¿Qué demonios está pasando?
Siento un peso insoportable sobre el pecho, como si los escombros de una casa entera me hubieran sepultado. Cada respiración es una batalla perdida; el aire quema al entrar. Mi vista es un caos de manchas borrosas que bailan ante mí.
Gritos. Escucho gritos de auxilio desgarradores que se clavan en mi cabeza como agujas.
Trato de enfocar. Hay sangre. Mucha sangre manchando el suelo, y el resplandor anaranjado del fuego consumiéndolo todo. Alguien me habla, una voz urgente y lejana que me ordena levantarme, pero mi cuerpo se niega a obedecer. Mis piernas son peso muerto. El caos es absoluto. La gente corre, se empuja, huye del terror...
¡¿Cómo llegamos a esto?!
[Día antes]
El impacto contra el suelo de madera me sacó del sueño de golpe.
—¡Arriba, Sora! —La voz de mi abuelo retumbó desde la puerta.
Me queje, frotándome el hombro adolorido por la caída de la cama.
—¿Es necesario hacer tanto escándalo antes de que salga el sol, abuelo?
—¡Ja! Deja las quejas, muchacho. El sol no espera y el enemigo tampoco. Un Guren necesita disciplina física y mental. No puedes pasarte la vida durmiendo.
—Créeme que, si pudiera, lo haría. Al menos hasta las ocho.
Suspiré, resignado. Sabía que discutir era inútil. Me puse en pie para enfrentar el régimen diario.
El entrenamiento de mi abuelo, Raiku, no era un juego. Eran horas interminables de repeticiones diseñadas para romperte y volverte a armar: equilibrio, agilidad, y una concentración tan afilada que dolía. Pero sobre todo, el manejo del arma. No se trataba solo de golpear; era entender el flujo del combate, el juego de pies, la precisión quirúrgica de un corte.
Horas después, mis músculos ardían.
—Abuelo, por favor —jadeé, dejándome caer sobre la tierra del patio de entrenamiento—. Llevamos todo el día en esto. Mis brazos van a desprenderse.
—¿De qué hablas? —Raiku me miró con una ceja levantada, sin una gota de sudor—. Apenas terminamos el calentamiento.
Solté un gemido lastimero. Fue entonces cuando escuché la voz burlona a mis espaldas.
—¿Besando el suelo otra vez, Sora? Te estás volviendo predecible.
Me giré. Ryū estaba allí, mi amigo y la piedra en mi zapato desde que tengo memoria. Me tendió una mano con esa media sonrisa de suficiencia que siempre me daban ganas de borrarle de un puñetazo.
—Gracias por la preocupación —dije, aceptando su mano y poniéndome en pie con un tirón brusco.
—No es nada. —Ryū se volvió hacia mi abuelo y su tono cambió a uno de respeto instantáneo—. Disculpe la interrupción, Maestro Raiku. Es un honor verlo hoy.
—Deja las formalidades, Ryū. Te he limpiado los mocos desde que eras un niño. No necesito que el heredero de los Shiranui me trate de "usted". ¿Cómo está el viejo Hikaru?
—Sigue igual. Un poco más gruñón, quizás, y quejándose de las rodillas. —Ryū mantenía su postura impecable. Siempre era así: un pilar con los mayores, pero un sarcástico insoportable cuando estábamos solos.
—Bien —dijo mi abuelo, aplaudiendo una vez para llamar nuestra atención—. Sora, deja de pensar en la inmortalidad del cangrejo. Ya que Ryū está aquí, hagamos esto interesante. Combate con espadas de madera.
—El cangrejo es inmortal?
Ryū desenvainó su bokken con un movimiento fluido.
—Excelente idea. Quizás hoy sí logres tocarme, Sora.
Sentí que la sangre me subía a la cara.
—Sigue hablando, Ryū. Hoy es el día en que te tragarás tus palabras y admitirás que te he superado.
Mi abuelo sonrió, una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos. Había algo más en su mirada, una evaluación fría.
—Muy bien. Muéstrenme qué han aprendido.
Ambos tomamos posiciones. El aire entre nosotros se volvió pesado, cargado de años de competencia. Yo opté por una postura ofensiva, baja, lista para saltar. Ryū, como siempre, adoptó una defensa impenetrable, esperando mi error.
—¡Comiencen!
El primer choque de las espadas de madera sonó como un disparo de rifle. La vibración me recorrió los brazos hasta los hombros. El impacto fue tan fuerte que el polvo del suelo se levantó en un círculo a nuestro alrededor.
No le di respiro. Lancé una ráfaga de ataques rápidos, buscando cualquier hueco en su guardia. Arriba, abajo, finta a la izquierda, golpe a la derecha. Ryū los bloqueaba todos con una calma exasperante.
—¡Vamos, Ryū! —le grité entre dientes, frustrado por su muro defensivo—. ¿Vas a pelear o viniste a practicar cómo ser una estatua?
—No necesito moverme si tus ataques ni siquiera me despeinan —respondió él, sin perder el ritmo de los bloqueos.
Maldito seas.
Apreté los dientes. Sentí el calor nacer en mi estómago, expandiéndose hacia mis extremidades. No era solo sudor; era mi energía interna despertando. La madera de mi espada comenzó a humear, y pequeñas lenguas de fuego carmesí lamieron la superficie del arma.
—Apenas estamos calentando —gruñí—. ¡Ahora va en serio!
La sonrisa de Ryū desapareció, reemplazada por una concentración absoluta. Sus ojos reflejaron un brillo gélido.
—Bien. Entonces dejaré de contenerme.
El aire alrededor de Ryū cambió. No se sentía caliente como el mío; se sentía seco, abrasadoramente puro. De sus manos y su espada brotó una llama azul, intensa y silenciosa.
El siguiente choque fue brutal.
Cuando mi fuego rojo impactó contra su fuego azul, no sonó como madera golpeando madera. Sonó como una explosión de gas. Las espadas de entrenamiento comenzaron a carbonizarse al instante.
Sentí un golpe seco en la boca y el sabor de la sangre. Me tambaleé hacia atrás, limpiándome el labio partido. Miré a Ryū. Él también sangraba de la frente, pero su fuego azul seguía ardiendo con una estabilidad aterradora.
—¿Eso es todo? —jadeé, escupiendo sangre al suelo, que reacciono al contacto con mi propia temperatura corporal—. Apenas sentí calor.
Editado: 31.07.2026