El resto del entrenamiento transcurrió con una normalidad que Ennya encontraba profundamente frustrante. Después del intercambio con Mercer, había esperado algún tipo de castigo ejemplar o, por lo menos, una reprimenda delante de todos. No ocurrió ninguna de las dos cosas. Él simplemente continuó recorriendo el circuito, corrigiendo posturas, marcando tiempos y señalando errores con la misma serenidad con la que le había hablado a ella. Aquello era casi peor.
No podía dejar de pensar en la conversación mientras recuperaba el aliento junto al resto de iniciados. Había algo en ese hombre que la irritaba de una manera difícil de explicar. No levantaba la voz, no humillaba a nadie y tampoco parecía disfrutar imponiendo autoridad; sin embargo, conseguía hacer que cualquier corrección sonara como una verdad imposible de discutir.
—Tienes la misma cara que pone la gente cuando descubre que la comida de Erudición también tiene sal —comentó Elías mientras dejaba caer una botella de agua a su lado.
Ennya la atrapó por reflejo antes de desenroscar la tapa.
—¿Siempre son así los instructores?
—¿Así cómo?
—Como si hubieran nacido sabiendo todo.
Elías soltó una risa.
—No. Solo Mercer.
Ella bebió un largo trago antes de responder.
—Ya me di cuenta.
—No te lo tomes personal.
—¿Personal? Apenas llevamos un día aquí y ya encontró la manera de detenerme.
—Eso también significa que ya sabe quién eres.
Ennya levantó una ceja.
—No sé si eso sea algo bueno.
—Créeme... todavía no decides si lo es.
Antes de que pudiera responder, un silbato volvió a recorrer la explanada. Los iniciados dejaron cualquier conversación pendiente y se reunieron frente a la plataforma principal, donde la mujer tatuada aguardaba con una carpeta metálica entre las manos. A su lado permanecían los cuatro instructores, y Mercer ocupaba el mismo lugar del día anterior, inmóvil, con la vista fija en el grupo, como si fuera capaz de analizar a todos al mismo tiempo.
—Escuchen con atención —comenzó la instructora—. La iniciación de Osadía se divide en tres etapas. La primera medirá sus capacidades físicas; la segunda pondrá a prueba su control durante las simulaciones y la tercera combinará ambas cosas. Al final de cada fase habrá una clasificación general.
Un murmullo de desconcierto comenzó a extenderse entre los iniciados.
—¿Clasificación? —preguntó alguien desde la última fila.
—Exactamente. Aquí no basta con aprobar. Competirán entre ustedes desde hoy hasta el último día. Los mejores permanecerán en Osadía. Los últimos...
La mujer dejó la frase suspendida en el aire. No hizo falta terminarla. Todos conocían el destino de quienes no lograban superar la iniciación: abandonaban la facción y pasaban a convertirse en abandonados, personas sin un lugar al cual pertenecer.
Ennya sintió que el estómago se le encogía. Hasta ese momento había pensado en los entrenamientos como una sucesión de pruebas difíciles, pero aquella clasificación convertía todo en una competencia constante. Ya no bastaba con mejorar; también habría que mantenerse por encima de los demás.
La instructora dio un paso hacia un costado y Mercer avanzó para ocupar su lugar.
—Cada combate, cada ejercicio y cada evaluación otorgará puntos —explicó con la calma que parecía acompañarlo en todo momento—. La clasificación no existe para humillarlos ni para enfrentar unos contra otros. Existe para mostrarles quiénes son cuando el cansancio supera al orgullo. Algunos descubrirán que son más fuertes de lo que imaginaban; otros comprenderán que el valor, por sí solo, nunca ha sido suficiente.
Mientras hablaba, su mirada recorrió lentamente al grupo. No permanecía demasiado tiempo sobre nadie, pero cuando pasó frente a Ennya, ella tuvo la incómoda impresión de que sus ojos se detenían una fracción de segundo más de lo necesario. Fue un instante tan breve que habría podido imaginarlo, aunque la sensación permaneció incluso cuando él continuó observando al resto de los iniciados.
La explicación terminó poco después y los grupos comenzaron a dispersarse. Algunos comentaban con nerviosismo el sistema de puntuación; otros intentaban adivinar quiénes ocuparían los primeros lugares. Ennya permaneció unos segundos en silencio, mirando la enorme estructura metálica situada al fondo del salón.
—¿Qué estás viendo? —preguntó Elías.
Ella señaló con la barbilla una lona negra que cubría una placa de acero anclada a la pared.
—Eso.
Elías siguió la dirección de su mirada y sonrió con resignación.
—Ah. El tablero.
—¿Ahí van a poner la clasificación?
—Sí. Cuando empiecen los combates, todos van a pasar más tiempo mirando esa pared que entrenando.
Ennya volvió a observar la lona. Todavía ocultaba los nombres y las puntuaciones, pero bastaba con verla para comprender el peso que tendría durante las siguientes semanas. Era imposible no preguntarse en qué lugar aparecería su nombre... o si aparecería.
—No me gusta competir contra otras personas —murmuró casi para sí misma.
Elías la miró con curiosidad.
—¿No?
Ella negó despacio.
—Prefiero competir conmigo.
Él soltó una pequeña carcajada.
—Eso dices ahora.
—¿Y luego?
—Luego vas a querer subir un puesto más. Después otro. Y cuando te des cuenta, también estarás mirando ese tablero cada mañana.
Ennya no respondió. No quería darle la razón, pero tampoco podía negar que la idea de quedar por debajo de otros iniciados ya comenzaba a incomodarla más de lo que esperaba.
Desde el extremo opuesto de la explanada, Joseph Mercer observaba cómo el grupo se dispersaba poco a poco. La mayoría ya había comenzado a formar pequeños círculos; otros permanecían completamente solos, intentando asimilar todo lo que acababan de escuchar. Ashcroft, en cambio, seguía mirando el tablero cubierto por la lona con una expresión difícil de interpretar.