Un ramo de peonias fue depositado en mis manos.
No supe de dónde las había sacado Solian; solo supe que en ningún instante me soltó, ni me bajó de sus pies al entregármelas.
—Cuarenta y seis peonias —me hizo saber—. Una más por la carta de hoy.
Su mano guio la mía sobre el ramaje. Eran reales. La textura inconfundible de los pétalos me lo dijo sin necesidad de confirmarlo.
—¿Peonias en invierno? —pregunté con asombro.
Sabía que, tras el fin del otoño, podían conservarse por unos días más… pero él se había tomado la molestia de guardarlas, de cuidar cada flor. Todo, solo por mí.
El corazón volvió a latirme con fuerza, como si no supiera qué hacer con tanta ternura inesperada.
—Las guardé. Las conservé con esmero para este día, para ti —confesó con una solemnidad que calentó el aire entre nosotros—. Fue un gusto hacerlo, porque me recuerdan a ti. No solo por tu nombre, si no por la belleza de ellas que se asemejan a ti. Tan frágiles, sin embargo, son todo lo contrario.
Callé. Me quedé acariciando los pétalos, sintiendo cómo la endeblez de aquellas flores despertaba otra, más honda, en mí. Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Y sentí miedo.
Miedo de no poder estar a la altura. De que mis inseguridades me impidieran avanzar. De no ser suficiente, ni para él, ni para mí misma. Aunque, si era honesta, temía más por él.
—Yo… —quise decirle que sí. Que deseaba intentarlo, aunque fuera una vez, aunque me temblaran las piernas. Pero…—Las flores, imagino que son hermosas, como todas las peonias. Aunque, Solian, yo… no puedo hacer esto. Lo siento.
No sentí tanto dolor al escuchar el diagnóstico que me condenó a la ceguera como el que me atravesó al bajarme de sus zapatos. Fue un desprendimiento. Como si me arrancaran de un lugar cálido y sin gravedad para lanzarme, de nuevo, al peso del mundo.
Apreté el ramo contra el pecho y me alejé sin mirar atrás. Corrí hacia la casa con la garganta cerrada, sin saber si era el frío, la agitación o algo más profundo lo que me asfixiaba.
Extendí la mano, tanteé la puerta, la abrí y la cerré de golpe. Me dejé caer en el suelo, como quien ha perdido una batalla silenciosa. Permanecí allí, temblando, sin oír pasos tras de mí. Ni su voz.
Tal vez no me siguió porque entendió. Tal vez porque dolía menos así.
—¿Peonia? —la voz de mi madre me arrancó del silencio.
Me incorporé de prisa, intentando componerme. Como si eso bastara.
—¿Estás bien? Vi que estabas con Solian y luego…
Un sollozo escapó de mi pecho antes de que pudiera evitarlo.
—¿Por qué tuvo que ser así, mamá? ¿Acaso hice algo malo? ¿Es esto un castigo, vivir en la oscuridad? —mis palabras se quebraron con mis lágrimas.
—No, amor. No digas eso —su voz fue todo lo que necesitaba oír, aunque no lo suficiente para aliviarme. Se detuvo junto a mí y me rodeó con los brazos—. No es culpa tuya, Peonia.
—¡Claro que sí! Algo tuve que hacer… ¿por qué, si no, no puedo ser feliz? ¿Por qué así?
—La vida a veces nos hiere sin razón —expresó mientras acariciaba mi cabello—. Pero aquí estamos, contigo. Tienes a quienes te aman, cariño. Y más allá de lo que no puedes ver, estás entera.
No respondí. Ni todas las palabras dulces ni las más crueles habrían bastado para describir el vacío que sentía. Tampoco para llenarlo.
Llevaba años haciéndome las mismas preguntas. ¿Por qué creí que, esta vez, obtendría respuesta alguna?
Permití que mi madre me consolara un momento más. Luego, con un suspiro mudo, subí a mi habitación. No pasó mucho antes de que Gloria irrumpiera, como siempre, con su risa escandalosa y sus pasos sonoros. Traía la ropa en los brazos como si se tratara de una ofrenda, y comenzó a describírmela sin pausa apenas cruzó la puerta.
Pronto se calló. Debió haber notado mi estado.
—¿Por qué no te has duchado y tienes ese aspecto de haber sido atropellada por un camión? Especialmente en la espalda, que está tan encorvada.
Solté una pequeña risa. Me imaginé su ceño fruncido, su mirada inquisitiva.
—Porque no quiero salir.
—Es Nochebuena —replicó con firmeza—. Hay que recibir el año como se debe: guapas y felices. Además, ya son las cinco.
¿Las cinco?
—Dios, no he ayudado a mamá con la cena —me puse de pie, de un salto.
No llegué lejos. Las manos de Gloria, siempre más firmes que lo esperado, tomaron mi rostro con delicadeza.
—¿Has estado llorando?
No podía mentirle. Gloria me conocía como nadie.
—Sí. Mucho.
Nos sentamos en la cama. Ella no dijo nada al principio.
—¿Solian? —preguntó al fin—. ¿Te hizo algo?
Ya estaba de pie, como dispuesta a salir a buscarlo. La detuve tomándola de su muñeca, o tal vez parte de su antebrazo. No supe con exactitud.
—No. Más bien fue al contrario. Yo…