenta. Confía en mí —dice, abrazándome con fuerza.

— Siento interrumpir.

Ambos saltamos ante la voz desconocida.

Volteamos al mismo tiempo.

Mi boca se abre de golpe.

Un despeinado Dekan nos observa mientras venía desde el lado de su casa, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de pijama gris, franelilla blanca y pantuflas negras.

Y, aun así... parece salido de una editorial de moda. Su altura imponente, cuerpo tonificado, rostro de escultura griega, cabello blanco desordenado y esos ojos azules imposibles lo hacen parecer una visión. Una muy tentadora.

Incluso se me olvida que mi cara debe parecer un desastre por las lágrimas derramadas.

— Vine porque escuché los gritos de Alexey y me preguntaba si todo estaba bien... —dice Dekan con expresión preocupada—. ¿Puedo preguntar qué sucede?

Mi hermano es el primero en salir del estupor.

— Oh, tú debes de ser el vecino —le tiende la mano—. Me llamo Milen Pratt, hermano mayor de Alexey. Lamento conocerte así.

Dekan acepta el apretón con su típica sonrisa de caballero salido de una novela gótica.

— Yo soy Dekan Hylend. Y no se preocupe por eso.

Milen le devuelve la sonrisa.

Uh. Esa es mi señal para interrumpir la conversación antes de que mi hermano le cuente nuestra vida entera a este chico con cara de portada.




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