Diosdado "Encuentro con el Mal"

3. Resistir La Opresión

Capitulo 3

​Exhausto, con el alma adolorida y el cuerpo vibrando aún por la tensión del primer encuentro, Diosdado buscó refugio en su catre. Necesitaba desesperadamente un respiro, una tregua para su mente fracturada. Tras varios minutos de batallar contra la paranoia que acechaba en cada rincón oscuro del atelier, el cansancio físico terminó por vencerlo. Logró conciliar el sueño, sumergiéndose en una profundidad densa y pesada.

​Pero la paz fue un destello efímero.

​La presión de las sombras no dio margen al descanso. Abruptamente, el silencio de la madrugada fue devorado por un rumor sordo que comenzó a vibrar desde el suelo, transformándose en cuestión de segundos en un rugido violento. No se trataba de una silueta silenciosa esta vez; el aire del taller comenzó a girar sobre sí mismo con una velocidad frenética, mutando en un torbellino de energía invisible y devastadora. Diosdado se despertó sobresaltado, con los ojos desorbitados y el pecho inflado en busca de un aire que ahora le faltaba, atrapado en el centro de un vórtice energético que sacudía las vigas de madera del techo.

​Aquel segundo enviado poseía un perfil completamente distinto al primero: era caos puro, una fuerza demoníaca, cinética y demencial que no buscaba el desgaste silencioso, sino arrancar de cuajo la integridad del artista. El objetivo de la entidad era claro y despiadado: quería obligarlo a sucumbir, quebrar su eje, forzarlo a que desistiera de su postura y se cruzara de bando, entregando el don sagrado de su alma al servicio de la oscuridad.

​El torbellino embistió a Diosdado sin previo aviso, levantándolo de su lecho con un impacto espiritual tan violento que lo arrojó por el aire. Su cuerpo golpeó pesadamente contra la pared de piedra y luego fue impulsado con saña hacia el atril principal. El mobiliario volcó con un estrépito espantoso. Los frascos de tinta se rompieron, desparramando su contenido oscuro como sangre negra sobre el suelo; los pinceles rodaron y los manuscritos salieron despedidos, atrapados en la corriente del torbellino. Las hojas escritas comenzaron a revolotear en el aire, girando en círculos concéntricos en una danza profana, casi una burla que desordenaba su arte sagrado en un tapete de caos.

​El ente lo sacudía hacia todos lados, azotando su psique en un intento salvaje de doblegarlo. Pero Diosdado, plantado en su fuero interno, mantuvo su resistencia. No iba a ceder. No iba a cruzar la línea.

​Sin embargo, la soberbia y la furia del maligno se volvieron su propia trampa. En su afán por aplastar la firmeza del creador, el enviado se extralimitó. La violencia desmedida del ataque energético desgastó tanto las fuerzas del artista que lo dejó al borde del desmayo, sumergiéndolo en una peligrosa inconsciencia. Al dejarlo casi inconsciente, el ente arruinó su propio cometido: una mente desvanecida no puede claudicar, no puede elegir bajar los brazos ni otorgar el consentimiento que las tinieblas tanto ansiaban. Por pura brutalidad, el monstruo bloqueó su propio objetivo.

​En medio de esa bruma mental, en un supremo y agónico destello de lucidez, la pura necesidad de supervivencia de Diosdado reaccionó. Con un movimiento torpe, estiró el brazo sobre las tablas del suelo hasta que sus dedos tropezaron con el metal del viejo farol de aceite. Reuniendo la última chispa de su fuerza espiritual, golpeó el pedernal.

​Una pequeña llama prendió la mecha.

​El contraste fue absoluto y fulminante. Aquella imponente entidad, dotada de una fuerza destructiva capaz de pulverizar el taller, resultó ser críticamente sensible a la pureza de la luz. Ante el mínimo haz dorado que emitió el farol rasgando las tinieblas, el torbellino soltó un siseo de dolor agónico. La demoledora energía demoníaca se debilitó instantáneamente, perdiendo su cohesión y su poder en un latido, hasta disolverse por completo y huir despavorida de la estancia.

​Diosdado quedó tendido entre sus obras destrozadas, respirando a duras penas en una habitación donde el peligro se había ausentado temporalmente gracias a su tenacidad, pero donde el aire seguía cargado con la promesa latente de un desenlace inminente.




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