Confundido. Así se sentía Gunnar.
Su mente era un panal sacudido por una piedra: zumbidos, desorden, pensamientos fragmentados que chocaban unos con otros sin cesar. Caminaba de un lado a otro por el pasillo largo y silencioso de su casa, como si el movimiento ayudara a despejar la niebla mental. No sabía qué pensar. Tenía conflictos internos que lo perseguían desde que Jacob abrió la boca con esas afirmaciones imposibles de ignorar.
No era un hombre ingenuo. Nunca lo había sido. Gunnar creía en pruebas, en lógica, en hechos duros y concretos. No en palabras al aire. Y menos aún en monstruos y misterios. Todo eso, en su mente, era parte del imaginario colectivo, basura supersticiosa.
Pero las palabras de Jacob… tenían una resonancia. Una vibración que no se apagaba. Había algo en ellas que no podía desechar del todo. Una extraña coincidencia con eventos recientes: la información que le dio Silvia, ese espejo raro que el niño tenía, y, por último, la noticia que acababan de ver juntos.
Se frotó la frente. Le dolía la cabeza.
—¿Qué demonios me está pasando? —murmuró, apenas audible—. Debo estar loco...
Se sentía patético. Patético por considerar siquiera la posibilidad de que algo de eso fuera real. Si lo hubiese escuchado un día antes, se habría reído y lo habría enviado al demonio. Pero ahora... ahora era el peor momento.
Caesar, sentado en el sofá, lo observaba con la cabeza ladeada, curioso. Había visto la noticia junto a él, pero no parecía afectado. El chimpancé no mostraba señales de miedo ni inquietud. Solo extrañeza. Su hermano mayor, siempre firme, imperturbable, parecía inquieto.
El animal emitió un leve ladrido de alarma. Era su forma de romper el silencio incómodo y llamar la atención. Funcionó.
Gunnar parpadeó como si despertara de un trance.
—¿Qué pasa? —dijo al voltear—. Ah, entiendo… No es nada. Son simples divagaciones mías, cosas que no te deben importar.
Caesar no apartó la mirada. Su rostro transmitía una curiosidad casi humana. No era común ver a Gunnar así. Y no le gustaba.
—[¿Tienes miedo de los monstruos? Tranquilo, hermano, yo te protegeré] —fueron los significados que el primate transmitió a través de sus gestos. Había entendido parte de lo que decía Jacob.
Gunnar se quedó mirándolo. Ese pequeño insolente con pelaje blanco y mirada seria le estaba ofreciendo protección como si fuese un niño asustado. Se echó a reír.
Se lanzó sobre Caesar y lo atrapó por el cuello con ambas manos, sin fuerza real, solo jugando.
—¿Te crees muy listo? —dijo mientras el chimpancé se agitaba y trataba de soltarse—. Estás aprovechando la situación para volver con el tema de la sala de entrenamiento, ¿verdad? ¿O para convencerme de que te deje usar el báculo? Sigue soñando, idiota.
Caesar soltó una risita burlona. Sabía que lo había pillado.
—Tienes cinco años, Caesar. A tu edad, yo tenía libros por leer. Eso es lo que deberías estar haciendo tú.
Lo soltó con un empujón suave.
—¿Cuándo has visto un chimpancé tomar un arma y pelear? Ah… ya sé. Estás creyendo todo lo de la película de los simios, ¿cierto?
El primate se irguió, cruzó los brazos con altivez y le respondió a través de señas, con una actitud orgullosa:
—[Yo soy mejor que ellos, hermano. Y como te estás negando al acuerdo, podemos negociar con comida. Deberías agradecer mi protección. Nadie es más fuerte que yo].
Gunnar entrecerró los ojos.
—Mm… —Se puso pensativo, exagerando el gesto—. Lo meditaré. Ahora ve a tu cuarto. Necesito ocuparme de cosas serias.
Caesar asintió con energía, animado por esa pequeña victoria, y salió corriendo hacia su habitación. El chimpancé sabía cuándo retirarse y dejar espacio.
Gunnar suspiró. El silencio volvió a la casa. Sin interrupciones, se dirigió a su sala de trabajo.
Al acercarse a la puerta, una pantalla holográfica se encendió con su proximidad. Dos figuras rectangulares flotaban frente a él: una verde y una roja. Tocó la roja. Esa requería un protocolo de seguridad más estricto. Colocó su dedo sobre la pantalla y luego acercó su rostro para el escaneo facial. El sistema tardó apenas un segundo en verificar su identidad. La pared del fondo se deformó y se abrió, revelando una entrada oculta.
Entró sin demora.
La habitación lo recibió como un santuario: pantallas flotantes con código cayendo como lluvia digital, teclados virtuales suspendidos en el aire, sensores que reaccionaban a su presencia con suaves destellos azules. El centro de operaciones.
Se dejó caer en la silla giratoria y estiró los dedos antes de tocar nada. Cerró los ojos y respiró profundamente. Ese día había sido una anomalía tras otra. Desde la información de Silvia hasta las palabras de Jacob, todo se sentía… torcido.
Originalmente, su intención era cancelar la búsqueda del archivo. La había iniciado antes de ir con Silvia, una rutina de investigación paralela. Ahora... no estaba tan seguro de querer detenerla.
—Es momento de ponerse serio —murmuró.
Abrió los ojos.
—Sara, ¿cómo va la búsqueda?
La voz de su IA respondió al instante, cálida pero neutra:
—[Terminado, Sr. Coleman. Hace 38 minutos fue hallado. El archivo está fuertemente blindado por una gran red de seguridad. Por favor, confirme si desea continuar o cancelarlo].
Gunnar no dudó.
—Hazlo.
—[Recibido. Se está ejecutando desde ya. Tiempo estimado para finalización: 2 días, 2 horas y 6 minutos].
—Ok. Clasifícalo como asunto urgente. Apenas termine, me envías un mensaje de confirmación. No importa si no estoy en casa.
—[A sus órdenes, Sr. Coleman].
Sara era eficiente. Demasiado. Fue entregada por su padre poco antes de morir. La había mejorado con el tiempo, entrenándola, dándole protocolos nuevos y autonomía selectiva.
Pasó varios minutos dándole instrucciones específicas, detallando cómo debía actuar ante ciertos escenarios. Emergencias, posibles interrupciones, intentos de rastreo.