Diosdado "Encuentro con el Mal"

4. Al Filo de la Muerte

Capitulo 4

Al alba, el atelier parecía el escenario de una batalla perdida. Diosdado contemplaba el desastre con la mirada extraviada, atrapado en un laberinto mental, al borde mismo del desquicio. No lograba procesar la magnitud de los horrores acontecidos; comprender el porqué de aquel ensañamiento se había vuelto una tarea imposible. Con el alma rota y el miedo calándole los huesos, sus pasos torpes lo llevaron hacia el viejo estante. Con manos temblorosas, tomó una botella de un fuerte aguardiente rústico. Buscando un refugio desesperado, intentó ahogar el espanto en cada trago, quemándose la garganta hasta que el peso del alcohol, sumado al brutal cansancio físico y espiritual, terminó por desvanecerlo sobre el suelo del taller.

Fue en ese instante de total vulnerabilidad cuando el tercer y más poderoso de los enviados reclamó su oportunidad.

El silencio se quebró con un zumbido agudo y antinatural, un sonido sibilante que mutó en el lamento escalofriante de un aullido de lobo. De golpe, las hojas de la ventana se abrieron de par en par con la violencia de un vendaval maldito. Un frío extremo, que traía consigo el olor rancio de la tumba, inundó la estancia. El tercer enviado irrumpió en el atelier. No era una sombra estática ni un torbellino ciego; era la cúspide del poder de las tinieblas, una emanación demoníaca concentrada cuya sola presencia impuso un nuevo y brutal sometimiento que dejó a Diosdado al borde mismo de la muerte.

El artista yacía inmóvil, pero el ente expandió su aura oscura sobre él, infiltrándose en su consciencia latente. Aunque Diosdado estaba inconsciente, atrapado en una bruma donde ya no emitía señales físicas de resistencia, la voz del maligno retumbó de forma espantosa en el fondo de su alma:

—No hay quien resista al poder de la oscuridad… He venido por ti y voy a lograr mi objetivo. No tienes otra opción más que desistir de tu postura, renunciar a tus dones y aceptar la doctrina oscura. ¿Me has escuchado?

El veredicto del abismo resonó como una sentencia definitiva. Diosdado estaba totalmente doblegado, su luz interna parpadeaba a punto de extinguirse para siempre en las garras del enviado.

Hasta que el umbral del atelier se estremeció.

Tres golpes colosales y enérgicos azotaron la madera de la entrada, seguidos de un impacto definitivo que derribó la puerta. En el marco de la entrada se recortó la silueta imponente de Fray Mamerto. Con el rostro encendido por el celo divino y una pesada cruz en alto, el monje irrumpió en el taller, invocando el poder del Altísimo con una voz que tronó como el juicio final.

En ese instante se entabló un duelo absoluto entre la luz y la oscuridad, entre el bien y el mal, entre la opresión demoníaca y la autoridad de lo divino. El tercer enviado bramó de furia, agitando su negrura y desatando ráfagas de viento helado para repeler al intruso, pero la fe inquebrantable de Fray Mamerto actuó como un escudo impenetrable. El monje avanzó paso a paso, sosteniendo el crucifijo como un faro celestial en medio del caos. La pureza de la luz que emanaba del rezo del fraile fue quebrando el aura del maligno; acorralada y debilitada por una fuerza superior que no pudo doblegar, la entidad soltó un alarido de frustración y huyó despavorida por la ventana abierta, disolviéndose en el aire de la campiña.

El silencio regresó al taller. Fray Mamerto corrió hacia el cuerpo tendido de su viejo amigo, arrodillándose a su lado y colocando la cruz sobre su pecho mientras pronunciaba oraciones de sanación. Poco a poco, el rostro desencajado del artista recuperó la paz. Al abrir los ojos, Diosdado contempló la figura del religioso y la claridad del día que comenzaba a inundar las maderas del taller. El duelo había terminado. El fraile había triunfado en esa hora extrema, rescatando a Diosdado de las garras del mal y devolviendo su alma a la luz.

Diosdado abre los ojos apenas unos segundos durante la madrugada.

Ve una figura rezando.

Escucha fragmentos de una oración.

Percibe la cruz.

No entiende nada.

Vuelve a desvanecerse.

Y recién al amanecer despierta de verdad.

Eso genera una transición mucho más suave.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.