Pasaron varias semanas desde aquella noche.
El atelier había recuperado lentamente su aspecto habitual. Los lienzos destruidos fueron reemplazados, las mesas reparadas y los manuscritos rescatados volvieron a ocupar su lugar entre los estantes de madera.
Sin embargo, algo había cambiado para siempre.
Diosdado ya no observaba su trabajo de la misma manera.
Durante años había creído que la creación era apenas una necesidad interior, una fuerza imposible de contener que lo obligaba a pintar y escribir. Ahora comprendía que existía algo más profundo detrás de cada trazo, de cada palabra y de cada obra nacida de sus manos.
Aquella mañana se encontraba frente a un lienzo en blanco.
La luz del sol ingresaba por la ventana abierta, iluminando el taller con una claridad serena.
Tomó un pincel.
Por un instante permaneció inmóvil, contemplando la superficie vacía.
Luego sonrió.
Ya no sentía miedo.
La oscuridad le había mostrado el valor de la luz.
Y la luz le había revelado el verdadero propósito de su existencia.
Con mano firme apoyó el pincel sobre el lienzo y comenzó una nueva obra.
Afuera, la vida continuaba su curso.
Dentro del atelier, el regalo de Dios volvía a crear.