Ayla Rivero tenía una vida tan ordinaria que hasta su despertador parecía resignado a sonar cada mañana sin entusiasmo. A las 7:15, como siempre, sintió la vibración débil del móvil contra la mesa de luz antes de emitir un pitido apagado. Ayla odiaba despertarse con sonidos muy estridentes, tenía el sueño tan liviano que con cualquier mínimo ruido despertaba, por lo tanto la alarma de su despertador que tenía configurado en su celular era suave y con notas agradables. Estiró una mano desde abajo de las sábanas y silenció el aparato deslizando el botón de la pantalla táctil sin necesidad de mirar, una habilidad conseguida tras años de práctica.
No era una persona matutina.
En realidad, no era persona hasta pasadas las nueve. Odiaba despertarse temprano, cualquiera pensaría que después de tantos años de tener que levantarse a las 7:15 como le recordaba el reloj de su móvil, ya estaría acostumbrada. Pero en su caso no era así.
"Pensar que hay personas que, por la costumbre, se despiertan antes que suene la alarma" se imaginó a su ex novio, quien era una de esas personas.
"NUNCA SERE PARTE DE ESA SECTA"
Se incorporó lentamente, con el pelo revuelto como si hubiera peleado toda la noche contra un ejército de almohadas. Aun así, se obligó a levantarse porque la vida adulta no perdona a los que llegan tarde, aunque trabajen desde casa.
MIAU MIAU miró a su gata que la contemplaba en los pies de su cama
—Luna tú puedes seguir durmiendo. Afortunada — le dijo con una sonrisa y le acarició suavemente. Esa gata era el único vínculo afectivo que se permitía tener, la había adoptado hace dos años atrás junto con su ex novio. Cuando se separaron, él quiso llevársela y ella fue tajante: "LUNA SE QUEDA CONMIGO". Y él no tuvo otra opción más que ceder (después de un llanto desesperado por parte de ella, un berrinche, una amenaza de muerte y otra de suicidio, pero nada exagerado por supuesto).
Encendió la cafetera.
Ese sonido era su auténtico "buenos días". Tomó su taza con la inscripción NO ME HABLES, TODAVIA NO TOME MI CAFÉ y se dispuso a mirar al vacío pensando en la nada misma hasta que la cafetera le avisó con un pitido que su café ya estaba listo.
Ayla trabajaba como correctora freelance para editoriales pequeñas y autores independientes. Pasaba horas frente a la computadora leyendo manuscritos, tachando comas mal puestas y luchando contra escritores enamorados de los adverbios finalizados en "-mente". A veces soñaba con escribir su propio libro, pero entre correcciones y cuentas por pagar, ese sueño vivía archivado en una carpeta mental que decía: "Algún día" "O tal vez nunca".
Mientras esperaba que el café le subiera y le encendiera un poco el cerebro para despertarse del todo, revisó su agenda escrita en un cuaderno viejo:
—Dos capítulos de la novela romántica. (Aburrida y empalagosa)
—Revisión del libro de mitología nórdica (Ese le gustaba).
—Responder correos. (¡Que divertido!)
—Mandar facturas de sus honorarios. (Esta persona necesita pagar sus cuentas)
—Recordar comer. (Cuando se sentaba a leer se olvidaba hasta de eso)
Abrió la laptop y comenzó su jornada. Le gustaba su departamento, pequeño pero cálido, con plantas que apenas sobrevivían (NOTA MENTAL: comprar más plantas artificiales) y una ventana que dejaba entrar la luz justa para no sentirse en una cueva.
Ayla tenía esa mezcla agradable de introversión funcional: podía hablar con gente, pero prefería no hacerlo. Le gustaba su tranquilidad, la rutina, el orden... su normalidad. Y estaba orgullosa de haber construido una vida estable, aunque a veces demasiado predecible.
A media mañana salió a comprar pan y un par de cosas para el almuerzo. La panadería estaba a tres cuadras y siempre olía fantástico. Saludó con la cabeza al panadero, que le respondió con una sonrisa acostumbrada a verla cada día a la misma hora.
Volvió a casa caminando despacio, disfrutando del aire fresco pensando en la novela de mitología nórdica con la que se había enganchado. Siempre le había fascinado la mitología; había leído tantas veces las mismas historias que podía recitarlas. Le gustaban especialmente los aspectos más desordenados, los dioses que no seguían reglas... quizá porque ella sí lo hacía demasiado.
"ERES UNA ABURRIDA AYLA" le decía siempre su amiga Marina (la única que tenía) "TIENES QUE VIVIR UN POCO MAS. EN VEINTE AÑOS TU VIDA SEGUIRA SIENDO EXACTAMENTE LA MISMA" le reclamaba, como si eso fuera algo malo. ¿Acaso era tan malo apegarse a la rutina y a lo predecible?
Volvió a su escritorio, almorzó algo ligero, y continuó trabajando hasta media tarde. Cuando necesitaba despejarse, buscaba videos de artesanos restaurando objetos antiguos. Le encantaba ver cómo algo deteriorado podía recuperar vida en manos hábiles. "HASTA LOS VIDEOS QUE MIRAS SON ABURRIDOS AYLA" seguía escuchando la voz de su amiga que la torturaba.
Cuando terminó su jornada laboral, cerró la laptop con un suspiro satisfecho.
La normalidad tenía algo reconfortante: la sensación de saber qué esperar. Ninguna sorpresa, nada fuera de su agenda, todo ordenado y estructurado para tener el control de su propia vida.
Más tarde, después de una cena rápida, se recostó en el sillón a leer un libro sobre runas antiguas —para investigar para mi futuro NO libro, decía siempre, aunque en realidad era otro de sus pasatiempos favoritos. Subrayaba frases, anotaba detalles, inventaba mentalmente historias.
Y entonces, como un pensamiento fugaz que se disfraza de nada, imaginó que uno de esos objetos míticos caía en sus manos. Se rió sola.
—Sí, claro —murmuró— A mí jamás me pasarían cosas mágicas... las ganas de ser la protagonista de ese libro.
Se desperezó, guardó el libro y apagó las luces.
Un día completamente normal había terminado.
Uno como tantos.
Uno tranquilo.