El edificio de Osadía no se parecía a nada que Ennya hubiera imaginado.
No era elegante ni especialmente imponente. Era una estructura de concreto ennegrecido por el tiempo, atravesada por pasarelas metálicas que conectaban distintos niveles como si hubieran sido añadidas sin seguir ningún plano. Tuberías recorrían las paredes desnudas y enormes ventanales dejaban entrar la luz gris de la tarde, iluminando partículas de polvo suspendidas en el aire.
Todo parecía construido para resistir golpes.
O provocarlos.
Los nuevos iniciados caminaron detrás de los miembros de la facción mientras descendían por una escalera de acero que vibraba bajo el peso de decenas de personas. Cada paso resonaba con un eco metálico que se mezclaba con conversaciones, carcajadas y el sonido lejano de alguien entrenando.
Ennya no sabía hacia dónde mirar.
Había gente practicando combate en un extremo de la sala, otros lanzaban cuchillos contra una pared cubierta de marcas y un grupo escalaba una estructura de varios metros sin ningún tipo de arnés.
Todo ocurría al mismo tiempo.
Todo parecía normal para ellos.
—¿Siempre viven así? —murmuró.
—¿Así cómo? —preguntó el chico que la había ayudado a subir al tren.
—Como si cualquier momento pudiera terminar en una fractura.
Él soltó una risa.
—Todavía no llevas una hora aquí.
—Precisamente por eso lo pregunto.
El muchacho le tendió la mano otra vez, esta vez con una sonrisa mucho más relajada.
—Elías.
—Ennya.
—Ashcroft, ¿no?
Ella arqueó una ceja.
—¿Ya andas memorizando nombres?
—Solo los de quienes casi salen disparados del tren.
Ennya soltó una risa por primera vez desde que había dejado Abnegación.
—Qué amable.
—Lo intento.
No hubo tiempo para seguir hablando.
Un silbido fuerte atravesó el salón y, casi de inmediato, todas las conversaciones murieron. Los miembros de Osadía comenzaron a reunirse frente a una plataforma elevada desde donde una mujer observaba a los iniciados con los brazos cruzados.
Ennya la reconoció.
Era la misma que les había ordenado subir al tren.
A su derecha había tres instructores.
Uno de ellos era el joven que la había recibido en la red.
Joseph Mercer.
Aunque ella todavía no lo sabía.
Los tres permanecían inmóviles mientras recorrían al grupo con la mirada. No hablaban entre ellos. No hacía falta. Bastaba ver la postura que mantenían para entender que estaban acostumbrados a trabajar juntos.
La mujer dio un paso al frente.
—Bienvenidos a Osadía.
Su voz se extendió por el salón con una facilidad que obligó a todos a guardar silencio.
—Si siguen aquí es porque sobrevivieron al primer salto. Felicidades. Es el logro menos impresionante que conseguirán en esta facción.
Algunos iniciados intercambiaron miradas nerviosas.
Ella sonrió apenas.
—Durante las próximas semanas dejarán de ser quienes eran. Aprenderán a pelear, a correr, a caer y, si tienen suerte, también a levantarse.
Su expresión se endureció.
—No todos lo lograrán.
El murmullo que siguió a esas palabras fue suficiente para que uno de los instructores diera un paso al frente.
Joseph.
No necesitó levantar la voz.
La sala volvió a quedar en silencio apenas comenzó a hablar.
—Aquí no importa de dónde vienen.
Sus ojos recorrieron lentamente a los iniciados.
—No importa si nacieron en Abnegación, Erudición o Cordialidad. A partir de este momento solo importa lo que hagan.
Hizo una breve pausa.
—Las decisiones tienen consecuencias. Cada entrenamiento contará. Cada combate contará. Cada error contará.
Su mirada se detuvo apenas un segundo sobre una chica de Cordialidad que temblaba visiblemente.
—Y cada uno de ustedes decidirá si merece quedarse.
Ennya sintió un escalofrío.
No era la dureza de sus palabras.
Era la forma en que las decía.
No había amenazas.
Ni gritos.
Solo una certeza absoluta.
El hombre hablaba como quien describe el clima.
Como si la posibilidad de que alguien fracasara no fuera una tragedia, sino un hecho inevitable.
"Qué agradable sujeto...", pensó con ironía.
Joseph continuó.
—Hay reglas muy simples.
Caminó despacio frente al grupo.
—Primera.
No desafíen una orden directa durante un entrenamiento.
Segunda.
No abandonen a su equipo.
Tercera.
Si creen que saben más que un instructor...
Una ligera sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
—...demuéstrenlo sobreviviendo.
Un par de miembros veteranos soltaron una risa contenida.
Ennya cruzó los brazos.
"Arrogante."
Como si hubiera sentido el peso de aquella mirada, Joseph giró apenas la cabeza hacia ella.
Solo un instante.
Sus ojos se encontraron.
Ninguno apartó la vista.
Duró apenas un segundo.
Quizá menos.
Pero fue suficiente para que Ennya levantara ligeramente el mentón, negándose a ser la primera en bajar la mirada.
Joseph rompió el contacto visual sin mostrar reacción alguna y siguió caminando.
"¿Eso fue una prueba?", pensó ella.
No obtuvo respuesta.
—Ahora síganme.
Los iniciados comenzaron a dispersarse por el enorme edificio hasta llegar a una zona donde decenas de literas metálicas ocupaban el espacio de pared a pared.
—Este será su dormitorio —explicó otro instructor—. Elijan una cama antes de que alguien más lo haga por ustedes.
El lugar estalló en movimiento.
Ennya dejó su mochila sobre una litera cercana a una ventana alta, desde donde podía verse una parte de la ciudad.
No alcanzó a acomodar nada.
Una voz conocida resonó detrás de ella.
—Buena elección.
Era Elías.
Había dejado su mochila en la litera de enfrente.