¡Plaf!
El sonido del cartón de leche impactando contra el suelo baldosado del supermercado resonó por todo el pasillo cinco, atrayendo de inmediato la atención de la que supongo debía de ser la madre del pequeño revoltoso que provocó el desastre. Qué fastidio. Para ser honesta, no es que odiara a los niños, es solo que simplemente no toleraba a los alborotadores. Esos mocosos me hacían desear firmemente no tener descendencia jamás.
— ¡Taz! —le gritó la señora al pequeño de grandes ojos castaños y cabello negro.
El nombre le quedaba como anillo al dedo; ese niño era tan torbellino como cierto personaje de caricatura que, literalmente, era un tornado andante.
Antes de que el cartón de leche saliera volando, el chiquillo había estado acosándome hasta más no poder. Todo comenzó desde el momento en que Dekan dijo que se ausentaría un instante para ir al baño. Como parecía que el pequeño Taz me había estado vigilando desde que ingresé al pasillo, al ver que mi acompañante desaparecía, decidió que era la oportunidad perfecta para acercarse. Supongo que la peluca, los lentes y el cubrebocas que estaba usando para camuflarme lograron despertar su insoportable curiosidad.
Qué molesto.
El pequeño Taz abrió enormes ojos al ver a su enfurecida madre aproximarse a nosotros. Al llegar, la señora tomó de la mano al niño y comenzó a regañarlo ferozmente.
— ¡Qué te he dicho de acercarte a los extraños! ¡Casi me da un infarto porque no podía encontrarte! —gritó ella, muy alterada.
Mejor huyo de aquí.
Estaba por darme la vuelta cuando la mirada de la mujer se clavó directamente en mi dirección. Me quedé petrificada. Aunque estaba casi segura de que no podrían reconocerme con este disfraz, eso no bastaba para ahuyentar la sensación de pánico que me invadía cada vez que sentía que mi identidad corría el riesgo de ser descubierta.
— ¡Y usted, será mejor que permanezca alejada de mi niño si no quiere que llame a la policía! —me amenazó.
La miré atónita.
¡¿Pero qué rayos?! ¡¿En qué momento me acerqué al mocoso?! ¡Esto es insólito! ¡Es él quien ha estado persiguiéndome desde un principio!
Estaba a punto de decirle a la señora que me hacía un enorme favor si se largaba y se llevaba a su acosador en miniatura con ella, cuando un escalofrío helado subió por mi espina dorsal. El aire a mi alrededor pareció descender varios grados en un segundo, mientras que la súbita mueca de terror en el rostro de la mujer al mirar más allá de mí logró activar todas las alarmas de peligro en mi cerebro.
Justo después, escuché una voz extrañamente familiar susurrar muy cerca de mi oído:
— Buenas noches, mi querida Alex.
Seguido de eso, todo se oscureció.
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Desperté con un punzante dolor de cabeza, acompañado de una fuerte molestia en la parte posterior del cuello. Para colmo de males, ni siquiera podía masajearme la zona porque tenía las muñecas y los tobillos firmemente atados.
— ¡¿Por qué tenía que traerla aquí?!
— La verdad es que no lo sé.
— ¡Esto es una locura!
Me tensé al escuchar los gritos enojados de alguien que parecía aproximarse a donde me tenían retenida. Rápidamente me quedé completamente inmóvil en la posición en que me hallaba y decidí fingir que seguía inconsciente. Como no tenía idea de quiénes provenían las voces, opté por ponerles apodos tontos para poder distinguirlos mientras los escuchaba discutir.
A partir de ahora, serán Cosa Uno y Cosa Dos.
— No sé por qué te sorprende tanto, ya sabes cómo es ese tipo -dijo Cosa Dos-. Ni siquiera el jefe puede controlarlo y, aun así, le da autoridad en esta clase de asuntos.
— ¡Y ese es precisamente mi problema con todo esto! ¡Ese loco siempre hace lo que quiere, pero solo nosotros somos quienes acabamos pagando por sus estupideces! —protestó indignado Cosa Uno.
— Tienes razón, pero al final del día solo puedes quejarte y continuar con lo que te asignaron —Cosa Dos hizo una pequeña pausa—. Después de todo, es eso o terminar en la lista de desechados.
Un denso silencio se instaló tras sus palabras.
— En fin... Será mejor revisar que nuestra rehén se encuentre bien y, preferiblemente, que no haya despertado todavía —rompió el silencio Cosa Dos, antes de entrar a la habitación.
Tragándome el miedo, me esforcé por disimular y mantener la respiración pausada. Escuché sus pesados pasos cada vez más cerca de mí y el pánico comenzó a invadirme. El hecho de tener que pasar una segunda vez por una situación de cautiverio tan aterradoramente similar me golpeó como un balde de agua fría directo al rostro.
— ¿Qué se supone que debemos hacer con ella ahora? —preguntó de pronto Cosa Uno.
— Tengo entendido que necesitan más material de investigación, por lo que nos toca intentar negociar con el lobito para que coopere voluntariamente —le respondió Cosa Dos.
— El jefe debe de estar demente —bufó Cosa Uno—. ¿Cuándo ese tipo ha querido cooperar con nosotros en algo? Porque es bastante obvio que el lobito preferiría cortarse una extremidad antes de hacer cualquier tipo de asociación con nosotros.
Para este punto de la conversación ya estaba más que perdida. No lograba encontrarle sentido a la charla que estaban teniendo esos dos. Aunque sí pude rescatar un dato crucial: me habían secuestrado con el único objetivo de extorsionar a alguien al que se referían como "lobito".
¿Será que Milen anda metido en problemas? ¿A qué otra persona podrían amenazar con mi rapto? Pero si se trataba de él... ¿por qué demonios le decían lobito?
— Igual, toda esta misión me parece un completo suicidio —soltó Cosa Uno—. Tanto tú como yo sabemos perfectamente que ese tipo nos matará de la forma más despiadada antes de que intentemos abrir la boca.
— Pues se supone que, al tenerla con nosotros, nuestras posibilidades de salir vivos aumentan —agregó sarcástico Cosa Dos.