Ayla sabía que su semana iba a mejorar apenas vio a Marina agitando los brazos desde la esquina, como si intentara llamar la atención de un helicóptero. Marina era imposible de ignorar: explosiva, graciosa, un huracán con rímel y labial rojo. Era su única amiga cercana... y probablemente la única que la soportaba sin pedir descansos programados.
—¡Aylitaaa! —gritó Marina apenas la tuvo a un metro— Por fin sales de tu cueva. Te juro que pensé que te habías fusionado con la computadora.
Ayla sonrió, acostumbrada. —Trabajo, ¿te acuerdas de eso? Esa cosa aburrida que la gente hace para pagar cuentas.
—Ay, sí, sí. Trabajo. —Marina hizo un gesto teatral con la mano—. Yo también trabajo, pero no me paso todo el día metida en la oficina. Aunque mi vida social disminuyó mucho últimamente, mi novio apenas me deja respirar... pero bueno, es un hombre muy demandante. Mucho contacto físico, mucha pasión... tu no entiendes lo que es eso, ¿no?
Ayla arqueó una ceja. —¿Podemos no hablar de tu vida sexual con tu reciente nuevo novio a las diez de la mañana?
—¡Deberíamos hablar de la tuya! —insistió Marina, enganchándose de su brazo mientras empezaban la caminata hacia el centro—. Tus partes femeninas van a empezar a tener telarañas si no las usas. Y yo no pienso ayudarte a quitarlas, así que búscate un hombre pronto.
Ayla se atragantó con su propia risa. —Mis... ¿qué? Marina, por favor.
—Telarañas, mi cielo. ¡TELARAÑAS! —repitió exagerando la palabra como si diera un pregón medieval— Una tragedia anatómica. ¡Con lo guapa que eres amiga!
Ayla se cubrió la cara, roja. —¿Podemos concentrarnos en lo que vinimos a hacer? Quiero comprar unas cosas y volver a trabajar.
—Sí, sí, comprar. Pero si vemos un hombre con pulgares y empleo estable, te lo presento.
Mejor ni preguntar por qué mencionaba los pulgares...
Caminaron entre puestos callejeros. Marina hablaba sin parar: de su novio, de una serie nueva, de un violín que estaba aprendiendo a tocar "porque era sexy", de su gato "que seguramente era la reencarnación de un emperador japonés". Ayla asentía, sonreía y de vez en cuando pensaba que la amistad era rara: a veces necesitabas alguien exactamente así para no perderte entre tanto silencio.
Fue entonces cuando algo llamó su atención.
En un puesto lleno de objetos viejos —monedas oxidadas, espejos con marcas, piedras talladas— algo la arrastró como un tirón invisible. Una pequeña pieza de metal, como una piedra circular, con una runa que parecía grabada a mano. Tenía un color extraño, como plata oscura mezclada con obsidiana.
Ayla sintió un cosquilleo en la nuca. Al instante en que vio ese objeto quedó encantada, sintió como una vibración cuando la tomó en sus manos, como si algo dentro de ella reconociera aquello sin haberlo visto nunca.
—¿Qué miras? —preguntó Marina, asomándose.
—Esto —dijo Ayla, mostrándole la pieza—. Me da curiosidad.
—Parece la ficha de un juego de rol. Es horrible —opinó Marina— Pero si te gusta, cómpralo. A ti te encantan estas cosas raras.
El vendedor era un señor extraño con mirada distraída. Tenía un tatuaje en el cuello que llamó su atención. Apenas levantó la vista cuando Ayla preguntó por la pieza.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó ella.
—Lo que quieras pagar —respondió él, sin emoción— Para algunos vale nada. Para otros... lo que estén dispuestos a ofrecer.
Ayla sintió un escalofrío pequeño. —Te doy cien.
El hombre hizo un gesto con la mano, aceptándolos sin contar.
—Llévatela.
La runa estaba fría al tocarla. Y por un segundo —uno apenas— sintió como si se encendiera con un latido. Ayla parpadeó. Seguramente era su imaginación. Estaba perdiendo la cabeza, los libros de fantasía y mitología la estaban volviendo loca.
—Bueno, ahora sí —dijo Marina tomándola del brazo—. ¡Café! Necesito cafeína o me transformo en un mapache salvaje.
***
El café fue agradable. Hablaron de nada importante: del trabajo de Ayla, de conseguir un novio para ella en alguna aplicación de citas, de si deberían irse de viaje juntas algún día. Marina insistió en que Ayla "tenía que vivir un poco más", y Ayla se defendió diciendo que leer contaba como vida interior.
Pasaron un buen rato; se rieron hasta llorar. Era fácil con Marina. Era simple.
Cuando se despidieron, Ayla volvió a casa con una sensación cálida en el pecho... y la runa guardada en su bolsillo.
***
Al llegar, dejó las compras sobre la mesa y se dejó caer en el sillón. Sacó la runa para verla con más calma.
La rotación de la luz de la lámpara hizo un reflejo extraño... O no era un reflejo.
Por un instante, la runa pareció brillar desde adentro, como si un hilo de luz azul recorriera las líneas del grabado. Ayla entrecerró los ojos.
—Eso no es normal...Que extraño —murmuró.
Pero cuando la acercó a la cara, el brillo desapareció por completo. Como si lo hubiera imaginado.
"Estoy cansada. O delirando. O ambas cosas"
La dejó sobre la mesita junto al sillón, exactamente donde pudiera verla... y donde quedaría olvidada.
Se preparó para dormir, pensando en la charla con Marina, en las telarañas, en el café, en la risa. La runa quedó allí, quieta e inocente, como cualquier pieza decorativa.
Ayla apagó las luces. Se metió en la cama. Y cayó dormida sin sospechar que esa luz tenue, esa chispa azul casi imperceptible, seguía latiendo en la oscuridad.
Como un corazón esperando despertar.