Divinidad De Papel

CAPITULO 2: buenos presagios

—Qué grata sorpresa, muchacho. ¿Qué haces por... —las palabras de Raphael murieron en su garganta.
Su mirada, habitualmente cálida y afable, se desvió del rostro pálido de su sobrino y se topó de golpe con las dos imponentes figuras que aguardaban en las sombras de la calle. Las gafas de lectura resbalaron ligeramente por su nariz. Raphael conocía a Asta lo suficiente como para saber que jamás cruzaría el Atlántico hasta su librería a estas horas de la noche, y muchísimo menos con esa compañía, si no fuera por una emergencia de proporciones bíblicas.

—Pasen rápido —ordenó Raphael. Hizo a un lado su tono cordial para adoptar una urgencia tajante, abriendo la pesada puerta de madera de par en par.

Los tres cruzaron el umbral. Apenas estuvieron dentro, Raphael cerró de un portazo, girando de inmediato la cerradura y echando los cerrojos pesados con un clic definitivo. Cerró también las cortinas de los ventanales con un chasquido de sus dedos.

—Muchas gracias, tío —murmuró Asta, recargándose pesadamente contra un escritorio de caoba, dejando que el aroma familiar a té negro, polvo y páginas antiguas apaciguara un poco sus sentidos.

Mientras tanto, Miguel y Rory se quedaron congelados a unos pasos de la entrada. El interior de R.A. Fell & Co. era un laberinto abrumador de conocimiento humano. Estanterías que llegaban hasta el techo se curvaban bajo el peso de miles, quizás millones, de volúmenes antiguos, primeras ediciones, pergaminos y libros apilados en un caos perfectamente organizado. Para seres acostumbrados a la fría y aséptica perfección de la Ciudad de Plata, el lugar resultaba casi asfixiante.

Miguel, fiel a su naturaleza, no tardó en recuperar su habitual arrogancia para enmascarar lo diminuto que se sentía en ese espacio. Pasó un dedo por el lomo de un polvoriento tomo de cuero y soltó una sonrisa de medio lado, observando a su hermano.

—Vaya, parece que has estado bastante ocupado acumulando polvo humano, Raphael —dijo Miguel, con un tono de burla evidente resonando en el silencio de la tienda.

Raphael (quien durante sus siglos en la Tierra había perfeccionado maneras impecables bajo la fachada del excéntrico señor Fell) se acomodó el chaleco de tartán con suma parsimonia. Cuando levantó la vista hacia Miguel, no había rastro de la sonrisa amable con la que había recibido a la puerta. Sus ojos brillaron con la fría e inamovible autoridad de un arcángel de primer nivel.

—Lo dice el ángel que hasta hace unos días estaba fregando los pisos del infierno con un cepillo de dientes

—respondió Raphael. Su voz fue absolutamente seria, afilada y cortante como el hielo.

La sonrisa de Miguel desapareció de un plumazo, apretando la mandíbula con humillación. Rory tuvo que llevarse una mano a la boca y morderse el labio para contener una carcajada, mientras Asta cerraba los ojos, agradeciendo al cielo que su tío favorito jamás hubiera perdido su toque.

Tras el tenso y cortante intercambio con Miguel, la expresión de Raphael se suavizó de inmediato al dirigir su atención hacia los jóvenes. El velo de severidad desapareció, dando paso al ángel afable de siempre.

—Mis niños... ¿cómo han estado? —les preguntó, con un tono cálido y paternal que llenó el espacio entre las estanterías. Su mirada se detuvo con especial ternura en la joven—. Sobre todo tú, Rory. Veintiún años sin verte.

La tensión en los hombros de Rory pareció disolverse por un segundo. Dejando de lado la fachada de dureza que siempre intentaba mantener, esbozó una sonrisa sincera.

—Lo sé, tío —respondió, acortando la distancia para envolverlo en un fuerte abrazo que Raphael correspondió con genuino y profundo afecto.

Sin embargo, al separarse, la aguda mirada del dueño de la librería se desvió hacia Asta. A pesar de que la chaqueta de cuero de Miguel le quedaba considerablemente holgada y cubría casi todo su torso, un pequeño fragmento de su camisa original sobresalía por debajo del dobladillo. La tela estaba empapada y pesada, teñida de un inconfundible y fresco color escarlata.

Los ojos de Raphael se abrieron ligeramente, alertados por la gravedad de la herida. Al elevar la vista, se encontró con el rostro pálido, demacrado y cubierto de una fina capa de sudor frío de su sobrino.

Asta le sostuvo la mirada. No había rastro de debilidad en sus ojos, solo una urgencia silenciosa.

—Tenemos que hablar —dijo Asta. Su voz sonó baja, áspera y desprovista de cualquier formalidad, cargando con un peso que cambió la atmósfera de la habitación al instante—. En privado.

Raphael tragó saliva, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. Conocía a la perfección esa mirada; era la misma determinación oscura e inquebrantable que Lucifer solía adoptar justo antes de que el mundo se viniera abajo. Entendió en ese preciso segundo que no se trataba de una simple visita familiar y que el problema que acababa de cruzar la puerta de su librería era de proporciones catastróficas. Asintió lentamente, en completo silencio.

Sin decir una palabra a los otros dos, Raphael guio a Asta hacia la parte trasera de la librería, adentrándose en un pequeño y abarrotado estudio privado iluminado apenas por una lámpara de escritorio. Apenas la puerta se cerró a sus espaldas, Asta rompió el silencio, sin siquiera molestarse en tomar asiento.

—Algo escapó de la Ciudad de Plata —soltó Asta de golpe, con la voz cargada de urgencia—. O, más bien, varios escaparon.

Raphael lo miró incrédulo, frunciendo el ceño levemente.

—¿A qué te refieres con "varios"?

Asta dejó escapar un suspiro pesado, apoyando una mano sobre el escritorio de caoba para mantener el equilibrio.

—Parece ser que el abuelo olvidó mencionar un pequeño detalle cuando abandonó el trono —explicó, con una mezcla de amargura y cansancio—. Ni Amenadiel, con todo su poder como Dios, ni yo, que se supone que era el heredero al trono, logramos detectar la energía de esos doce.




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