Capitulo 5
La noche más larga y oscura finalmente comenzó a ceder. Durante horas agónicas, Fray Mamerto había permanecido fiel en su vigilia, velando el cuerpo herido del artista y rodeándolo con un escudo incesante de oraciones. Había asistido y protegido a su amigo centímetro a centímetro, conteniendo los últimos ruidos y remanentes de la penumbra hasta que, al amanecer, los primeros rayos del sol filtraron sus hilos dorados a través de la ventana abierta, barriendo por completo el frío sepulcral del atelier.
Con la caricia de esa calidez matutina, Diosdado abrió los ojos de golpe.
Se sentía completamente desorientado, abrumado por una pesadez extraña que le entumecía los músculos. Su mente era un lienzo en blanco; el trauma de la ordalía había bloqueado sus recuerdos inmediatos, dejándolo en una profunda amnesia. Al incorporarse torpemente sobre las maderas del suelo, descubrió la silueta cansada pero firme del monje, que guardaba el crucifijo entre sus hábitos.
—¿Qué… qué estás haciendo aquí, Fray Mamerto? —preguntó Diosdado con la voz ronca, parpadeando ante la luz—. ¿Por qué estás aquí?
El fraile lo miró con una sonrisa cargada de compasión y alivio.
—He venido porque me has llamado —respondió el religioso con serenidad.
Diosdado frunció el ceño, tocándose la frente, buscando un rastro de lógica en sus pensamientos.
—¿Yo te he llamado? No… no recuerdo nada.
—Sí, Diosdado. En lo más profundo de tu agonía, tu espíritu me ha convocado, me ha invocado, y aquí estoy, asistiéndote y resguardándote de todo mal. Las fuerzas del abismo han querido doblegarte, amigo mío. Han intentado con saña despojarte de tu luz, algo sagrado que Dios mismo ha depositado en ti.
El artista se quedó mudo, contemplando sus manos vacías y los lienzos rasgados a su alrededor. El desconcierto dio paso a una profunda intriga.
—¿Dios depositó algo en mí? —susurró, casi sin atreverse a creerlo.
—Sí —afirmó el fraile, poniéndose de pie y señalando con solemnidad el rostro del pintor—. Lo ha depositado en tu propio nombre. En tu nombre está la gracia del Altísimo, y en esa gracia habitan tus dones, tus talentos artísticos. Eres Diosdado: el que ha sido dado por Dios, el regalo de Dios. El enemigo no odiaba tus óleos ni tus escritos; odiaba la luz divina que canalizabas a través de ellos.
Aquellas palabras resonaron en las paredes del atelier como un trueno celestial. En ese instante, el desconcierto y la desorientación iniciales se transformaron en un asombro mayúsculo. Algo se encendió en el pecho de Diosdado; fue como si un velo se rasgara detrás de sus ojos, permitiéndole comprender, por primera vez en su vida, el porqué real de su existencia. Cuál era su verdadera función, su misión sagrada en este mundo de dogmas y sombras.
Después de haber soportado y resistido los embates más brutales de la oscuridad, su alma estaba limpia. Pudo ver con los ojos del espíritu que su paso por la Tierra no era casual: su arte era una extensión del cielo, un faro destinado a llevar el mensaje de la luz a los hombres a través de la belleza y la emoción de sus obras.
El mal había huido derrotado por la pureza de un don inquebrantable. Diosdado, el regalo de Dios, se puso en pie, mirando el nuevo día. El poder de la luz había prevalecido.