Dioses caídos

Ariadna

Siempre supe que era rara, es decir no era una chica común y corriente, tenía presentimientos que se hacían realidad, podía saber el futuro de una persona con el simple roce de su mano, no era charlataneria no, no era eso, era algo más, pero no sabía exactamente que era lo que me sucedía. 

Soy hija única de padres dedicados a la medicina, desde que tengo uso de razón siempre los veía ayudando a los demás y viajando a cualquier zona o lugar del planeta donde ellos eran necesarios. Pero nunca vi nada extraño en ellos, no creia que ellos les pasara lo que a mi, ni que tuvieran Rosi dones, poderes, capacidades o como deseen decirlo, simplemente ellos eran normales y no unos fenómenos como me consideraba. Así que decidí no decirles nada de lo que me pasaba no quería por nada del mundo preocuparlos. Así que decidí vivir lo más normal y tranquila posible, me dediqué a la medicina como ellos, con la diferencia que terminé mi carrera profesional muy rápido, soy considerada una genio, por lo que a mis 21 años ya era toda una Doctora y científica. Justamente en la ciencia es donde he podido canalizar toda mi energía y aprendí a preparar pociones para todo, tuve que aceptarme tal como soy. 

Pero hace un par de años algo sucedió que cambió por completo mi vida entera. 

Recibí una llamada de mis padres pidiendo que regrese pronto a casa pues necesitaban hablar conmigo y que contaban con muy poco tiempo para hacerlo. 

Llegue a mi hogar tan amado lo más pronto que pude, debo confesar qué amo mi casa, allí es donde he vivido los momentos más felices de mi vida, todos los rincones de mi casa están llenos de recuerdos y aún me emocionó cuando vuelvo. 

Mamá, papá empecé a gritar aquí está ay consentida, pero ellos no me recibieron con sus sonrisas y abrazos como me tenían acostumbrada. Estaban serios, preocupados, su semblante era sombrío pero al mismo tiempo estaban llenos de un brillo tan extraño, podría jurar qué hasta los vi más jóvenes y bellos, lucían un aura imponente. Los miré y pregunte luego de decirles con mi acostumbrada forma de ser y tratarlos lo bellos que se veían. Ellos al fin me regalaron una sonrisa y me dijeron que me siente qué tenían que hablar conmigo algo realmente importante que no podía esperar más. 

Solo atiné a sentarme y esperar a escuchar lo que tenían que decirme, pero debo confesar que a pesar de mi aparente calma, sentía mucho temor sobre aquello que mis padres me tenían que revelar 




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