Divinidad De Papel

CAPITULO 1: ¿por que ahora?

El gis rechinó contra el pizarrón. Asta terminó de trazar el diagrama con un suspiro casi imperceptible, sacudiéndose el polvo del gis de los dedos.

—La entropía es inevitable —explicó, girándose hacia la veintena de universitarios, algunos tomando notas a medias, otros mirando el reloj—. La segunda ley de la termodinámica nos enseña que todo tiende naturalmente al caos. Sin un esfuerzo constante para mantener el orden, cualquier sistema, por más sólido que parezca, termina desmoronándose.

Una vibración seca y áspera sobre la madera de su escritorio lo interrumpió.

Asta frunció el ceño. Normalmente ignoraría cualquier notificación —odiaba perder el hilo de sus clases—, pero la pantalla iluminada boca arriba capturó su atención.

Bajó la vista. Era su hermana, Aurora. En la pantalla, solo un mensaje de texto de dos palabras:

"lux, ahora"

Asta sintió un hueco helado en la boca del estómago. Su corazón dio un vuelco antinatural y, por un microsegundo, la fachada del tranquilo y centrado profesor de física se agrietó. Una tensión brutal, un reflejo condicionado de una vida que llevaba años intentando enterrar, le agarrotó los músculos de la espalda. Un dolor agudo e invisible le punzó justo entre los omóplatos, el eco fantasma de unas alas que exigían desplegarse.

Lux. Tragó saliva en seco. Esa no era una invitación casual a tomar un trago en Los Ángeles. Nadie en su sano juicio usaría el nombre de ese club como clave a menos que las cosas estuvieran al borde del colapso. Un mensaje así, sin remitente y con ese nivel de urgencia, significaba que la entropía de la que acababa de hablar ya no era solo un tema para un examen final.

Se pasó una mano por el cabello, repentinamente abrumado, y alzó la vista hacia sus alumnos. Los chicos lo miraban en silencio, esperando a que retomara la explicación.

—Lo... lo dejamos hasta aquí —dijo de pronto. Cerró su libreta de apuntes con un golpe sordo y metió el celular al bolsillo interior de su saco con manos un poco torpes—. Lean el capítulo cuatro y cinco.

Tomó su maletín a toda prisa, sin molestarse en borrar el pizarrón.

—Profesor, ¿el reporte sigue para el jueves? —preguntó una chica desde la primera fila, confundida por el cambio de actitud.

—No habrá clase el jueves. Les enviaré un correo —respondió Asta, ya caminando hacia la salida, aflojándose el nudo de la corbata como si de repente le faltara el aire.

No se despidió. Cruzó la puerta y caminó a zancadas largas y pesadas por el pasillo de la facultad. Su vida humana y tranquila acababa de ser pausada indefinidamente.

El calor acumulado dentro del auto lo golpeó en cuanto abrió la puerta, pero Asta ni siquiera lo notó. Se dejó caer en el asiento del conductor y cerró de un portazo, aislando de golpe el bullicio del campus.

El silencio dentro del habitáculo se sintió denso y opresivo. No metió la llave en el contacto. Sus manos, que momentos antes trazaban ecuaciones con precisión, ahora se aferraban al volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¡Carajo! ¿Por qué ahora? —maldijo en voz alta, golpeando el aro del volante con la base de la palma. El plástico crujió peligrosamente bajo la presión de su frustración.

Dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el reposacabezas, y cerró los ojos con fuerza.

¿Por qué justo ahora? Habían pasado veintiún años. Veintiún malditos años desde... eso. Desde que todo el orden de las cosas se había fracturado y reescrito. Llevaba más de dos décadas bajando la guardia, construyendo una rutina insulsa y silenciosa, empezando a creerse su propia mentira: que podía ser solo un tipo normal que enseñaba física, tomaba café malo de la sala de maestros y volvía a casa a descansar.

Y ahora, un mensaje de dos palabras amenazaba con arrastrarlo de vuelta a las trincheras.

Soltó un suspiro largo y áspero, frotándose el puente de la nariz. Lo que más le jodía, lo que le confirmaba lo mucho que se había humanizado, era que su primera preocupación ante una posible crisis cósmica fuera tan absurdamente terrenal. Antes de pensar en desenfundar su Técnica o prepararse para una guerra, su mente voló directo a su departamento.

Iba a tener que llamarle rápido a un amigo para pedirle el favor de dar una vuelta por su casa. Si de verdad las cosas estaban tan mal en Los Ángeles y no volvía hoy, el gato negro iba a destrozar los muebles de la sala por pura ansiedad, y la atigrada se iba a quedar sentada frente a su plato vacío junto a la puerta, juzgándolo en silencio.

El universo está a punto de colapsar otra vez y yo estoy pensando en quién le va a dar de cenar a los gatos, pensó, soltando una risa seca, irónica y sin una pizca de humor.

Abrió los ojos. El momento de debilidad había pasado. Su mirada se endureció, guardando al profesor universitario en un rincón de su mente. Metió la llave y giró el contacto. El motor rugió, rompiendo el silencio de golpe.

Puso el auto en marcha, pero en el último cruce de la avenida, el cuerpo le pesó más que la urgencia. Giró el volante en dirección a su departamento. Necesitaba al menos un par de minutos para respirar en silencio antes de que el ruido del pasado terminara de ensordecerlo.

Al abrir la puerta, lo recibió el olor a encierro y un maullido insistente desde el pasillo. El gato negro se frotó contra sus tobillos, casi a modo de reclamo por la hora, mientras la gata atigrada lo miraba fija desde la alfombra, esperando su turno. Asta tiró las llaves sobre la barra de la cocina, dejó caer el maletín y se agachó. Soltó un suspiro largo y áspero mientras acariciaba el lomo del macho y le rascaba detrás de las orejas a la hembra. Ese ronroneo vibrando contra sus dedos era lo único que lo mantenía atado al presente, recordándole dónde estaba parado.

Se enderezó con pesadez y caminó hasta la sala. Se dejó caer en el sofá, frotándose la cara con ambas manos. El cansancio de veintiún años de simulación le cayó encima de golpe, como si le hubieran vaciado los pulmones. Cerró los ojos, intentando poner la mente en blanco, buscando solo un maldito minuto de paz.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.