Divinidad De Papel

CAPITULO 3: la paloma y la mosca.

Asta dejó escapar un suspiro lento y entrecortado. La brisa dorada acarició su rostro, y por primera vez desde que las uñas de Tauro le perforó el abdomen, sintió que el ardiente latido de la necrosis cósmica se adormecía, como si el propio aire del lugar actuara como un anestésico divino.

Sus imponentes alas rojizas, al igual que las letales alas carmesí de Aurora, y las alas sombrias de castiel, se disolvieron en polvo de estrellas y ceniza demoníaca, forzadas a retraerse hacia el interior de sus cuerpos sin que ellos lo ordenaran.

—Conque este es... el infame pueblo del Edén —murmuró Asta, sus ojos recorriendo las antiguas estructuras de piedra y los prados inmaculados con una mezcla de reverencia y recelo.

Rory se giró hacia él bruscamente, sus instintos defensivos a flor de piel al sentirse súbitamente desconectada del zumbido caótico y violento del Infierno que siempre llevaba consigo.

—¿Qué? —soltó Aurora, dando un paso hacia su hermano—. ¿Acaso sabes dónde diablos estamos, Asta? Mi radar está completamente en blanco. Es como si me hubieran cortado la conexión con mi propia esencia.

—Ese es exactamente el punto, Rory —respondió Asta. Llevó una mano a su costado herido, sintiendo una extraña paz artificial—. Algo así... El abuelo me habló de este lugar hace mucho tiempo, en uno de sus escasos momentos de franqueza. Es el punto ciego definitivo de la Creación. El ojo del huracán.

Asta avanzó un paso por el sendero de tierra blanda. La presión de ser el Ángel del Amor y la Guerra, la pesada corona de la familia Morningstar, todo parecía desvanecerse bajo la luz dorada del lugar.

—Me dijo que existía un rincón primigenio donde todo rastro de energía divina o maldita queda completamente anulado y oculto a los radares del multiverso —explicó Asta, su voz teñida de asombro—. Aquí no hay frecuencias que rastrear. Los Borradores podrían estar masacrando la galaxia de al lado y jamás detectarían nuestras firmas de poder mientras estemos pisando este suelo. Es el búnker perfecto.

Asta se detuvo y giró el rostro lentamente hacia la figura imponente de Castiel. El soldado de gabardina permanecía inmóvil, con la mirada perdida en la quietud del pueblo, como un viejo guardián que regresa a su puesto de vigilancia original tras eones de guerra.

—Pero el abuelo también fue muy claro en algo —continuó Asta, entrecerrando los ojos, evaluando a su enigmático tío bajo una nueva y abrumadora luz—. Me dijo que solo existían dos personas en toda la infinidad de la existencia que conocían las coordenadas exactas de este santuario. Contándolo a él, por supuesto.

Asta esbozó una media sonrisa carente de humor, comprendiendo por fin por qué el soldado celestial más letal de la guarnición era también el ángel que mejor sabía ocultarse de la furia del Cielo.

—Viendo que nos trajiste directamente a la puerta de entrada... —sentenció Asta, el respeto forjándose en cada una de sus palabras— asumo que tú eres esa segunda persona, tío. El custodio del Edén.

Castiel no respondió de inmediato a la acusación implícita de su sobrino. En cambio, el soldado puro se movió con una solemnidad pesada y mecánica. Su desgastada gabardina ondeó suavemente bajo la brisa dorada cuando descendió lentamente hasta hincar una rodilla sobre la tierra blanda e inmaculada.
Hundió los dedos en el suelo, dejando que la tierra primigenia y rebosante de paz se filtrara entre sus manos. Fue un gesto de reverencia casi melancólica, un contraste brutal con su naturaleza de arma forjada exclusivamente para la masacre.

—Este lugar fue concebido mucho después del desastroso fracaso del Jardín del Edén original —habló Castiel. Su voz áspera y carente de emoción humana pareció resonar no desde su garganta, sino desde los cimientos mismos de aquel plano olvidado—. Ustedes son demasiado jóvenes en la inmensidad de la creación para recordarlo. Incluso antes de que su padre reclamara el trono del Infierno, y mucho después de que cierta serpiente de gafas oscuras tentara a Eva, el Creador intentó enmendar su primer error.

Detrás de la inmensa columna de basalto, las palabras de Deluriel sobre lo que habría pasado si hubieran apoyado la primera rebelión de Lucifer quedaron flotando en el aire sulfuroso, densas como el plomo.

Miguel lentamente retiró la mano enguantada de la boca de Crowley, pero no soltó el agarre en su chaqueta. El Arcángel estratega tenía la mandíbula tan apretada que los músculos de su rostro vibraban. Su mirada militar evaluó las rutas de escape en la penumbra.

—Tenemos que irnos —siseó Miguel, y por primera vez, la arrogancia del comandante del Cielo se vio fracturada por un destello de pura paranoia—. No podemos arriesgarnos. No aquí, no ahora.

Crowley ladeó la cabeza, acomodándose las gafas oscuras que se habían descolocado ligeramente por el tirón. Sus ojos amarillos de serpiente brillaron con esa mezcla de fascinación morbosa y cinismo defensivo que usaba para procesar las crisis multiversales.

—¿En serio, pajarito? —murmuró el demonio, arrastrando las palabras con un tono peligrosamente burlón—. ¿El gran estratega de la Ciudad de Plata, el gemelo del mismísimo Diablo, le tiene un miedo tan atroz a sus propios hermanos de la vieja escuela? Pensé que la hueste celestial no conocía el pánico.

Miguel lo empujó sutilmente contra la roca ardiente, acercando su rostro al del demonio. Su voz bajó a un registro tan grave que pareció hacer eco en las fosas del Infierno.

—Escúchame bien, maldita sabandija... Esas cosas que ves ahí afuera, esos remanentes de la creación, lograron dañar críticamente a Astael. Lo emboscaron en el Lux y lo dejaron desangrándose.

Crowley se zafó del agarre con un movimiento fluido, sacudiéndose el polvo invisible de sus solapas negras. Soltó una risa seca, intentando restarle peso a la opresión que él mismo sentía en el pecho.

—Sí, bueno, un detalle trágico para el árbol genealógico Morningstar —replicó Crowley, cruzándose de brazos—. Pero seamos realistas, Miguel. El niño está atrapado en un recipiente humano, jugando al maestro de escuela y gastando su energía divina en un envase de carne. En ese estado mortal, su gracia apenas nos sobrepasa en poder a los demonios o a mi. Un cuerpo de primate es un límite biológico bastante mediocre para un Celestial. Es obvio que iba a sangrar si lo tomaban por sorpresa.




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