Hay decisiones que duran un instante.
Otras duran toda una vida.
En Abnegación enseñaban que las mejores eran aquellas que se tomaban pensando en los demás, nunca en uno mismo. Que el sacrificio era una virtud. Que la humildad debía llevarse como una segunda piel. Que destacar era un acto de egoísmo.
Ennya llevaba dieciocho años intentando creerlo.
Aquella mañana, sin embargo, el gris de su ropa le pesaba más de lo normal.
El cielo apenas comenzaba a teñirse de un azul pálido cuando abrió los ojos. Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo desnudo de su habitación. Era la última vez que despertaría ahí sin saber quién sería al terminar el día.
La última vez que todo seguía siendo sencillo.
O, al menos, fingía serlo.
Se incorporó despacio y dejó que sus pies tocaran el suelo frío. El silencio de la casa era el mismo de siempre, casi sagrado, pero aquella quietud ya no conseguía tranquilizarla. Sentía algo distinto, una presión instalada en el pecho desde hacía semanas.
No era miedo.
Era expectativa.
Y eso era incluso peor.
Frente al pequeño espejo del pasillo apenas tuvo unos segundos para verse. En Abnegación los espejos existían por necesidad, nunca por vanidad, y el tiempo frente a ellos era un lujo innecesario.
Aun así, fue suficiente.
Sus ojos cafés devolvieron una mirada inquieta. Un mechón oscuro escapaba detrás de su oreja y la expresión seria con la que intentaba convencerse de que todo saldría bien no lograba ocultar el temblor de sus manos.
Respiró hondo.
—Solo es un día —susurró para sí.
Pero ambos sabían que era mentira.
No era un día.
Era el día.
Las calles de Abnegación parecían idénticas a cualquier otra mañana. Casas sencillas. Jardines cuidados. Personas caminando sin hacer ruido, como si incluso las conversaciones fueran un exceso.
Ennya caminó junto a su familia con las manos entrelazadas frente al cuerpo, imitando la postura tranquila que había aprendido desde niña.
Por fuera era una hija ejemplar.
Por dentro...
Por dentro llevaba semanas imaginando cómo sería saltar a un tren en movimiento.
Aquello la hizo fruncir el ceño.
"¿Qué demonios estoy pensando?"
Ni siquiera conocía Osadía más allá de las historias.
Personas que reían demasiado fuerte.
Que se lanzaban desde edificios.
Que llevaban tatuajes.
Que peleaban por diversión.
Todo lo contrario a Abnegación.
Y, aun así...
Cada vez que intentaba imaginar su futuro, el gris desaparecía.
El edificio donde se celebraba la Ceremonia de Elección estaba repleto.
Las cinco facciones ocupaban su lugar como piezas de un rompecabezas imposible.
Verdad.
Erudición.
Cordialidad.
Osadía.
Abnegación.
Cinco formas distintas de entender el mundo.
Cinco caminos.
Solo uno podía elegirse.
Ennya sintió un nudo en el estómago cuando la llamaron por su nombre.
Su respiración se volvió pesada.
Cada paso hacia el centro de la sala resonó con demasiada fuerza.
El cuenco de brasas desprendía un calor sofocante.
La mujer encargada de la ceremonia le entregó el cuchillo.
Era ligero.
Más de lo que esperaba.
Lo sostuvo con firmeza mientras observaba las cinco vasijas frente a ella.
Arena.
Agua.
Carbón.
Vidrio.
Piedra.
Cinco destinos.
Su mano tembló apenas un instante.
Pensó en su familia.
Pensó en todo lo que dejaría atrás.
Pensó en aquella prueba de aptitud.
En las palabras de la evaluadora.
"Tus resultados no son concluyentes."
"Debes guardar esto en secreto."
"Eres... divergente."
Todavía podía elegir quedarse.
Podía fingir.
Podía volver a sentarse junto a su familia y continuar viviendo como si nunca hubiera sentido que algo dentro de ella empujaba en otra dirección.
Pero entonces recordó otra cosa.
El vértigo.
La libertad.
El tren.
Historias que nunca había vivido y, sin embargo, parecían llamarla desde hacía años.
Apretó el mango del cuchillo.
Y, antes de que pudiera arrepentirse...
La hoja atravesó la piel de su palma.
Una gota de sangre cayó lentamente.
Después otra.
Y otra.
No sobre las piedras de Abnegación.
Sino sobre las brasas ardientes de Osadía.
El fuego siseó al recibirlas.
Durante un segundo...
Nadie habló.
Luego llegaron los gritos.
—¡OSADÍA!
—¡OSADÍA!
—¡OSADÍA!
Los integrantes de la facción golpeaban las mesas con los puños, silbaban, reían y aplaudían con una energía tan desbordante que Ennya sintió que el corazón se le aceleraba por pura inercia.
Era caótico.
Ruidoso.
Escandaloso.
Y, sorprendentemente...
No quería apartar la vista.
Buscó a su familia por última vez.
Su madre sonreía con tristeza.
Su padre mantenía la cabeza alta, aunque sus ojos decían todo aquello que jamás expresaría en voz alta.
Ennya tragó saliva.
No lloró.
No podía.
Porque si daba un paso atrás...
Nunca volvería a avanzar.
Así que caminó hacia Osadía.
Hacia el ruido.
Hacia el fuego.
Sin saber que, entre todas aquellas personas vestidas de negro, había un joven instructor de apenas veinte años observando a cada nuevo iniciado con la misma expresión imperturbable de siempre.
Hasta que sus ojos se detuvieron un instante más de lo normal en la chica de Abnegación que acababa de elegir el fuego sin vacilar.
Joseph no sonrió.
Ni siquiera sabía su nombre.
Pero algo en la forma en que había levantado la barbilla después de tomar la decisión le llamó la atención.
No era miedo.
No era valentía.
Era desafío.
Y la experiencia le había enseñado que las personas que miraban al vacío con esa expresión solían ser las más difíciles de entrenar...