Capitulo 2
Diosdado era un creador de espíritu noble, un hombre cuya aparente sencillez escondía la compleja arquitectura de un alma que creaba a partir del dolor y la belleza del mundo. Su simpatía y la ingeniosa elocuencia con la que explicaba sus visiones lo habían vuelto un pilar para el pueblo; no solo se le buscaba por su arte, sino por su oído atento, su carácter solidario y su profunda compasión hacia los desamparados. Sabía escuchar el dolor ajeno porque él mismo conocía el peso de la creación, esa necesidad carnal y espiritual de vaciar el alma sobre el lienzo o el papel.
Aquella noche transcurría bajo el manto de esa aparente armonía. En el interior del atelier, la atmósfera era cálida, casi un refugio sagrado contra la inmensidad de la campiña exterior. La tenue luz de las velas bañaba los rincones, haciendo brillar los pigmentos dorados y las maderas pulidas del taller. Los pinceles descansaban alineados sobre la mesa de trabajo, húmedos aún por la jornada, reflejando destellos titilantes. Los manuscritos, ordenados en legajos sobre el atril principal, aguardaban con paciencia el regreso de la pluma de su creador. Nada rompía la quietud protectora del espacio.
Hasta que la oscuridad irrumpió.
No hubo el crujido de una puerta, ni el silbido del viento colándose por una rendija. Fue una invasión silenciosa, un vacío absoluto que se materializó de pronto en el centro mismo de la habitación. En un latido, el aire se volvió densamente frío, un frío anómalo que caló hasta los huesos del artista y congeló instantáneamente su aliento en una pequeña nube blanquecina.
Frente a él, la negrura comenzó a condensarse con una pesadez física, tomando una silueta antropomórfica; una figura alta y pesada que parecía devorar activamente la luz circundante. De lo profundo de esa masa informe, densa como el hollín, brotaron dos ojos encendidos. Dos pozos de fuego que brillaban como brasas al rojo vivo. Eran ojos cargados de una antigüedad maligna, una mirada que poseía el poder absoluto de quebrar la espina dorsal de la voluntad de cualquiera que osara sostenerle la mirada.
Diosdado quedó completamente petrificado en su sitio. El pincel que sostenedor se le resbaló entre los dedos, cayendo al suelo con un golpe sordo que pareció resonar en un vacío infinito, desprovisto de eco. De inmediato, sintió el impacto de una abrumadora presión energética que irradiaba de la silueta. No hubo un contacto físico, pero la densidad espiritual de esa presencia era tan violenta que asfixió su fuerza de voluntad; su pecho se contrajo y sus pulmones parecieron cerrarse, incapaces de procesar el aire helado, como una respuesta instintiva de su propio cuerpo ante la cercanía de lo antinatural. El terror psicológico, amplificado por la oscura vibración que inundaba el taller, lo anuló por completo. Quiso reaccionar, arrastrar los pies hacia atrás para ganar distancia, desviar los ojos de aquellos pozos de fuego o articular un ruego a Dios, pero la energía del ente actuaba como un grillete invisible sobre su espíritu, manteniéndolo clavado a las tablas del suelo, convertido en una estatua de carne indefensa ante el abismo.
La presencia avanzó un paso. Fue un movimiento lento, inexorable, desprovisto del roce de unos pies contra la madera, pero cargado de una vibración tan densa que el espacio mismo pareció contraerse. Con cada milímetro que la silueta ganaba, las llamas de los candelabros disminuían, ahogadas, como si la entidad absorbiera la energía vital y la luz de la estancia. El calor de la habitación se evaporó, sustituido por un frío sepulcral.
El duelo se instaló en el plano de lo invisible. Diosdado, atrapado en esa inmovilidad, comprendió que el ataque no era carnal; era un choque de frecuencias. La emanación del espíritu oscuro golpeaba su aura protectora, intentando resquebrajarla, buscando la fisura por donde infiltrarse en su mente. En la intimidad de su conciencia, el artista comenzó a librar una batalla desesperada. Intentó edificar un muro con sus recuerdos más luminosos, aferrarse a la pureza del don que habitaba en su alma y proyectar esa fe para repeler la invasión.
Pero la marea negra era sofocante. Sintió cómo la energía del ente penetraba los límites de sus pensamientos, desnudando sus inseguridades, hurgando en sus temores más ocultos y sembrando una duda corrosiva que amenazaba con apagar su propia luz interna. Era un desgaste espiritual que le hacía sentir que su existencia misma se deshilachaba. Frente a él, las brasas al rojo vivo se fijaron con mayor intensidad en su rostro. La silueta pareció expandirse, ensanchando su negrura como si se alimentara del sufrimiento silencioso del creador. El silencio en el atelier era tan absoluto y espeso que el menor pensamiento de rendición resonaba dentro de su cabeza como una sentencia.
El duelo de energías llegó a su punto crítico. La marea negra del ente presionaba con una fuerza espiritual aplantante, buscando doblegar el eje de Diosdado, pero el artista, desgarrado y al límite de sus fuerzas, se negó a ceder a las peticiones invisibles del enviado. Desde el centro mismo de su ser, allí donde residía el don divino de su creatividad, opuso una resistencia silenciosa, una barrera de luz pura que la vibración del maligno no consiguió traspasar. La pureza de su alma fue su escudo.
Al comprender que no lograría quebrantarlo en este primer embate, la silueta detuvo su presión. La negrura dejó de expandirse y comenzó a contraerse, replegándose sobre sí misma. Sin embargo, antes de retirarse, la entidad decidió clavar una última estocada en su mente. No hubo sonido en el aire, pero una voz gélida, sibilante y pesada resonó con una vibración pavorosa directamente en el cerebro de Diosdado, helándole los pensamientos:
—Te resistes, criatura de arcilla... Pero tu negación es en vano. Por más que intentes proteger tu luz, de la oscuridad nunca podrás escapar. Nadie vence al vacío.