Distritos De Acero Y Fuego

El primer despertar

Mi cuerpo se sentia pesado. El dolor palpitaba en mi cabeza con el ritmo de un tambor de guerra. Quise abrir los ojos, pero los párpados me pesaban. Solo distinguía manchas naranjas y negras: fuego y humo.

​Una mano pequeña me tomo del hombro con desesperación.

—¡despierta!, despierta, por favor!

Era la voz de un niño la que me trajo de vuelta. Abrí los ojos, luchando contra el mareo. Era él. El niño que había salvado. Su rostro estaba sucio lleno de lágrimas que recorrian por toda su cara.

​El infierno había descendido sobre la tierra. El calor era asfixiante. El olor a carne quemada y madera se me pegó hasta la garganta. Intenté incorporarme, pero un gemido se me escapó. Todo me dolía.

​—El... el pueblo...

​El niño sollozó y señaló con un dedo tembloroso hacia el centro de Rin'mura.

—Hombres con armaduras... los estan matando a todos.

​La rabia fue un combustible más potente que el dolor. Me obligué a ponerme de pie, tambaleándome como un borracho. Tenía que encontrar a mi abuelo. Tenía que encontrar a Ryū.

​—Tenemos que salir de aquí —le dije al niño, escupiendo sangre—. ¿Puedes correr?

​—S-sí... creo que sí.

​—Escúchame bien. Yo voy a hacer ruido. En cuanto vengan por mi, tú corres y te escondes. No mires atrás. ¿Entendido?

​El niño asintió, aterrorizado.

​—¡Corre!

​Me abalancé contra los primeros soldados que vi entre el humo, gritando para atraer su atención. Aún me sentia aturdido y mi espada de madera, dañada, noresistiria mucho.

​Al primer impacto contra la armadura de un soldado, la madera estalló en mil pedazos. Me quedé con el mango inútil en la mano.

​—Mala idea muchacho—murmuro.

​El soldado se giró, sonriendo bajo su yelmo.

—¿Eso es todo, chico? Tienes agallas, lo reconozco. Pero hasta aquí llegaste.

​La hoja de su espada bajó buscando mi cuello. Cerré los ojos, esperando mi fin.

Ni siquiera pude despedirme...

​El sonido de un impacto metálico resonó, seguido de un crujido.

​Cuando abrí los ojos, el soldado había volado contra una pared cercana, quedo inconsciente. Frente a mí, una figura familiar envuelta en un aura de calor sofocante.

​—Abuelo...

​—¿Cuántas veces te he dicho que no te confíes, Sora? —Raiku me miró con seriedad, aunque vi el alivio en sus ojos—. ¿Y pretendías pelear con eso?

​—Pensé seria mi final —admití, dejándome caer de rodillas.

​—Toma. —Me lanzó una espada pesada, de acero oscuro, que había tomado del soldado caído—. Esta no se romperá tan fácil. Úsala.

​La empuñadura esta fría, pero se sentía bien en mis manos. Mucho más letal que la madera.

​—Vamos, Sora. Esto aun no ha terminado.

​Raiku se movió primero. Era un espectáculo aterrador. Hacía honor a su viejo apodo de "Inferno". Sus ataques eran feroces, cada golpe llevaba el peso de una montaña. No solo cortaba; aplastaba. Los soldados caían uno tras otro como simples muñecos de trapo.

​De repente la tierra empezo a temblar… algo grande se acerca.

​Se escuchaban crujidos secos avanzando hacia nosotros cada vez mas lento.

​Pasos pesados que hacían vibrar los dientes. Algo enorme se acercaba entre la cortina de humo.

​—¡Abuelo! —grité, señalando la silueta masiva que se aproximaba.

​Un ogro. De al menos tres metros de altura, con piel grisácea y colmillos que sobresalían de su mandíbula inferior. Llevaba un tronco de árbol como garrote.

​—Maldición —masculló mi abuelo—. Esto se va a complicar. Sora, flanquéalo por la izquierda. Yo tomaré la derecha. ¡Ahora!

​El ogro rugió y descargó su garrote. Nos separamos justo a tiempo. El impacto abrió un cráter, enviando pequeños trozos de roca en todas direcciones.

​Corrí por la izquierda, esquivando los escombros. Con la espada de acero en mano, busqué los tendones de su pierna. Lancé un tajo.

​El acero rebotó contra la piel del ogro como si fuera piedra. No le cause ningun rasguño. La bestia gruñó, molesto más que herida, y lanzó un golpe con su puño. Me tiré al suelo, sintiendo el viento de su golpe pasar sobre mi cabeza.

​Mi abuelo, por otro lado, estaba esquivabando los golpes devastadores por centímetros, contraatacando con tajos cargados de fuego rojo que sí lograban cortar la dura piel. El olor a carne quemada llenó el aire.

​El ogro, centró su atención en mí.

​—¡Sora, cuidado!

​Intenté levantarme, pero el dolor en mi hombro me lo impidio. El ogro levantó el pie para aplastarme. Rodé hacia un lado, pero la onda de choque me lanzó contra una pared. Mi visión se empezaba a nublar.

​—¡No te atrevas a tocar a mi nieto! —rugió Raiku, clavando su espada en la espalda del monstruo para distraerlo.

​El ogro aulló y giró violentamente, sacudiéndose, mi abuelo cayó de pie pero jadeando.

​Era el momento. El ogro estaba de espaldas, distraído.

​Me puse en pie, ignorando el dolor que gritaba en cada fibra de mi cuerpo. Apreté la empuñadura de la espada hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Sentí el calor en mi estómago, esa chispa que mi abuelo me había enseñado a cultivar.

​No soy solo un chico con una espada. Soy fuego.

​Las llamas rojas brotaron de mis brazos, envolviendo la hoja de acero. Comencé a correr, y luego a girar.

​—¡Vórtice Carmesí!

​Me convertí en un tornado de fuego y acero. Impacté contra la curvatura de la rodilla del ogro, justo donde la piel era más fina. El calor y la fuerza centrífuga lo atravesaron.

​El ogro soltó un grito de dolor que heló la sangre y colapsó, cayendo como una torre derrumbada. El suelo retumbó una última vez.

​La llamas se apagaron. Caí de rodillas, exhausto.

​[Perspectiva de Ryū]

​Las palabras de Raiku me habían dejado helado, pero la explosión que siguió me sacó de mis pensamientos.

​Corrí hacia el pueblo, con el corazón en la garganta. Al llegar, la escena era horrible. Vi a un guardia acorralando a una familia. La sangre me hirvió. Sin pensar, me dirigi contra él con mi espada.



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En el texto hay: fantasia, novela ligera, anime

Editado: 23.08.2026

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