Ayla se despertó con una sensación rara, como si su sueño hubiese sido demasiado profundo. Apagó el despertador a los pocos segundos, ya dominaba el arte, y se quedó un segundo mirando el techo. Otro día normal. Café, trabajo, sobrevivir.
Se levantó arrastrando los pies, con el pelo enredado y la expresión de alguien que todavía negocia con el universo para seguir viviendo. Puso la cafetera, dejó que el aroma empezara a llenar la cocina y se frotó los ojos.
Todo estaba igual que siempre. Todo era rutinario. Silencio... paz...soledad... Todo era...
Un ruido.
Ayla frunció el ceño. Sonó como un quejido, o tal vez un suspiro largo. O un ¿ronquido? Provenía del living.
Caminó lentamente hacia allí un poco asustada, todavía medio dormida... y cuando llegó, se congeló.
Había un hombre durmiendo en su sofá.
Un hombre. En su sofá. Donde ella miraba series. Donde solía llorar con las películas de perritos. Donde ella no invitaba a nadie, porque jamás invitaba a nadie.
El tipo estaba tirado de costado, el cabello negro cayéndole sobre la frente, la ropa extraña como si hubiera salido de un museo vikingo, y una manta que Ayla no recordaba haber puesto encima.
Por un segundo, su cerebro simplemente se negó a procesarlo.
—¿Perdón? —susurró.
El hombre abrió un ojo. Luego el otro.
Se quedaron mirándose.
Ayla gritó.
El hombre también gritó.
—¿QUIÉN ERES? ¿QUÉ HACES EN MI CASA? —Ayla buscó a tientas el celular—.¡Voy a llamar a la policía!
—¿La... poli-qué? —preguntó él, incorporándose de golpe.
Tenía ojos verdes, intensos, como si brillaran por su cuenta. Parecía confundido, pero también molesto. Muy molesto.
—¡La policía! —repitió Ayla, retrocediendo— Ya mismo, ¿me oíste?
El hombre la señaló acusadoramente.
—¡Tú! ¡Tú hiciste esto!
Ayla quedó perpleja.
—¿Yo QUÉ hice?
—Me arrancaste de Asgard —dijo él, como si fuera obvio—. Estaba teniendo una conversación muy importante con mi hermano cuando pum, aparezco acá, en... —miró alrededor con cara de asco— donde sea esto.
Ayla parpadeó varias veces.
—¿As... qué?
—Asgard —repitió él, exasperado— Hogar de los dioses. Reino superior. ¿Te suena?
Ayla soltó una carcajada nerviosa.
—Claro, sí. Y yo soy Shakira. ¡¿Quién eres tú, en serio?! ¿Cómo entraste? ¿Qué quieres? Ay no... ¿Eres un asesino? ¡POR FAVOR NO ME MATES! — empezó a gritar levantando las manos en señal de rendición.
Él ladeó la cabeza, como si Ayla fuese la parte confusa de la ecuación.
—¿Qué qué quiero? ¡Quiero mis poderes de vuelta! —Se tocó las manos, el pecho, como buscando magia— Esto... esto no funciona. Nada funciona. ¿Qué hiciste, bruja?
Ayla sintió que el alma se le escapaba un poco del cuerpo.
—¿Bruja? ¿Perdón?
—¡Sí, bruja! —insistió él, poniéndose de pie.
Era más alto de lo que parecía dormido, imponente, con una presencia que llenaba el ambiente. La manta cayó al suelo. Su ropa parecía sacada de una serie histórica: cuero oscuro, tela firme, detalles plateados.
—¿Me secuestraste? ¿Me invocaste? ¿ME ATASTE? —gruñó— Eso sería exactamente lo que haría una bruja irresponsable con complejo de poder.
Ayla lo miró horrorizada.
—Yo no te até nada. Ni sé quién eres. Ni qué haces aquí. ¡Ni siquiera salgo de mi casa, quieres que me ponga a invocar a alguien!
Él la estudió por un largo segundo.
Y entonces levantó un dedo.
—Ayla.
Ella se congeló.
—¿Cómo sabes mi nombre?
El hombre abrió la boca, luego la cerró. Se tocó la sien, como si le doliera.
—No lo sé. Simplemente... lo sé. —La miró fijamente—. Y sé que tú tienes la culpa de todo esto.
Ayla estaba a punto de responder cuando algo llamó su atención. Sobre la mesita, justo donde la había dejado la noche anterior...
La runa brillaba. Otra vez. Fuerte. Demasiado fuerte.
El hombre la siguió con la mirada.
—Ah. Eso —dijo él con una mezcla de resignación y fastidio—. Sabía que olía a magia barata.
—¿Eso qué? —preguntó Ayla.
—Eso —señaló la runa sin acercarse— es una runa de enlace. Y si la activaste sin saber qué hacías, lo cual... —la escaneó de arriba a abajo— no sería sorprendente, entonces...
—¿Entonces qué? —susurró Ayla.
El hombre suspiró profundamente, como quien acepta que su vida acababa de arruinarse.
—Entonces estamos vinculados, bruja.
Ayla sintió que se le vaciaba la sangre del cuerpo.
—¿Vin... qué?
—Vinculados. Atados. Conectados. Como quieras decirle. —Él respiró hondo—. Soy Loki, dios del caos, de las artimañas, de las transformaciones... O lo era, hasta que esa cosa me arrancó mis poderes.
Ayla lo miró sin pestañear.
—Claro. Loki. El Loki. El dios. Ajá. Y yo soy Shakira MY HIPS DON'T LIE. Perfecto.
Él frunció el ceño.
—No sé quién es Shakira no se qué, pero juro que voy a encontrar la forma de romper este pacto y dejar de estar atrapado acá, en... —miró alrededor con genuino horror— esta...cueva.
Ayla se agarró la cabeza.
—Esto no me puede estar pasando.
Loki chasqueó los dedos. Nada pasó. Su expresión fue de auténtico pánico por primera vez.
—Estoy atrapado —susurró— En forma mortal. Contigo.
Ayla tragó saliva.
La runa en la mesita vibró, iluminándose como un corazón latiendo.
Y entonces Ayla comprendió, sin entender demasiado en realidad, que ese fue el instante exacto en que el caos decidió mudarse a su vida.