Dioses de la penumbra

Vísceras

Cuando la distancia entre nosotros y la ciudad de los gigantes era mínima Mors mandó que disminuyéramos nuestra velocidad con el fin de incrementar nuestra cautela y no cayéramos en alguna trampa predispuesta por nuestros enemigos.  Desde esa distancia era claro que Eversor estaba envuelta en una calma inédita porque a pesar de que no contaba con una actividad sobrepujante como Mors era indiscutible que lucía más pasiva que de costumbre.

Gehenna y yo caminábamos lado a lado ya que ninguno de los dos quería perder la oportunidad de participar en la vendetta de cada uno.

-Necesito decirte algo Kemper – me expreso repentinamente.

-Hazlo con completa libertad – le dije mirándola a los ojos.

-Júrame que, si me matan antes de ejecutar a Barnett, tú lo harás por mí. ¡Júramelo!

-No digas eso, yo te cuidare las espaldas para que nada impida que puedas asesinarlo. Pero sí así fuera yo personalmente lo desmembrare con mis propias manos – Ailaan puso su mano en mi hombro como muestra de que confiaba totalmente en mí.

Antes de que lograra corresponder a su gesto Mors dio la orden de derribar la puerta principal de la ciudad. Varios de sus hombres acometieron la puerta con un ariete preparado especialmente para la ocasión hecho del material más sólido del planeta y que en la punta tenía grabado una esfera encerrada en un cubo, el símbolo de su Dios Tenebris, y que Abaddón había profanado conspicuamente desde hace mucho tiempo. Por un momento pensé que la puerta resistiría las embestidas de la horda, pero cuando menos lo preví dio un crujido y ante mi pasmo cayo estrepitosamente. En cuanto se desplomo todos fuimos testigos de algo definitivamente delirante: Abaddón sentado en un trono y coronado con una tiara, entretanto sus dieciséis hijos lo flanqueaban, al tiempo que portaban pequeñas coronas. Frente a ellos todos los novus permanecían de pie con Jezebel, Barnett y todos los adeptos.

-Nada de lo que hagas me dañara – acoto Abaddón.

-Has caído en la locura hermano y por eso es urgente que te aniquile. Después de que te extermine de las formas más dolorosas asolare toda tu ciudad sin dejar piedra sobre piedra.

-Nunca quisiste darte cuenta.

- ¿De qué, de que sufres una demencia que te carcome?

-Que soy el Dios de la penumbra.

-La penumbra le pertenece a Tenebris y él me ha enviado a matarte.

Mientras Mors decía esto levantaba su mano como señal para que fueran lanzadas las arañas mortis directamente al cuerpo de Abaddón. Los encargados de hacerlo no dudaron ni un segundo en la apremiante tarea que tenían que realizar. Una lluvia de mortis surcaron el aire, pero él no se movió ni hizo el esfuerzo por repeler el ataque. Nunca olvidare la escena: decenas de arañas venenosas adheridas a su cuerpo grotesco traumatizando todo punto en el que se enganchaban.

Supuse por un segundo que todos sus hijos decidirían morir igual que él, pero ante el ataque contra su padre todos se movieron enfilándose hacia las hordas. Uno de ellos, a pesar de que su movilidad estaba disminuida, intento aporrear y pisar a los que disparaban las mortis. Lo único que consiguió fue una tormenta de arañas sobre su cara que, para mi sorpresa, no demoraron en herirlo de gravedad. En cuanto fue derribado los hombres de Beleb lo agredieron con sus dagas descarnadoras y fue desollado rápidamente por varios de ellos, entretanto otros más arrancaban pedazos de su carne con gran agilidad.

Cuando los novus vieron esto corrieron despavoridos, entre ellos reconocí a Kelly y Grace que se dirigían hacia nosotros. Si hubiese sido por Gehenna las hubiera asesinado en el acto, pero el mandato de Mors era estricto: ningún novus tendría que morir. Ailaan se acerco de inmediato para resguardarlas, pero cuando ellas vieron que se aproximaba huyeron en sentido contrario. En medio de blasfemias y maldiciones Gehenna no tuvo otra opción que apresurarse para evitar que fueran lesionadas. En tanto trataba de salvarlas avizoré a la distancia a Barnett esforzándose por ocultarse detrás de uno de los hijos de Abaddón. No lo dude ni un segundo, me dirigí con gran furia hacia él, pero vislumbro que lo atacaría y entonces emprendió la fuga. Cuando me encontraba a pocos pasos de él le grite:

- ¡No corras! Sé hombre y muere como tal – detuvo su marcha volteándome a ver con rabia.

-No te tengo miedo Kemper. Antes de que llegaras a Fratum sabía lo que eras y, ¿quieres saberlo?, me das risa con tu historial de asesino, igual que Ailaan. Antes que ustedes nacieran yo y Ot ya desollábamos por diversión, así que no tengo ninguna razón para temerte. ¡Ven, atácame! – no tuvo que reiterarme su deseo. Arremetí contra él con la espada de doble filo que Beleb nos proporciono, mientras él procuraba herirme con su daga curva de caza que nunca soltaba ni a sol ni sombra y con la que degolló a muchos corderitos, y a otros tantos solo por pasar el rato.

Debo reconocer en honor a la verdad que Barnett no era ningún novato en el manejo de su daga y, en consecuencia, me causo numerosas heridas que me hicieron gruñir de intenso dolor, y por cada laceración que me hacia su confianza aumentaba y sus burlas también. Quizás fue mi dolor o mi furor, o ambos, pero solo vi cuando Gehenna clavaba fúricamente su daga en el abdomen de Barnett haciendo un surco de arriba hacia abajo y causando que sus vísceras se vaciaran completamente en el piso. Aún no salía de su asombro cuando Gehenna ya lo degollaba sin piedad.                




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