El bullicio de Osadía era distinto a cualquier cosa que Ennya hubiera conocido.
Apenas cruzó las puertas del edificio donde se había celebrado la Ceremonia de Elección, el silencio solemne de Abnegación quedó atrás como si nunca hubiera existido. Las risas resonaban sin pudor, alguien silbaba desde el fondo del andén y un grupo de jóvenes discutía entre empujones amistosos sobre quién había ganado una pelea la noche anterior. Todo era movimiento, ruido y energía.
Durante un instante sintió que no pertenecía ahí.
Después recordó que ya no pertenecía a ningún otro lugar.
—¡Muévanse! ¡El tren no va a esperarlos! —gritó una mujer de cabello corto y tatuajes que recorrían ambos brazos.
Los nuevos iniciados intercambiaron miradas confundidas.
—¿El tren?
No hubo respuesta.
Solo un estruendo metálico que comenzó a crecer en la distancia hasta convertirse en el rugido inconfundible de una locomotora acercándose a toda velocidad.
Ennya giró la cabeza justo cuando el convoy apareció entre los edificios. No disminuía la velocidad. Ni siquiera parecía tener intención de hacerlo.
Algunos dieron un paso atrás.
Otros se quedaron inmóviles.
—¿Pretenden subir a eso? —murmuró un chico de Cordialidad con el rostro completamente pálido.
La mujer soltó una carcajada.
—Si no pueden subir a un tren en movimiento, más vale que regresen a su facción antes de que alguien tenga que recoger lo que quede de ustedes.
Las puertas abiertas pasaron frente a ellos como un borrón.
Entonces todos echaron a correr.
Ennya sintió el aire golpeándole el rostro mientras sus piernas reaccionaban antes que su cabeza. El suelo vibraba bajo sus pies y el tren parecía avanzar más rápido con cada segundo. A su alrededor, varios iniciados intentaban alcanzar los vagones sin éxito.
"No pienses."
"Solo corre."
Cuando estuvo lo bastante cerca, extendió el brazo y alcanzó una de las barras metálicas de la entrada. El impacto estuvo a punto de arrancársela de la mano, pero apretó los dedos con todas sus fuerzas y se impulsó hacia arriba.
Durante un segundo quedó suspendida en el aire.
Después cayó de rodillas dentro del vagón.
El golpe le arrancó una mueca de dolor.
Apenas tuvo tiempo de incorporarse cuando una mano apareció frente a ella.
—Buen salto.
Ennya levantó la vista. Un chico de Erudición, de cabello oscuro y gafas redondas, le ofrecía ayuda para ponerse de pie.
—Gracias.
Aceptó el gesto y se incorporó mientras intentaba recuperar el aliento.
El resto del vagón estaba lleno de respiraciones agitadas, risas nerviosas y expresiones de incredulidad. Algunos seguían mirando hacia la puerta abierta con la esperanza de ver subir a más iniciados antes de que el tren acelerara todavía más.
No todos lo lograron.
El silencio que dejó esa idea fue breve, porque casi de inmediato alguien gritó desde el techo del vagón:
—¡Prepárense! ¡El siguiente salto es mucho más divertido!
Las palabras fueron seguidas por vítores.
Ennya frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir con "el siguiente salto"...?
Nadie respondió.
El tren comenzó a reducir la velocidad solo lo suficiente para atravesar una zona elevada de la ciudad. Desde la puerta abierta alcanzó a distinguir edificios de concreto iluminados por enormes reflectores y, más adelante, una azotea donde varias figuras esperaban inmóviles.
Una por una.
Como estatuas.
Vestidas completamente de negro.
El tren apenas disminuyó la marcha.
Los miembros de Osadía empezaron a saltar.
Sin pensarlo demasiado, los iniciados los imitaron.
Ennya llegó al borde del vagón y miró hacia abajo.
La altura le comprimió el estómago.
No alcanzaba a distinguir qué había debajo del edificio.
Solo oscuridad.
—¿Hay alguien abajo? —preguntó, sin apartar la vista del vacío.
Un hombre de barba corta, que acababa de aterrizar junto a ella tras saltar desde otro vagón, sonrió con descaro.
—Espero que sí.
Y se lanzó.
Ennya abrió los ojos como platos.
—¡¿ESO ES TODO LO QUE TENÍAS PARA DECIR?!
El hombre ya no podía escucharla.
Respiró profundamente.
Una parte de ella le gritaba que retrocediera.
La otra...
La otra recordaba exactamente por qué había elegido Osadía.
Dio un paso al frente.
El viento le revolvió el cabello.
Y saltó.
El vacío la envolvió de inmediato. El corazón golpeaba con tanta fuerza contra su pecho que apenas podía distinguir el sonido del aire silbando junto a sus oídos. Por un instante eterno no hubo suelo, ni edificios, ni voces; solo la sensación de estar cayendo hacia lo desconocido.
Entonces algo amortiguó el impacto.
Una red.
Rebotó una vez, dos veces, antes de quedar completamente inmóvil.
Varias manos aparecieron sobre ella para ayudarla a incorporarse.
—Bienvenida a Osadía.
Ennya tomó una de ellas y salió de la red todavía con el pulso acelerado. Apenas puso ambos pies sobre el suelo, levantó la vista para agradecer... y se encontró frente a un joven de cabello oscuro, ligeramente más alto que ella, vestido con la misma ropa negra que el resto, aunque había algo distinto en su postura. No necesitaba levantar la voz para imponer respeto; bastaba con la seguridad con la que permanecía de pie mientras observaba a cada iniciado.
Tenía los brazos cruzados y una pequeña cicatriz asomaba cerca de su mandíbula. Sus ojos recorrieron a Ennya apenas un segundo, como si la estuvieran evaluando, antes de asentir casi imperceptiblemente.
—Buen aterrizaje.
Su voz era grave, tranquila.
No sonaba impresionado.
Tampoco amable.
Solo objetiva.
Ennya arqueó una ceja.
—Supongo que eso significa que no me rompí nada.
Por primera vez, una sombra de diversión cruzó el rostro del joven.