Dimidia

4. El lobo en la ventana.

— ¿Qué haces aquí? —inquirí, cruzándome de brazos.

Apenas había tomado asiento en el sofá, lista para finalmente dedicarle tiempo al libro que el universo parecía empeñado en no dejarme terminar, cuando el sonido del timbre estropeó mi glorioso plan. Al abrir la puerta, no me sorprendió encontrar a Dekan parado del otro lado. Internamente, conociendo su alarmante falta de respeto por el espacio personal, hasta me lo esperaba.

— Vine por las tutorías —respondió, ignorando olímpicamente mi tono cortante y sonriendo con esa irritante perfección suya.

Entrecerré los ojos, impasible.

— ¿A qué te refieres con que vienes por las tutorías? ¿No es para eso la hora libre en la escuela?

— Oh. —Levantó las cejas, fingiendo una sorpresa inocente—. Creo que Alexey aún no sabe que los entrenamientos del equipo de natación se llevan a cabo durante las horas libres.

Me quedé estupefacta, mirándolo con los ojos como platos.

¡Ay, por favor!

¡¿Qué posibilidades había de esto?!

¿Cómo pude pasar por alto algo tan obvio? Debí haberme asegurado de revisar los horarios de la piscina antes de dejarme engatusar por su dichoso programa único de práctica cerrada. Definitivamente, la falta de sueño me estaba volviendo estúpida.

— ¿Puedo pasar ahora? —preguntó Dekan con cautela, interrumpiendo mi crisis mental.

Lo miré un momento en silencio, sopesando mis opciones (que eran básicamente ninguna).

Sabía que no podía culparlo por este desastre. Después de todo, había sido yo misma quien le sugirió entrar al equipo de natación, pensando —erróneamente— que mantenerlo ocupado lejos de mí sería una excelente idea. Y aunque me rehusaba a regalarle un solo segundo de mi preciado tiempo a solas, tampoco podía romper el trato que hicimos en la escuela.

Solté un largo suspiro de resignación y me hice a un lado, abriendo la puerta por completo.

— Adelante. No rompas nada.

Con una brillante sonrisa, Dekan pasó junto a mí y se acomodó en el sofá de la estancia como si fuera el dueño del lugar. Cerré la puerta y me encaminé de mala gana hasta sentarme a una distancia prudencial de él.

Por alguna razón, sentía que en lugar de abrirle la puerta al vecino de al lado, le había quitado el cerrojo al corral para dejar pasar a un lobo hambriento.

•✿✿✿✿✿✿•

Para mi absoluta sorpresa, la tutoría con Dekan no fue el calvario que vaticinaba. Al final resultó ser un estudiante ridículamente eficiente; cada concepto que le explicaba, lo atrapaba al vuelo sin necesidad de segundas vueltas.

El único inconveniente real era su proximidad. Su cautivadora apariencia —incluso de cerca y bajo la luz común de la sala— me ponía de los nervios. Mantener mi mente enfocada en el plan de estudios y lejos de cualquier distracción visual nunca había sido una tarea tan titánica.

Cuando el gran reloj de pared marcaba las nueve de la noche y estábamos por dar el cierre a la primera sesión, ocurrió lo inesperado.

Apagón total.

La oscuridad nos envolvió de golpe por unos segundos, antes de que la lámpara de emergencia sobre la mesita junto al sofá se encendiera automáticamente. Era un artefacto exageradamente brillante que Milen había comprado "en caso de crisis" y del cual yo me había burlado durante meses por considerarlo un gasto inútil. Ahora, iluminando la estancia con una intensidad casi cómica, parecía una joke de mal gusto de su parte.

Si Milen estuviera aquí, se estaría muriendo de la risa a mi costa.

— Esto es muy extraño... —murmuré, analizando el brillo de la lámpara—. Milen es un neurótico con los pagos de los servicios. ¿Por qué se cortaría la luz precisamente hoy?

Una pequeña pero pesada maldición susurrada a mi lado me hizo girar la cabeza con asombro.

¿Había escuchado bien? ¿Desde cuándo el educado y pulcro Dekan Hylend soltaba palabrotas de ese calibre?

— ¿Dekan?

Él se levantó del sofá de golpe. Me dirigió una mirada inusualmente seria, desprovista de su típica sonrisa juguetona.

— Creo que debería irme a mi casa ahora mismo.

— ¿Qué? —Lo miré sin entender nada—. ¿De verdad tienes que irte justo ahora? ¿No puedes quedarte hasta que regrese la luz?

A ver, honestidad ante todo: era la primera vez que experimentaba un apagón a solas en esa casa, y aunque me pesara admitirlo, la idea de quedarme a oscuras por completo me daba un pánico terrible. Bajo esa premisa, incluso la intensa presencia de Dekan resultaba un alivio preferible a la soledad del diseño de interiores en sombras.

Dekan puso una expresión complicada; parecía debatirse entre descifrar el porqué de mi repentina insistencia y disfrutar el hecho de que le pidiera que se quedara.

— Aunque me encantaría quedarme —volteó la cara hacia la ventana, tensando la mandíbula—, tengo el presentimiento de que algunas plagas se colaron en mi propiedad mientras estaba aquí. Debería ir a exterminarlas.

Ladeé la cabeza de lado, frunciendo el entrecejo con incredulidad.




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