Divinidad De Papel

PROLOGO

El fin de un milenio de cautiverio no sonó como un estruendo celestial. Se sintió como cuando, de repente, apagan el motor de una máquina gigantesca que ha estado zumbando en tus oídos toda tu vida. Un silencio pesado, casi sordo.

En la oscuridad de la Cripta Primordial, la presión asfixiante que los obligaba a mantenerse de rodillas simplemente se evaporó. El viejo Dios había dejado el trono, y con él, el peso de su voluntad.

Varakiel fue el primero en moverse. El crujido de su cuello sonó fuerte en el silencio, seguido por el siseo de las brasas bajo su chaqueta de cuero gastada. Se frotó las muñecas llenas de cicatrices, y por primera vez, el fuego bajo su piel no le dolió; se sintió como pura adrenalina.

—Se largó —murmuró, con una sonrisa torcida asomándose—. El viejo por fin se largó.

A su lado, Adoniel se incorporó despacio, sacudiendo el polvo de su pesado abrigo de lana. Acomodó sus hombros macizos, sintiendo cómo las formaciones de obsidiana en su espalda dejaban de presionar contra el suelo de piedra. Miró hacia las inmensas puertas de la prisión. Ya no había sellos brillando sobre ellas.

—Derríbalas, Varakiel —pidió Sagiel. La energía cinética hacía temblar sus piernas debajo de su ropa deportiva, ansioso por correr por primera vez desde el inicio de los tiempos—. Vámonos de aquí.

Varakiel dio un paso al frente, con el puño ya envuelto en ceniza incandescente, pero un sonido seco lo detuvo en seco.

El golpe de una bota militar contra el suelo.

Gediel caminó hacia el centro del grupo. Cada paso de sus pesadas piernas cenizas era lento, calculado y deliberado. Se cruzó de brazos, clavando su mirada militar en el grupo.

—Nadie va a derribar nada —ordenó Gediel, con voz rasposa pero inquebrantable—. Si salimos ahora haciendo ruido como animales acorralados, llamaremos la atención de todas las legiones allá arriba.

—¿Y qué? —interrumpió Thaumiel. El rostro en su pecho permanecía oculto bajo una gruesa bufanda oscura, pero su voz bífida denotaba impaciencia—. El nuevo jefe no sabe que estamos aquí. Es nuestro momento.

—Exacto. No sabe que existimos —coincidió Zukiel, ajustando con elegancia el cristal ahumado sobre su ojo ciego—. Lo que nos da la mayor ventaja táctica que hemos tenido jamás: el elemento sorpresa. Si huimos en desbandada, lo perderemos.

Asthriel se unió a la lógica, ajustando los guantes impecables sobre sus engranajes ocultos. —Las puertas ya no están cerradas. Somos libres. Pero el mundo humano allá abajo ha cambiado. Hay nuevas reglas, nuevas jerarquías. Lucifer y el nuevo Dios han reestructurado todo. Bajar a ciegas es un error de cálculo que no podemos permitirnos.

Varakiel chasqueó la lengua, apagando el fuego de sus manos a regañadientes y metiéndolas en los bolsillos de su chaqueta. Entendió el punto. Todos lo hicieron. No eran simples bestias salvajes sedientas de sangre; eran los primeros arquitectos de la creación, y sabían que la ira sin dirección era inútil.

En lugar de cruzar el umbral hacia la luz, los Doce se sentaron en círculo en la oscuridad de su propia celda abierta.

Vistos así, no parecían la mayor amenaza del universo. Parecían un grupo de extraños marginales reunidos en una estación de metro abandonada, conspirando en voz baja. Comenzaron a trazar mapas en el polvo del suelo, compartiendo las escasas memorias y rumores del mundo exterior que se habían filtrado en su encierro durante milenios. Empezaron a planear cómo usarían sus propias imperfecciones como camuflaje perfecto en las ciudades de asfalto y neón.

El Paraíso no tembló esa noche. Los ángeles en la Ciudad Plateada siguieron con sus rutinas, ignorantes de que justo debajo de sus pies, el apocalipsis no estaba escapando. Se estaba organizando.




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