El silbato resonó por todo el complejo cuando el sol apenas comenzaba a iluminar los edificios de la ciudad. Los iniciados salieron del dormitorio todavía adormilados, algunos intentando acomodarse la ropa sobre la marcha y otros ocultando los bostezos detrás de una expresión de falsa seguridad. La primera noche en Osadía había sido demasiado corta y demasiado ruidosa para cualquiera que hubiera crecido en una facción como Abnegación.
Ennya descendió las escaleras metálicas mientras terminaba de sujetarse el cabello. A diferencia de varios de sus compañeros, no se sentía especialmente cansada; la ansiedad había ocupado el lugar del sueño desde el momento en que puso un pie en aquella facción. Todo era nuevo, impredecible y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, increíblemente emocionante.
La explanada de entrenamiento ya estaba preparada cuando llegaron. Filas de colchonetas cubrían una parte del suelo, varios sacos de arena colgaban de una estructura de acero y, al fondo, una hilera de dianas de madera esperaba cubierta de cuchillos de entrenamiento. Era imposible recorrer el lugar con la vista sin imaginarse terminando con algún hueso roto.
—Buenos días, iniciados —dijo una voz femenina con una ironía apenas disimulada—. Espero que hayan descansado, porque será la última vez que puedan decir eso en un buen tiempo.
Algunas risas nerviosas recorrieron el grupo.
Los cuatro instructores aguardaban frente a ellos. La mujer tatuada era, evidentemente, quien dirigía aquella generación de iniciados, pero Ennya descubrió que su atención se desviaba casi por inercia hacia el hombre que permanecía a su derecha.
Joseph Mercer.
El instructor mantenía las manos cruzadas detrás de la espalda mientras observaba al grupo con absoluta tranquilidad. No buscaba intimidar; simplemente parecía analizar a cada uno como si ya estuviera imaginando cuánto tardaría en descubrir sus puntos débiles.
Ennya sostuvo su mirada apenas un instante antes de apartarla.
"No pienso darle el gusto de creer que me intimida."
—Antes de enseñarles a pelear, vamos a descubrir algo mucho más importante —continuó la mujer—. Qué tan bien responden cuando el cuerpo les pide detenerse.
Uno de los iniciados levantó la mano.
—¿Qué vamos a hacer?
La mujer sonrió.
—Correr.
Varios soltaron un suspiro de alivio.
Mercer fue el primero en romper aquella falsa tranquilidad.
—Y cuando crean que ya no pueden más... seguirán corriendo.
El silencio volvió a instalarse entre los iniciados.
La explicación fue sencilla. El circuito atravesaba prácticamente todo el complejo de Osadía. Escaleras, plataformas, pasillos elevados y varios obstáculos improvisados formarían parte del recorrido. No importaba quién llegara primero; importaba quién supiera mantener el ritmo hasta el final.
El silbato sonó.
Todos comenzaron a correr.
Ennya encontró su propio paso con rapidez. El aire fresco de la mañana golpeaba su rostro mientras avanzaba entre los primeros del grupo. No era la más rápida, pero sí una de las más ágiles. Cada obstáculo parecía invitarla a buscar una manera distinta de superarlo.
Un muro de poco más de metro y medio apareció frente a ella.
Los iniciados comenzaron a rodearlo por una rampa lateral.
Ennya apenas lo miró.
Apoyó un pie contra la pared, impulsó el cuerpo hacia arriba y pasó al otro lado con un movimiento limpio, aterrizando con ambas piernas flexionadas antes de continuar la carrera sin perder velocidad.
Escuchó un par de exclamaciones detrás de ella.
Y, apenas unos segundos después, una voz grave.
—Ashcroft.
No era un grito.
No hacía falta.
Había algo en la forma en que Mercer pronunciaba las órdenes que obligaba a escucharlo.
Ennya frenó con evidente desgana y giró sobre sus talones.
El instructor caminaba hacia ella con paso tranquilo. Ni siquiera parecía haber corrido para alcanzarla.
—¿Sí?
—¿Quién te indicó que el obstáculo se superaba así?
Ella miró el muro.
Luego volvió a verlo.
—Nadie.
—Exacto.
Esperó unos segundos, como si creyera que la conclusión era obvia.
—Regresa.
Ennya arqueó una ceja.
—Pero ya lo pasé.
—Y ahora vas a volver a hacerlo.
—¿Por qué?
Mercer la observó en silencio durante un instante. No parecía molesto. Si acaso, daba la impresión de estar confirmando una sospecha.
—Porque en un entrenamiento no estás aquí para demostrar que puedes improvisar. Estás aquí para aprender.
Ennya cruzó los brazos.
—¿Y si improvisar funciona?
—Funciona... hasta que deja de hacerlo.
Su respuesta fue inmediata.
Sin elevar la voz.
Sin un solo gesto de impaciencia.
Aquello, por alguna razón, resultaba todavía más irritante.
—Perdí tiempo deteniéndome.
—Lo recuperarás.
—No parece muy eficiente.
—No vine a enseñarte eficiencia.
Ella soltó una risa incrédula.
—Entonces, ¿qué?
Mercer dio un paso más, reduciendo la distancia entre ambos. Sus ojos permanecían fijos en los de ella, serenos, pero atentos.
—Disciplina.
La palabra quedó suspendida entre los dos.
Ennya nunca había tenido problemas con la autoridad en Abnegación. Allí las normas formaban parte de la vida cotidiana y casi nadie sentía la necesidad de cuestionarlas. Sin embargo, había algo en aquel hombre que despertaba su impulso natural de llevar la contraria.
No era soberbia.
Era la sensación de que él esperaba obediencia simplemente porque sí.
Y eso le molestaba.
Sin dejar de sostenerle la mirada, regresó hasta el muro. Esta vez utilizó la rampa lateral, exactamente como el recorrido estaba diseñado.
Cuando volvió a colocarse frente a Mercer, levantó apenas el mentón.
—¿Así está mejor?
Él asintió una sola vez.
—Mucho.
Ennya dio media vuelta con la intención de continuar la carrera, pero la voz del instructor volvió a detenerla.